¡Atrevámonos!

El proceso de paz, el acuerdo de La Habana, el plebiscito, el acuerdo del Teatro Colón, el Fast-Track, las curules de las farc y la JEP, entre otras realidades institucionales, integran una fase de la historia reciente que —en lugar de unirnos— nos dividió, porque tanto el país nacional como el político se sumergieron en el insoportable afán de imponer sus razones, sus verdades y sus opiniones, por encima incluso de la importancia que debimos darle a las coincidencias como elemento motivador para abordar las diferencias. Pero ajá, no lo hicimos y ahí seguimos en este interminable debate que deriva de percepciones y concepciones contrapuestas.

Mientras esto ocurre, es el tiempo —único patrón de la verdad— el encargado de descubrirla. Fue el tiempo el que nos mostró el exagerado incremento de los cultivos ilícitos, el progresivo y preocupante aumento de las disidencias, el vergonzoso circo de Santrich, la desidia con las víctimas, la ausencia de verdad y reparación, la costosísima inutilidad de la JEP; en fin, hechos incontrovertibles que revelan las falencias de una paz que resultó más falsa que real, estable y duradera, dándonos la razón a quienes en su momento lo advertimos. Pero no era la razón lo que importaba, sino la posibilidad de que aquellas advertencias fueran tenidas en cuenta traduciéndose en cambios de enfoque o en modificaciones que apuntaran a mejorar un acuerdo para nosotros mediocre. No nos escucharon. Ahí siguieron, con su soberbia, su mermelada, sus mayorías, sus conejos y su poder, obstinados en el camino que se trazaron, llegando al punto, antes de perder las elecciones, de institucionalizar sus propósitos para de ese modo restringir los nuestros. Y lo lograron.

Eso, sumado al hecho de que un pedazo de las mayorías con las que actualmente cuenta el gobierno en el congreso hicieron parte de aquel camino trazado que lograron institucionalizar, se han convertido en los principales obstáculos para hacer las revisiones y las modificaciones que el acuerdo de paz requiere. No importa que los hechos resulten evidentes, no importa que la implementación del acuerdo descubra sus falencias. Nada importa. Es una cuestión de intereses, egos, vanidades, terquedades, revanchismos y rivalidades, que impiden observar con sensatez lo elemental. Y por otro lado, como parte de lo elemental debemos entender que aquello que lograron produjo unos efectos jurídicos que estamos obligados a respetar aunque no nos gusten. Efectos que no podemos soslayar y en contra de los cuales debemos actuar por las vías institucionales y no a través de las mismas acciones que tanto repudiamos.

El Presidente Duque, por más que intente proponer, como en efecto lo hizo al presentar las objeciones a la ley estatutaria de la JEP, en sede institucional, las modificaciones a aspectos del acuerdo de paz que considera deben cambiar, no lo va a lograr hasta que no cuente con las mayorías para ello. Y en mi opinión, es ahí donde ha fallado, pues teniendo su capacidad argumentativa y la fuerza de la razón concedida por el tiempo, debe ser menos tolerante con los efectos negativos del acuerdo de paz y más insistente ante un Congreso cuyas mayorías seguramente estarían dispuestas a escuchar y a dejarse persuadir por la fuerza de verdades que comprensiblemente serían el lógico fundamento de decisiones encaminadas a corregir errores y a limpiar el acuerdo del enorme componente de mediocridad que lo acompaña.

Quizá todavía estamos a tiempo y ojalá el Presidente Duque, el país político y el país nacional, tengamos los pantalones para revisar a profundidad y con determinación un acuerdo que no va bien y que puede mejorarse eliminando lo que no funciona y alterando lo que funciona mal.


Miller Soto

Abogado / Catedrático / Ex concejal de Barranquilla 

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