EL DIFÍCIL ARTE DE DECIDIR JUNTOS: QUIEN SE SIENTA EN LA MESA DE PRIMERO

Una mesa redonda produce una ilusión poderosa: al no haber una cabecera visible, pareciera que todos ocupan el mismo lugar. Cada persona recibe una silla, un turno y, en ocasiones, la misma cantidad de minutos. Sin embargo, el poder no entra a la reunión cuando alguien levanta la voz. Ya estaba allí, sentado, antes de que llegáramos.

Las personas no acuden con los mismos recursos. Algunas conocen previamente la agenda, dominan el lenguaje técnico y tienen acceso directo a quien tomará la decisión. Otras llegan por primera vez, deben traducir su experiencia al vocabulario institucional y todavía intentan descubrir cuáles asuntos pueden discutirse. La igualdad formal de los turnos no nivela estas diferencias.

John Gaventa (2006) ofrece una manera útil de mirar la situación. El poder puede ser visible, como ocurre con las reglas, las votaciones y las autoridades formales. También puede ser oculto, cuando alguien controla quién es invitado o qué asuntos entran en la agenda. Y puede interiorizarse, cuando los participantes se concientizan que no saben lo suficiente, que su experiencia no es suficiente o que tienen las capacidades técnicas para participar como corresponde.

Estas dimensiones permiten comprender por qué una reunión abierta puede producir resultados cerrados. Quizá nadie impidió explícitamente una intervención, quizá todos pudieron hablar, pero solo algunas voces fueron reconocidas como competentes. Quizá la información y/o el conocimiento necesario para cuestionar una propuesta estaba en manos de quienes la diseñaron.

Lynn Sanders (1997) cuestionó la confianza excesiva en que la deliberación, por sí sola, neutraliza las desigualdades. Las normas de la discusión pública suelen premiar determinadas formas de expresión: un tono seguro, argumentos presentados como impersonales, dominio de datos y familiaridad con procedimientos. Quien habla desde una experiencia dolorosa, una duda o utilizar otro registro puede ser percibido como menos racional, aunque aporte información indispensable.

La desigualdad, señalada por Arthur Lupia y Anne Norton (2017) siempre está en la sala y el lenguaje es una de sus formas. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de convertir lo que saben en una intervención que los demás consideren autorizada. El poder también decide qué manera de hablar suena inteligente y qué conocimiento necesita demostrar una y otra vez su legitimidad.

La desigualdad, no es una abstracción y hace parte inherente de cualquier tipo de grupo social, iniciando desde la familia misma. Christopher Karpowitz, Tali Mendelberg y Lee Shaker (2012) encontraron que la composición de los grupos y las reglas de decisión pueden afectar quién habla y cuánto peso adquiere su participación. Aun cuando sus hallazgos se concentran en desigualdades de género y no deben trasladarse mecánicamente a toda situación, aun así, muestran algo esencial: cambiar las reglas puede cambiar la distribución de la voz.

La evidencia de Raghavendra Parthasarathy, Vijayendra Rao y Nethra Palaniswamy (2019), basada en asambleas de aldeas del sur de India, lleva el argumento a espacios comunitarios reales. Las desigualdades sociales externas no desaparecen al cruzar la puerta de una asamblea. Pueden reproducirse en los patrones de intervención, en la atención concedida a distintos participantes y en la capacidad de orientar la conversación.

Reconocer esta realidad no obliga a abandonar la participación. Obliga a diseñarla con menos ingenuidad. Una mesa más justa no se limita a repartir tiempo. Comparte información con anticipación, explica el alcance de la conversación, diversifica las maneras de aportar, facilita la intervención de quienes enfrentan mayores costos y observa quién habló, y qué dijo.

También exige revisar la agenda. La invitación a participar pierde valor cuando las preguntas fundamentales ya fueron cerradas. A veces, el mayor ejercicio de poder no consiste en imponer una respuesta, sino en decidir qué preguntas nunca podrán formularse.

Nada de esto elimina la realidad de las diferencias de rangos, conocimientos, experiencias o responsabilidad. Tampoco toda diferencia constituye dominación. Un especialista puede poseer información relevante y una autoridad puede cargar con obligaciones que otros no tienen. El problema surge cuando esas diferencias se vuelven invisibles y se presentan como si la conversación hubiera comenzado entre iguales.

La igualdad de sillas no garantiza igualdad de influencia. El primer paso para decidir juntos no es fingir que el poder quedó fuera de la sala, sino reconocer dónde está, cómo opera y qué reglas pueden impedir que determine de antemano quién será escuchado.

 

 Juan Manuel Mendoza-Puccini

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Referencias

 

Gaventa, J. (2006). Finding the spaces for change: A power analysis. IDS Bulletin, 37(6), 23–33. https://doi.org/10.1111/j.1759-5436.2006.tb00320.x

Karpowitz, C. F., Mendelberg, T., & Shaker, L. (2012). Gender inequality in deliberative participation. American Political Science Review, 106(3), 533–547. https://doi.org/10.1017/S0003055412000329

Lupia, A., & Norton, A. (2017). Inequality is always in the room: Language and power in deliberative democracy. Daedalus, 146(3), 64–76. https://doi.org/10.1162/DAED_a_00447

Parthasarathy, R., Rao, V., & Palaniswamy, N. (2019). Deliberative democracy in an unequal world: A text-as-data study of South India’s village assemblies. American Political Science Review, 113(3), 623–640. https://doi.org/10.1017/S0003055419000182

Sanders, L. M. (1997). Against deliberation. Political Theory, 25(3), 347–376. https://doi.org/10.1177/0090591797025003002

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