EL ÚLTIMO AURELIANO NO ERA PETRO

Hay que hacer una precisión literaria antes de que algún intérprete de Macondo decida convocar a Melquíades para que le redacte la próxima alocución presidencial “el último Aureliano fue Aureliano Babilonia y punto”. No hubo un Aureliano adicional escondido en los archivos de la Registraduría de Macondo, tampoco quedó una curul, una presidencia ni una herencia política esperando al siguiente descendiente; García Márquez cerró la puerta y quizá hizo bien porque si hubiera dejado abierta la posibilidad de que cualquiera décadas después se declarara heredero espiritual de los Buendía, seguramente aparecería dispuesto a escoger lo peor de cada Aureliano, juntarlo en una sola personalidad y después decir que todo estaba escrito en los pergaminos, eso sí sería realismo mágico.

Lo curioso es que Aureliano Babilonia no terminó como terminó por falta de inteligencia, todo lo contrario, comprendió los pergaminos, descubrió la historia de su familia y entendió que estaba leyendo su propio destino mientras este ocurría, el problema fue que comprendió demasiado tarde y ahí está precisamente la lección; leer a García Márquez no significa encontrar una justificación para nuestros errores, sino descubrirlos antes de que se repitan, por eso resulta bastante complicado utilizar a los Aurelianos como explicación de una realidad política, mucho más cuando se pretende convertir una obra literaria en una especie de certificado de autenticidad ideológica, la literatura no funciona así y la política, mucho menos.

Colombia lleva varios años observando un espectáculo que, por momentos, parece escrito por un guionista con demasiada imaginación, el Gobierno de Gustavo Petro llegó con la promesa de transformar la política tradicional, combatir la corrupción, cambiar las viejas prácticas y construir una nueva manera de gobernar, la expectativa era enorme y precisamente por eso la decepción también puede ser enorme.

Petro se envolvió en su propio laberinto pues el catálogo de megaproyectos que prometió, imaginó o puso sobre la mesa, desde trenes que cruzan Colombia de océano a océano hasta satélites, microchips y reactores nucleares que no ejecutó al 7 de agosto de 2026, además de las controversias de la UNGRD con investigaciones y procesos judiciales que han comprometido a antiguos funcionarios y personas cercanas al poder, se suma el debate alrededor de Ecopetrol y las decisiones sobre el rumbo energético del país, se suma la crisis del sistema de salud con una confrontación política e institucional que ha dejado a millones de ciudadanos preguntándose quién pagará finalmente la factura de una reforma que todavía no termina de encontrar estabilidad, las controversias sobre la financiación de la campaña presidencial y las investigaciones que han surgido alrededor de ella.

Por otro lado, están los constantes cambios de gabinete, las disputas internas, los enfrentamientos públicos y las promesas de transformación que para una parte importante de la ciudadanía no han producido los resultados esperados y está, quizá, el problema político más difícil de todos, la contradicción, porque una cosa es criticar al establecimiento desde la oposición y otra muy distinta es llegar al poder y descubrir que gobernar exige decisiones, resultados, acuerdos y responsabilidades, es ahí donde algunos discursos empiezan a parecerse demasiado a aquello que alguna vez combatieron, de veras que eso sí que duele porque perder la razón en una discusión política puede ser temporal, perder una elección también, pero perder la coherencia es otra cosa y si además se termina defendiendo lo indefendible simplemente porque lo hizo “uno de los nuestros”, entonces la revolución corre el riesgo de convertirse en una reunión familiar de los Buendía, con una verdad en el ambiente con una frase así como,  “todos saben que algo está mal, pero nadie quiere ser el primero en decirlo”.

Ahora bien, si se sigue lo que se evoca, se debe contar el capítulo de los amantes de Macondo y aquí conviene hacer una pausa, pues las controversias sobre la vida privada de los funcionarios y dirigentes políticos suelen convertirse rápidamente en munición de redes sociales pero una cosa es discutir públicamente las consecuencias políticas de una conducta y otra convertir rumores, relaciones personales o preferencias íntimas en armas de humillación, por eso considero seriamente que la política debe juzgarse por decisiones, resultados, transparencia y responsabilidad pública, no por la cama de nadie porque para eso no necesitamos a García Márquez, sino algo mucho más sencillo, “decencia”, pues el problema no es quién ama a quién, por el contrario es determinar realmente quién administra los recursos públicos, responde por sus decisiones y tiene la obligación de explicar lo inexplicable cuando aparecen escándalos, ahí sí la literatura puede ayudarnos porque los Buendía tenían un problema mucho más grave que sus romances, no aprendían de sus errores.

Es claro que el pecado de los Aurelianos, se concluye en la lectura del libro, era la terquedad y tal vez ese sea el verdadero vicio que algunos quieren heredar, no la inteligencia, ni la capacidad de leer los pergaminos o su sensibilidad, sino su incapacidad para romper el ciclo. Un Aureliano que termina defendiendo aquello que antes condenaba no está continuando una tradición, está repitiéndola y cuando una revolución termina justificando las mismas prácticas que denunció, la historia se pone incómoda porque entonces aparece la pregunta que ningún discurso puede esconder ¿para esto era el cambio? No es necesario ser de izquierda, de derecha, de centro, de Macondo o de Estocolmo para entenderlo, ya que el poder no vuelve virtuoso a nadie simplemente amplifica lo que ya llevaba dentro y por eso García Márquez hizo bien en acabarlo, quizá por eso el último Aureliano tenía que ser Aureliano Babilonia.

García Márquez no necesitaba otro Aureliano porque después del último siempre aparecen los imitadores, los que quieren quedarse con el nombre, apropiarse del símbolo y los que descubren que decir “soy heredero de Aureliano”, lo que es mucho más fácil que comportarse como alguien digno de una herencia y entonces habría que advertirles que Aureliano Babilonia no dejó descendientes políticos sino una advertencia, no confundan la literatura con una licencia para justificar sus errores; no conviertan a Macondo en una notaría donde cada quien pueda autenticar sus propias contradicciones y  no invoquen a los Buendía para explicar por qué aquello que prometieron combatir terminó sentado en la misma mesa, con los mismos privilegios y, en ocasiones, con prácticas que se parecen demasiado a las que alguna vez denunciaron porque entonces no estamos ante un nuevo Aureliano, estamos ante un impostor literario y eso, para desgracia de quien quiera ponerse el apellido, tiene una ventaja, los libros no votan, pero sí recuerdan.

Cuenta una versión apócrifa de los pergaminos que Melquíades dejó una página en blanco después de Aureliano Babilonia, no porque hubiera olvidado escribirla sino porque sabía que algún día aparecería alguien intentando escribirla por él, en aquella página decía “Vendrán hombres que querrán llamarse Aureliano sin haber nacido en Macondo, que reclamarán para sí la soledad de los Buendía y utilizarán sus desgracias como explicación de las propias pero el pueblo reconocerá la diferencia entre un heredero y un impostor, porque el primero recibe una responsabilidad y el segundo solamente reclama un apellido.”

Melquíades había previsto incluso algo peor, pensó que algún día alguien intentaría convertir los pergaminos en programa de gobierno por eso dejó una última advertencia “No le entreguen los pergaminos a quien no pueda distinguir entre una profecía y una excusa” y cuando terminó de escribirla, cerró el libro.

Desde entonces, cada vez que alguien intenta presentarse como un nuevo Aureliano, en algún lugar de Macondo una máquina de escribir empieza a teclear sola, no escribe su nombre, escribe “Aureliano Babilonia fue el último” y debajo “la literatura tiene memoria, la política también debería tenerla” porque si algo nos enseñó García Márquez fue que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla y si algo nos está enseñando la política colombiana es que algunos quieren repetirla mientras aseguran que están cambiándola, ese es el verdadero problema, no que alguien quiera parecerse a un Aureliano, sino que, después de tanto tiempo, todavía no haya entendido por qué Macondo terminó como terminó.

Y confieso que todo este tema se me ocurrió viendo el retrato develado en Palacio, rodeado de mariposas amarillas, y escuchando algunas de sus alocuciones, donde a veces la realidad parece competir con la literatura, pensé que, si algún día hubiera dicho que era El Principito, seguramente también habría aparecido el asteroide, el zorro y hasta una rosa en el retrato oficial. Aunque, pensándolo bien, el personaje que mejor habría quedado para algunas de esas alocuciones no era El Principito: era el Sombrerero Loco y ahí sí, por fin, tendríamos una explicación artística para tanto sombrero, tanta fantasía y tanta reunión en Palacio donde uno termina preguntándose si estaba escuchando al presidente de Colombia o si accidentalmente cayó por la madriguera del conejo.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *