APRENDER UN NUEVO IDIOMA CUANDO LA VIDA HA SIDO SOBREVIVIR

Escribo, aún en español, pero desde la experiencia de quienes provenimos de los sectores socialmente menos favorecidos y que, aun así, decidimos rebelarnos contra el sistema; un sistema que parece estar diseñado en contra de nosotros. Esa rebeldía consiste en insistir en estudiar cuando todo el escenario te empuja a abandonar; en seguir haciendo camino cuando tu realidad es aplastante; en creer en nuestras causas sociales y personales, en que tenemos derecho a ocupar espacios intelectuales que históricamente nos fueron negados.

Esto me ha llevado a preguntarme: ¿por qué aprender otro idioma me ha costado tanto?

Durante mucho tiempo pensé que la respuesta estaba en mi falta de disciplina, aunque en eso también. Luego pensé que seguramente tengo algún tipo de retraso mental y que mi inteligencia estaría por debajo de la media. Eso tendría sentido para mí, porque se convierte en una razón válida del porqué siempre mis ideas han sido cuestionadas por la mayoría. Aunque, pensándolo bien, siempre me he considerado una mujer demócrata; aceptar lo que dice la mayoría sería lo correcto. Pero no hay que olvidar que la mayoría, hoy, ideológicamente está bañada por la clase social que tiene el poder. Así que es irónico que la mayoría termine imponiendo la conciencia de clase de quienes los tienen oprimidos.

Volviendo al tema, durante mucho tiempo pensé que simplemente necesitaba estudiar más.

Hoy comprendo que la dificultad va mucho más allá de memorizar vocabulario o dominar reglas gramaticales. Aprender una lengua también depende de la relación que tenemos con el lenguaje, con el conocimiento y, sobre todo, con nuestra propia historia.

Con frecuencia se afirma que «quien quiere, puede». Sin embargo, esa idea, además de injusta, ignora por completo que no todas las personas parten del mismo lugar.

Hay quienes crecen rodeados de libros, conversaciones estimulantes, viajes, clases particulares y tiempo para descubrir sus gustos e intereses. Hay quienes crecemos aprendiendo a resolver problemas de supervivencia, a asumir responsabilidades desde muy pequeños y a convivir con la incertidumbre económica y la violencia. Mientras unos desarrollan habilidades académicas, otros desarrollamos estrategias para resistir y protegernos.

Es aquí donde entra al escenario el alemán; solo el alemán, porque el inglés ya es otra historia.

Por ejemplo, cuando nos adentramos en un segundo idioma, lo primero que aprendemos gira en torno a nuestros pasatiempos, lo que nos gusta hacer en el tiempo libre, nuestra comida favorita o las experiencias que vivimos durante el fin de semana. A simple vista parecen temas sencillos, universales.

Sin embargo, para quienes crecimos en contextos donde la vida estuvo marcada por la lucha cotidiana, la adaptación constante y la supervivencia, este tipo de conversaciones puede sentirse extraño o ajeno a nosotros.

No porque carezcamos de sueños, gustos, intereses o personalidad. Justamente el punto es que tenemos una personalidad tan distinta y tan marcada que la generalidad nos parece banal. Es apenas de esperar: durante gran parte de nuestra vida nuestras prioridades fueron otras.

Nuestra infancia desempeña un papel fundamental en este proceso. Es durante esos primeros años cuando se forma gran parte de nuestro carácter, de nuestra autoestima y de nuestra relación con el aprendizaje. Un niño que crece en un ambiente seguro tiene mayores posibilidades de desarrollar curiosidad, creatividad y confianza. En cambio, un niño que vive entre la precariedad, la violencia, la exclusión o la inestabilidad económica y emocional aprende, antes que nada, a protegerse.

Ojo al dato: ese niño luego será el adulto que aprenderá un segundo idioma. Su energía mental está dirigida a sobrevivir, no a explorarse a sí mismo y mucho menos a explorar el mundo.

Esto no significa que las personas de contextos vulnerables tengan menos capacidad intelectual. Significa que las condiciones sociales moldean las oportunidades para desarrollar ese potencial. El talento existe en todos los sectores sociales; lo que no existe de manera equitativa son las condiciones para cultivarlo.

Por eso considero que el principal responsable de esta desigualdad es el Estado.

Sí, el Estado.

Llevo quince años diciendo lo mismo: la responsabilidad es del Estado. Aun eso me ha costado una vida y la libertad.

Ah, pero no mis ideas. No mi dignidad. No mis ideales.

No porque las familias no tengan responsabilidades, sino porque es el Estado quien tiene la capacidad de garantizar derechos y crear las condiciones para que todas las personas puedan desarrollar sus capacidades.

Cuando un Estado no asegura una educación pública de calidad, acceso a la cultura, sistemas de salud eficientes, alimentación adecuada y políticas que reduzcan la desigualdad, produce un efecto dominó.

La pobreza limita el acceso a una buena educación; al autoconocimiento. Una educación deficiente reduce las oportunidades laborales; los empleos precarios perpetúan la pobreza, y esa pobreza vuelve a transmitirse a la siguiente generación. Así, las desigualdades dejan de ser accidentes individuales para convertirse en estructuras que se reproducen una y otra vez.

En ese contexto, aprender un idioma extranjero deja de ser únicamente una habilidad académica. Se convierte en un acto profundamente político. Significa reclamar el derecho a acceder al conocimiento, a comunicarse de otra forma, a ampliar nuestra comprensión del mundo y nuestra capacidad de creación. Significa demostrar que la inteligencia no pertenece a una clase social determinada.

Sin embargo, tampoco debemos romantizar el esfuerzo. Es cierto que muchas personas logran salir adelante a pesar de todas las dificultades, pero convertir esos casos en la regla invisibiliza a quienes nunca tuvieron las mismas oportunidades. El mérito existe, pero solo puede evaluarse con justicia cuando se consideran las condiciones desde las que cada persona comienza su recorrido.

Quizá por eso aprender un idioma me ha resultado tan desafiante. No porque sea menos capaz, sino porque durante muchos años mi energía estuvo dirigida a resolver problemas que otras personas nunca tuvieron que enfrentar. Comprender esto no significa renunciar a la responsabilidad personal, sino reconocer que el esfuerzo no ocurre en el vacío.

Mi sueño es llegar a enseñar en la universidad. También quiero convertirme en escritora, publicar un libro algún día y construir una vida alrededor de la intelectualidad, del estudio y de la producción de ideas políticas. Pero esos proyectos, que muchas veces se presentan como fruto exclusivo del esfuerzo individual, requieren condiciones materiales que no todas las personas poseen. Para memorizar palabras, dedicar horas al estudio, leer con tranquilidad o desarrollar el pensamiento crítico hacen falta tiempo, estabilidad, descanso, acceso a libros, educación de calidad y la seguridad de que las necesidades básicas están cubiertas.

Aun así, sigo estudiando. Sigo aprendiendo palabras nuevas, leyendo, escribiendo y acercándome, poco a poco, a esa vida intelectual que deseo construir. Cada página leída, cada idioma aprendido y cada texto escrito representan una forma de romper con los límites que la desigualdad intentó imponerme.

No estudio únicamente para cambiar mi destino individual. Estudio porque creo que el conocimiento también puede ser una forma de justicia. Y porque sueño con un futuro en el que el origen social de una persona deje de determinar el alcance de sus sueños.

 

Luisa Deluquez

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