Varios aspectos son susceptibles de destacar a estas alturas del panorama político colombiano.
Hoy, Colombia aprieta las tuercas del poder con demasiada urgencia. Se aflojaron cuando el desajuste institucional ocasionado por el gobierno saliente nos dejó una experiencia bastante triste, por decir lo menos. O, por decir lo más, muy grotesca y sombría.
El desfile de impreparados para gobernar, el desorden de la cabeza del gobierno en todos los aspectos de su diario vivir y mandar, de inevitable impacto en todos los colombianos, la insalubre condición de toda instancia de poder al servicio de intereses execrables, entre otras, se paga con la situación que aborda la nueva administración del presidente, hoy apenas electo, Abelardo De La Espriella, con un erario crítico por el desbordado gasto público improductivo y con una desviación descomunal de los propósitos de dirigir una patria.
Allí radica el corazón de la tarea de un cambio de tercio: el ejercer el poder para un propósito con tantas aristas como dificultades, con tantos caminos empedrados que pavimentar, con tanta gente llena de esperanzas en el arribo de un nuevo mandatario.
Hay correcciones de todo tipo. Las elementales, que pasan por darle a entender a los colombianos que la estabilidad del gobierno requiere necesariamente la designación de personas competentes en los altos cargos. No se trata de ideología, se trata de ideología y competencia. Hay que acudir a la combinación de una línea de pensamiento clara con una trayectoria vinculada al asunto del cual se le va a responder al ciudadano. Pasan también por la austeridad en el gasto y el freno al derroche, cuando se considere que el privilegio de gobernar lleva implícita la demostración del carácter del gobernante. Elemental es también diferenciar entre los que merecen un trato especial del Estado, aquellos que trabajan y aportan a la sociedad, y los que requieren de la acción de la justicia para sacarlos de la libertad con la que delinquen a sus anchas. No hay libertad en un país que quiere volver héroes a los hampones. No hay país, me atrevo a decir.
Es realmente uno solo el poder del Estado, aun cuando hemos acordado que se distinga entre ramas del mismo árbol democrático. Y ello también implica que debe brillar la independencia de cada una para que sirvan como bases del plano político sobre el que descansa la buena fe del ciudadano. Esto no significa que se suceda una ruptura entre ejecutivo, legislativo y judicial, sino que su colaboración sea armónica y eficaz en la preservación de un Estado que busca la paz con tantas ansias.
La cabeza del ejecutivo en Colombia tiene muchos privilegios y mucho poder. Desbordarlo es tentador. Cada uno a su manera, con su estilo, que define al ser humano, ha mostrado como lo ejerce, hasta dónde busca cooptar las otras o por el contrario cuánta fortaleza personal tiene para refrenar los impulsos por ser impositivo, por manejar los hilos que tejen las decisiones de las otras dos ramas. Se define como una colaboración armónica entre ellas para la buena operatividad del Estado. La entrelínea de las normas se presta de muchas maneras para que la interacción supere en términos prácticos la bondad y el diseño aspiracional de la conducta en el ejercicio del poder. No se trata de renunciar a los objetivos que se establecen para dejar una huella clara en la historia nacional, sino de que se ejerzan con una transparencia que permita conocer la forma como se construye esa colaboración armónica. La fortaleza institucional surge de ese conocimiento público sobre la relación entre las ramas del poder.
Aparte de las elementales, hay otras líneas que marcan el camino de un gobierno, las trascendentales. Suceden por supuesto cuando se quiere que la jornada de cuatro años se traduzca en dejar al país dentro de la guía de posibilidades de progreso con equidad. Esas que superan la euforia del arribo al poder y que nutren la esencia de la nación, la proteína para la consolidación de un país glorioso y trascendente. Una buena educación para la competitividad en el futuro mercado laboral y empresarial. Una inversión nacional y extranjera que jalone la abundancia de nuestros recursos. Un impulso a la diversidad, pero no a aquella de los nuevos tiempos que trastocan las prioridades, sino la que pone a caribes, montañeros, sabaneros, litorales pacíficos, llaneros, altillaneros, amazónicos, a todos, en pro de una mejor vida para todos. Reconocer nuestras diferencias y construir sobre nuestras similitudes es un bello reto local.
A muchos nos sorprende que Colombia haya votado de una forma notoriamente distanciada. Pero no es solo acá donde suceden esas diferencias. Estamos viviendo una ola de Pesimismo Mundial. Decaen la confianza de la gente en el gobierno y en las instituciones políticas. Alemania y Estados Unidos de América registran ese deterioro creciente. La gente confía más en sus empresas y empresarios que en el gobierno.
Sin embargo, una notoria diferencia entre Colombia y las mencionadas naciones es que se nos ha estado inculcando por varias décadas, de manera estructural, como propósito de formación social, que el empresario es un caníbal y explotador del trabajador, cuando el 90% de esa estructura se basa en micros y pequeños gigantes que arriesgan todo para asegurar su modus vivendi. A ellos, la bandera de la resistencia civil y la corona de laureles. Por ellos se sostiene este país con poca paz y con tanto narco empoderado por el gobierno Petro.
La Colombia que gane un mundial de fútbol sale de la Colombia que gane su propia lucha interna por ser, esta vez de verdad, la mejor esquina de Suramérica.
Nelson Rodolfo Amaya

