Mi hermano Naín,
Aunque no nacimos ni crecimos juntos, fuimos creados por el mismo Padre y con el mismo amor. Nuestra infancia, en La Guajira, probablemente tuvo más cosas en común de las que imaginamos. Tal vez recorrimos calles parecidas en bicicleta, contemplamos similares atardeceres y soñamos, como tantos niños, con lo que queríamos llegar a ser cuando fuéramos grandes. Quizá, incluso, alguna vez estuvimos en el mismo lugar sin conocernos.
Pero, mientras dejábamos atrás la niñez, cada uno comenzó a recorrer un camino distinto. Han pasado los años y hoy nos encontramos en espacios diferentes. Sin embargo, seguimos unidos por Aquel que nos creó y que nunca deja de llamarnos hijos.
Como hermano, no puedo evitar inquietarme cuando escucho noticias sobre ti. Pienso en tu vida. Pienso también en la vida de quienes ya no están, de quienes han partido de un lado y del otro; en sus madres, en sus padres, en sus hijos; en el dolor que cargan sus familias, que, de algún modo, también son nuestras. Cada vida tiene un valor inmenso, la tuya, la mía y la de cada uno de ellos, porque todas fueron queridas por Dios desde siempre.
Entonces me pregunto qué tendría que cambiar en nosotros para que todos podamos recorrer juntos, en paz, el tiempo que aún nos queda en este breve peregrinar por el mundo; para que el perdón llegue a ser más fuerte que el rencor. ¿Qué nos ha faltado como familias, como sociedad, como gobiernos y como pueblo? ¿Qué heridas llevamos dentro que permanecen sin sanar?
También me pregunto qué define hoy la verdadera felicidad. Muchas veces se asume que consiste en hacer siempre nuestra voluntad, en tener más, en sentir más y en poder más. Pero cuando el ruido se apaga y nos quedamos a solas en nuestro interior, surge una pregunta que toca lo esencial, ¿Hay paz en el corazón? ¿Qué puede llenar el vacío que ninguna riqueza, ningún poder ni ningún placer logran llenar?
No conozco toda tu historia. Dios la conoce por completo. Sabe lo que has vivido, las decisiones que has tomado, las veces que has llorado y sonreído, y también esos momentos en que has querido volver a empezar.
Deseo, mi hermano, que algún día nos podamos encontrar para volver al principio, allí donde hay alguien más grande, que nunca ha dejado de esperarnos para darnos su abrazo eterno de Padre.
Estás en mis oraciones.
Grupo Editorial OPM


Y en las mías.