A veces hace falta que el mundo nos recuerde el valor de aquello que nosotros mismos hemos comenzado a olvidar.
Esa escena no ocurrió en La Guajira. Ni en Valledupar. Ni en una parranda donde el acordeón todavía conversa con el viento y la guacharaca marca el paso de la memoria.
Ocurrió a miles de kilómetros de aquí, en una sala de la UNESCO.
Mientras Colombia seguía creyendo que el vallenato era eterno, la humanidad llegaba a una conclusión distinta: había que actuar antes de que fuera demasiado tarde.
Y por eso, en 2015, la música vallenata tradicional del Magdalena Grande fue inscrita en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia. No fue solamente un reconocimiento. Fue una alarma. La humanidad nos estaba diciendo que aquello que nació entre los caminos polvorientos de La Guajira, el Cesar y el Magdalena podía perderse si Colombia no actuaba.
Muchos celebraron la declaratoria.
Muy pocos entendieron el mensaje.
Porque la UNESCO no estaba entregándonos una medalla.
Nos estaba entregando una responsabilidad.
El Plan Especial de Salvaguardia nació precisamente para responder a ese llamado. Un acuerdo entre comunidades, portadores, instituciones y Estado para garantizar que la tradición siguiera viva mediante la transmisión del conocimiento, el fortalecimiento de los juglares, la protección de los espacios culturales y el relevo generacional.
Pero once años después, la pregunta sigue siendo incómoda.
¿Hemos estado realmente a la altura de ese compromiso?
Quienes han dedicado su vida a esta causa responden con una mezcla de resignación y esperanza.
Las mesas de trabajo han existido.
Los diagnósticos también.
Los documentos abundan.
Pero el impulso institucional ha sido insuficiente. Los intereses económicos, la lógica del espectáculo y las urgencias de la política han soplado con más fuerza que el viento que durante siglos llevó las historias de un pueblo de camino en camino.
Y cuando eso ocurre, el patrimonio comienza a depender únicamente de quienes se niegan a dejarlo morir.
Ahí es donde aparece Francisco el Hombre.
Muchos creen que es apenas una leyenda.
Se equivocan.
Francisco el Hombre es una puerta de entrada para comprender el universo entero del vallenato tradicional. En él confluyen la oralidad, la memoria campesina, el desafío poético, la música como forma de narrar el territorio y la identidad de un pueblo que aprendió a contarse antes de aprender a escribirse.
Defender su nombre no es proteger un personaje.
Es proteger un sistema completo de memoria colectiva.
Quizá por eso incomoda tanto.
Porque quien controla el relato termina controlando también la memoria.
Y un pueblo sin memoria es un pueblo fácil de borrar.
Hace unos días conversaba con quienes han dedicado años a custodiar este legado. Entendí entonces que la verdadera batalla nunca ha sido únicamente por un festival, por una estatua o por una serie de televisión.
La batalla siempre ha sido por el derecho de las futuras generaciones a saber de dónde vienen.
Pienso entonces en un niño guajiro.
Uno cualquiera.
Que algún día escuchará por primera vez el nombre de Francisco el Hombre.
Quisiera que no lo conociera solamente como una leyenda.
Quisiera que lo reconociera como parte de sí mismo.
Que entendiera que antes de existir los escenarios gigantes existieron los caminos.
Que antes de los algoritmos existieron los juglares.
Que antes del entretenimiento existía la palabra.
Y que esa palabra viajó durante siglos gracias a hombres y mujeres que nunca imaginaron que algún día la humanidad entera la declararía patrimonio.
Mi familia ha tomado una decisión.
No permitir que esa cadena se rompa.
No porque seamos dueños de la historia.
Todo lo contrario.
Porque comprendimos que nadie es dueño del patrimonio; apenas somos sus guardianes por un instante.
Nuestro deber no consiste en apropiarnos de Francisco el Hombre.
Consiste en asegurarnos de que siga caminando.
Que siga cantándose.
Que siga enseñándose.
Que siga emocionando.
Y que algún día, cuando un niño en Tokio, Nairobi, Buenos Aires o Nueva York escuche por primera vez un acordeón tradicional colombiano, no solo descubra un género musical.
Descubra un pueblo entero.
Porque las leyendas no sobreviven gracias a quienes las admiran.
Sobreviven gracias a quienes deciden cuidarlas.
Y mientras haya una voz dispuesta a contar esta historia, Francisco el Hombre seguirá haciendo lo que siempre hizo: derrotar al olvido.
Juana Cordero Moscote


Es una historia muy interesante,aunque parezcan canciones son palas bien dichas y reflejadas en un destino,gracias por tu aporte de conocimiento al publico
Bendicion es cierto la historia debe ser caminando para que diga viva en todo Colombia, el acordeón tradicional