Crónica de una tierra rica que sigue esperando justicia
La pluma dorada de La Guajira plasma la página en blanco con la tinta fina de su pensamiento desde una profunda inquietud. Observa cómo esta tierra, inmensamente rica en cultura, naturaleza y sabiduría ancestral, continúa siendo pisoteada y abusada. Una tierra que parece condenada a sobrevivir entre promesas incumplidas, mientras sus propios hijos y quienes llegan desde afuera discuten sobre el futuro de sus riquezas sin resolver las necesidades más elementales de su gente.
La historia de La Guajira no comenzó ayer. Mucho antes de que los titulares nacionales hablaran del hambre, de la sed o de las muertes de niños wayúu en el extremo norte del departamento, las comunidades ya venían denunciando la escasez de agua, el abandono estatal y las enormes desigualdades que caracterizan esta región. La sed del pueblo wayúu no es una noticia reciente; es una herida histórica que ha atravesado generaciones.
La paradoja duele. Mientras los niños wayúu siguen enfrentando dificultades para acceder al agua potable y a una alimentación adecuada, La Guajira continúa siendo uno de los territorios más ricos del país en recursos naturales. En 2023, diversas organizaciones siguieron alertando sobre muertes de niños asociadas a la desnutrición y a la falta de acceso a servicios básicos, una problemática que ha sido denunciada durante décadas y que aún no encuentra una solución definitiva.
Desde finales del siglo XX, el departamento se convirtió en uno de los principales productores de carbón de Colombia gracias a la explotación de Cerrejón, considerada una de las minas de carbón a cielo abierto más grandes de América Latina. Durante décadas, millones de toneladas de carbón han salido del territorio guajiro hacia mercados internacionales, generando enormes ingresos para la economía nacional. Sin embargo, la pregunta sigue vigente: ¿cuánto de esa riqueza ha transformado realmente la vida de las comunidades más vulnerables del departamento?
Mientras el país observa con asombro las crisis periódicas del departamento, muchos guajiros se preguntan por qué seguimos buscando culpables como si la historia no hubiera dejado suficientes evidencias. Durante décadas, gobiernos nacionales, regionales y locales han pasado por el poder. Han cambiado presidentes, gobernadores, alcaldes, congresistas y funcionarios. Sin embargo, las carencias fundamentales permanecen.
Ahora la historia parece repetirse con el viento.
La transición energética ha puesto los ojos del mundo sobre La Guajira. El Gobierno Nacional ha informado que actualmente existen 17 proyectos eólicos en desarrollo, construcción o pruebas en el departamento, principalmente en Uribía y Maicao. Además, estudios especializados han identificado decenas de proyectos proyectados para los próximos años, muchos de ellos ubicados en territorios ancestrales wayúu.
Las inmensas torres que hoy se levantan en el horizonte prometen energía limpia para Colombia. Sin embargo, muchas comunidades continúan preguntándose cuál será el beneficio concreto para quienes habitan el territorio donde soplan esos vientos. Mientras se construyen líneas de transmisión para conectar parques eólicos al sistema energético nacional, numerosos habitantes siguen padeciendo interrupciones del servicio eléctrico, altos costos y dificultades de acceso a servicios básicos
La Guajira produce riqueza. De sus entrañas han salido carbón, gas, sal y otros recursos que alimentan la economía nacional. Desde su territorio se proyectan grandes parques eólicos que prometen energía para Colombia y para el futuro energético del país. En sus paisajes se levantan torres gigantescas que anuncian desarrollo y progreso. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué recibe realmente la gente de La Guajira?
En Uribía, Manaure y muchas comunidades indígenas, las fluctuaciones eléctricas siguen afectando la vida cotidiana. Los electrodomésticos se dañan, los servicios son costosos y la calidad del suministro continúa siendo motivo de quejas permanentes. Paradójicamente, mientras el viento guajiro mueve turbinas que generan energía para otros lugares, muchas familias continúan preguntándose cuándo llegará para ellas un servicio digno y estable.
Las empresas llegan hablando de desarrollo, de diálogo y de oportunidades. Sin embargo, muchas comunidades sienten que el costo cultural y social de esos proyectos rara vez es discutido con la profundidad necesaria. Se transforman territorios ancestrales, se modifican dinámicas comunitarias y se fracturan memorias que han sobrevivido durante siglos.
La pregunta no es solamente económica. También es moral, social y cultural.
¿Dónde está el compromiso de quienes extraen riqueza del territorio? ¿Dónde están los programas sostenidos para fortalecer la educación, la cultura, el acceso al agua y el bienestar de las comunidades? ¿Dónde está la responsabilidad compartida entre el Estado, las empresas y las dirigencias políticas para construir una Guajira más justa?
Pero esta reflexión también debe dirigirse hacia nosotros mismos.
¿Qué pasa con el recurso humano guajiro? ¿Qué pasa con nuestra capacidad de unirnos alrededor de propósitos colectivos? Con frecuencia observamos cómo comunidades, asociaciones, fundaciones, líderes y organizaciones terminan fragmentados por intereses particulares. Muchas veces luchamos por beneficios individuales mientras el bienestar colectivo continúa esperando.
La Guajira necesita mucho más que inversiones. Necesita conciencia. Necesita investigación. Necesita ciudadanos comprometidos con la defensa de su historia, de su memoria y de su patrimonio cultural. Necesita líderes que piensen más allá de los períodos políticos y de los intereses personales.
Porque la verdadera riqueza de La Guajira no está únicamente en el carbón, en el gas, en el viento o en la sal. Su mayor riqueza está en su gente, en la resistencia de sus comunidades indígenas, en sus maestros, en sus escritores, en sus artistas, en sus pescadores, en sus campesinos y en todos aquellos que cada día luchan por mantener viva la identidad de este territorio.
Hoy, más que señalar culpables, corresponde hacer una pregunta que incomoda pero que resulta necesaria:
¿Quién le duele realmente a La Guajira?
Porque mientras no exista una respuesta colectiva, seguiremos viendo cómo otros administran nuestras riquezas, mientras nuestras comunidades continúan esperando agua, educación de calidad, oportunidades y justicia social.
La Guajira no necesita compasión. Necesita compromiso.
Y ese compromiso debe comenzar por cada uno de nosotros.
Delia Bolaño

