¡BESITOS ROJOS AL CIELO!!

Eran las 3:00 de la mañana y estábamos todos subiendo cada chechere al camión mixto (mitad bus con sillas largas de madera, mitad camión) del señor Kin Sierra, que habían estado cargando unas horas atrás.  Mi mamá dirigía a los hijos y mi papá se encargaba de organizar en el camión cada artefacto.  No eran muchos, un enfriador, una nevera, una estufa, una cama de esplín (metálica), las hamacas, un escaparate, los estantes de la tienda, el surtido de víveres, abarrotes y bebidas.  Todo lo demás (Los muebles Luis XV de sala, comedor y cuarto de mis padres; las mesas de billar, el pickup, entre otro, quedaron en “La Casa”).    Mi papá con la ayuda de mis hermanos Armando y José Juan y otros amigos del pueblo, cargaron todo, lo último que entraron fueron las cajas con la ropa y los libros.

Mis hermanos y demás ayudantes estaban embarcados.  Cuando cerraron el camión.  Nos subimos en las sillas los bienes más preciados, las cuatro hijas solteras de Papa Juancho y Mamá Cele: Ocha, Vicky, La Nena y yo.  Mi papá y mi mamá mostraron su mejor cara de: aquí no pasa nada! y nosotras los imitamos; pero en la oscuridad de la madrugada,  dejábamos el alma desgarrándose en pedacitos por cada milímetro de tierra que íbamos abandonando; las incontenibles e inevitables lágrimas salieron, ahogábamos los gemidos de dolor que nos causaba la separación de nuestros ombligos enterrados en la tierra que nos vio nacer y crecer, dejábamos atrás nuestro primer aliento de vida en las manos de mamá Avelina, que nos recibió el día que nacimos,  nuestros primeros  pasos, caídas, levantadas, lagrimas, risas.  A esa edad dolía más dejar a tanta distancia, los amigos de toda la vida, nuestra familia, nuestra casa, los primeros amores y nuestros muertos. Llorar no era una opción.   Si mi mamá no lloraba, nosotros no podíamos, ese: “No llore que la mujer que llora es puta”, acompañado de un tirón de pelo, no se haría esperar; ¡claro! ¡Y era comprensible!  si nosotros llorábamos, ella no resistiría, la que más ahogaba la gritería que traía en el pecho era ella, creo que, entendimos su dolor y nos solidarizamos, ella dejaba más que nosotros y apostaba por mucho más. Mi papá no lloraría, los hombres no lloran, nunca lo habíamos visto llorar, tampoco el día que dejamos la tierrita amada, que no lo vió nacer, pero lo acogió como suyo.

Cuando Las luces mortecinas de algunas bombillas que había en las puertas de las casas del poblado fueron apagándose en la distancia, aprovechamos la oscuridad y todos lloramos en silencio, nadie decía una sola palabra, el camino polvoriento y el frío de la madrugada de los primeros días de enero, hacia el momento aún más difícil, de por sí, ya sentíamos que se nos congelaban los huesos, ante el sentimiento de dolor por el desarraigo, la ausencia, la separación, la partida.

Nunca supe lidiar con las separaciones, cuando de niña mi mamá viajaba a hacer las compras para surtir la tienda, yo, sentía una sensación de abandono que solo se me quitaba al verla de vuelta,  nada me devolvía tanto el aliento como ver asomar sus suecos marrón, al bajar del mixto del señor Kim, con su vestido beige con florecitas ocre, de canasticas (mangas de tiras), unas arandelitas (volantes) en el corpiño y al final de la falda, su pañoleta ocre, amarrada en la barbilla, y su cartera marrón del mismo color de los suecos (zapatos con plataformas en madera).  La emoción crecía, si le veía traer en las manos una bolsa de papel con dos alegrías (bola de dulce a base de mijo, coco, panela y anís) para los ocho hijos. Pasaba de la desolación a la alegría y luego a la angustia: deseaba con locura que me tocará un pedazo de la alegría que tuviera la rebanada de coco mela’o en panela.  Da risa, pero es verdad, yo fuí por cuatro años la última y con 3 años de diferencia de la anterior; todos pedían coco, la Alegría traía dos o tres rebanadas, y eran partidas en cuatro partes, la probabilidad que le tocará una rebanada de coco a la parte que le correspondía a la hija más pequeña, eran escasas. Cuando crecí y empecé a ganar dinero, una negra palenquera pasaba todos los fines de semana por mi casa en Riohacha, al comienzo le compraba alegría, pero descubrí que vendían el trozo de coco mela’o con panela y entonces sacié mis ganas, hasta que me dio diabetes. Jajaja, En serio!! No que la diabetes me la haya causado el coco mela’o, pero sí que lo deje de consumir por ello; a veces hago trampita.

A mis 19 años, separarme de mi mundo, era devastador, pero la esperanza y el consuelo provenían de la ilusión de poder continuar mis estudios universitarios, que al tercer semestre se veían amenazados por la falta de recursos, Hamaca Grande (La Cantina del pueblo) y Dios Verá (una de las 5 tiendas del pueblo) ya no daban para las dos matrículas en universidad privada y las dos pensiones, más gastos de estudios. La situación gritaba que le debía dar permiso a Vicky de terminar (ella iba más adelantada).  Esos eran asuntos que le robaban el sueño y retaban a mi madre, con esa mente adelantada que poseía. Me la imagino pensando en opciones que les permitieran a ella y a mi papá producir más, para que ambas siguiéramos nuestros estudios.  Convenció a mi papá, de ir a probar suerte a “Calabacito” (así le llamaban al municipio de Albania antes) donde la bonanza de la explotación del Carbón parecía atractiva, a juzgar por el progreso que se le notaba a Miro Guerra y a Leda, una pareja de peñeros que se habían ido con su familia a vivir allá.  Mami fue primero de espía, se dio cuenta de las posibilidades que nos ofrecía irnos a vivir allá, se regresó llena de planes e hizo las compras (fia’o, en verdad) más grande de víveres y abarrotes, donde Rosa María de Roys, la segunda factura de gaseosas y cerveza donde Florentino Aragón y lo que faltaba donde el cachaco Vivas, que siempre le facturaban para pagar después.  Eran aquellos tiempos en los que los comerciantes hacían marketing del bravo sin saber, desarrollaban nuevos clientes, ayudándolos a montar sus propios negocios, basados en el valor de la palabra que era más poderosa que un cheque en blanco, girado al portador.

“Ellos no sabían que esas compras iban Pa’ “Calabazo” (casi siempre le oí a mi mamá llamar al pueblo así, creo que no le gustaban los diminutivos), seguro al darse cuenta que nos fuimos de La Peña se preocuparon, pero regresé y le pagué a cada quien sus facturas completicas.  “Yo sabía que esa plata llegaba”, dijo el Cachaco Vivas y Rosa María: “yo te defendí: ella es una mujer muy seria, son años trabajando con ella y nunca me ha quedado mal”. Florentino me abrazó y felicitó (Florentino era amigo de mis padres de hacía muchos años) Una cosa tengan clara siempre mis hijos, el que paga lo que debe, sabe lo que tiene. Nunca cierren las puertas que les abre un buen nombre, Porque la reputación consigue más que la plata” nos decía mi mamá en una de esas conversadas que nos dábamos después de almuerzo, años después, en el patio de la casa que construyeron en San Juan.

Llegamos a “Calabacito”, en la mañana de aquel 14 de enero de 1990, con el paradigma de ser una de las familias más progresistas del pueblo (no como el progresismo de Petro, no, como el de una familia de innovadores, emprendedores, pioneros, líderes.  En el contexto (La Peña), vivíamos acomodados; tu sabes en tierra de ciegos, el tuerto es rey); llegamos creyéndonos especiales, gente de avanzada, dispuestos a empezar de nuevo y continuar en el camino que habíamos aprendido en nuestra tierrita, iríamos de nada a más, otra vez.

Dejamos atrás ese espacio tan nuestro, tan amplio, tan verde, tan claro y alegre, y encontramos un pueblo polvoriento y lúgubre, con un entorno socioeconómico deprimente, había dinero circulante, y al mismo tiempo mucha pobreza; traía a mi memoria La Rebelión De Las Ratas, el libro de Fernando Soto Aparicio que había leído, creyendo que era ficción, ahora se revelaba ante mis ojos.  “Calabacito” era un pueblo pequeño, pero la carga espiritual era demasiado pesada, se percibía en el ambiente; o al menos viniendo del símbolo de un remanso de paz, me era evidente, con solo respirar.

Mama Cele había arrendado una casa, bien ubicada para la tienda, incómoda para nosotros: Tenia el espacio para la tienda, una habitación y la cocina; una enramadita en el patio hacía de comedor y zona de labores (una troja, del alto de una mesa que fungía de lavaplatos o lavadero según la necesidad.  Al final del patio un baño improvisado con paredes de tabla y una letrina.   Dada las circunstancias, dormíamos en el piso; una vez cerrada la tienda, se desplegaban las cajas donde venían los cigarrillos, galletas, whisky, enlatados y demás.   Los primeros días en la tienda no se vendía mucho, capturamos el mercado más pobre, porque a la usanza peñera, Mama Cele empezó a vender 500 pesos de aceite, media panela, media libra de arroz, algo que no se veía en “Calabacito”; cuando volví de vacaciones ya teníamos varios restaurantes de clientes y en poco tiempo teníamos la tienda más surtida y con agradable atención en el pueblo más cercano a las Minas del Cerrejón.  Se extendió la fama, de tal forma que, de los habitantes del campamento Mushaisa venían a comprar en la tienda Doña Cele. Durante una de esas tardes en que atendía en la tienda, para que mama Cele echara un “Pelu’ito” (así le llamaba mami a la siesta) conocí a Segundo Domingo De Julio (así se llama, no es broma), que con el tiempo, se convirtió en mi maestro de inglés.  Así conocí la hermosa y moderna Mushaisa, la ciudad que existe en las minas de Cerrejón; ¡un mundo aparte, que contrasté!!  ni en Barranquilla, había visto tanto orden y estricto cumplimiento de las normas. Todo limpio, verde, aunque fuera verano, una ciudad completa, pero en miniatura. El perfecto lugar para vivir en paz y seguro.  En Mushaisa fue la primera vez que vi, que los carros se les apartaban a los transeúntes.  Era tal la cultura vial de sus habitantes que al llegar a otras ciudades se aturdían, varios accidentes vimos de algunos ejecutivos de Cerrejón, riohacheros, cuando traían a sus hijos a la capital de La Guajira, y no sabían transitar en las calles atestadas de gente y autos, traficando sin la más mínima demostración de cultura vial.

Llevábamos dos días en “Calabacito” y las expertas en mercado (Mamá Cele, Vicky y yo) dictaminábamos que si hacíamos arepas de queso temprano la gente que pasaba a trabajar nos las compraría, y en pocos días tendríamos dinero para ayudar en nuestros gastos de viaje a Barranquilla.  Intento fallido.   No recuerdo bien los motivos, creo que no aguantamos el primer día sin vender una; lo cierto es que a la Peña llegó la voz: “Allá están Vicky y Nora, “mojosas” asando arepa en Calabacito, hasta ahí llegaron las profesionales de Cele y Juancho”.   Surgieron anécdotas, como es normal en La Peña, que envalentonaron a la fiera que llevaba mi madre dentro, no sé cómo hizo, pero nos fuimos a estudiar, las dos.  Ese semestre fue de sacrificio, pero las cosas fueron mejorando más y más cada vez.

Vicky se graduó y me quedé sola en Barranquilla, fue una ruptura fuerte para ambas, estábamos muy acostumbradas la una a la otra. Vicky empezó a trabajar, y mis padres tenían menos gastos y más ingresos, así que mis circunstancias cambiaron ostensiblemente.   Algo que me gustó mucho fue que, al no estar las dos hermanas, disminuyó la ropa y el calzado, antes con lo que yo iba una semana a la Autónoma, Vicky iba la siguiente a la Simón Bolívar y viceversa, así que me dieron para comprar mi ropa y mis zapatos, ¡Wow!   Lo otro es que dejé de transportarme en autobus, me mudé cerca de la Universidad Autónoma, y aunque me tocaba caminar unas cuadras, ya no me tenía que subir a los buses atestados, ya no aguantaba empujones, frenazos que me sacudían es desayuno en el estómago, sobajeos morbosos; y lo mejor de todo, me compraron mi máquina de escribir Remington, mi grabadora Sony y mi Cámaras Nikon profesional;  me sentía Olga Behar, ya me pintaba en las trincheras de las guerras, a las que nunca llegué.

Ahora, podía venir frecuentemente a “Calabacito”, en carnavales, Semana Santa. No había grandes cosas que hacer, más que atender la tienda, cocinar para enviar una contrata de almuerzos que tenía mi mamá con los trabajadores de Luna Hermanos en La Mina, leer, leer, leer e ir a misa de 6:00 de la tarde; pero abrazar a mi gente, me inyectaba energía para aguantar un poquito más, hasta las vacaciones.  No me atrapó Barranquilla y su ambiente, podrán decirme corrooonchaa, pero las grandes urbes, no me seducen. Amo el lugar donde esté la gente que amo, en “Calabacito”, que en ese tiempo lucía raído y opaco, estaban los míos, los que traje desde La Peña y los que allí cultivé: Los Gil, Los Pinto, Los Aragón, los Berardinelli, La Vecina Arlen y su familia, mi Vecinas Katya, La Chacho, Dulce María, La Mona, Osmel Ovidio y toda la familia Arregoces, Oneida Rayeth (Si, la exgobernadora, ya era líder y fue Concejal de Maicao). En esos tiempos todos éramos jóvenes entusiastas y soñábamos con la Albania de hoy.

De repente, así como llegamos, nos fuimos, un día amaneció y ya mis vacaciones no serían en Santa Fe de Albania, como le empezamos a decir en familia para subirle el estatus.  Aún puedo recordar a One con sus jeans ajustados, camisetas y alpargatas, movilizando al pueblo.  No alcanzamos a verlo convertido en municipio, viviendo allá, pero bien que hemos seguido el proceso y nos hemos alegrado de cada logro, hasta hacíamos broma con mamá Cele: “Mal hecho haberte venido, ahora tuvieras hija alcalde”. Cuando puedo paso a recorrer las calles, ahora con aires de ciudad y a saludar a la familia albanés que valoramos y agradecemos enormemente.

Mi mamá siempre eligió los eneros para hacer grandes cambios, giros y hasta su partida definitiva la hizo un 14 de enero, hoy quiero homenajear una vez más, la memoria de esa valiente guerrera, que respaldada por mi gran amor, Papá Juancho, entregó sus entrañas por sus hijos, que la amamos y honramos con profundo amor, respeto y admiración. Aún duele su partida.

Cuan difíciles fueron las terminaciones, hasta que aprendí que sólo son nuevos comienzos. Ahora mami empezó una nueva vida: ¡Gloriosa! Ayer celebramos 5 años de su estancia feliz y en paz en la eternidad.  Entre tanto, Nosotros: Tide, Macha, Mando, Chío, José, Ocha, Vicky, La Nena, Papi, sus nietos, bisnietos, y yo seguimos aquí, en la tierra de los vivientes, lagrimeando por su ausencia, ¡pero eternamente agradecidos por tanto!!

Te amamos para siempre Mamá Cele. ¡Besitos Rojos al cielo!!

Noralma Peralta Mendoza

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12 comentarios de “¡BESITOS ROJOS AL CIELO!!

  1. Luis Mina G dice:

    Excelente!historia de vida donde muestra lo importante que es no perder la escencia de la familia,y las diversas vivencias que tenemos y afrontamos juntos, Felicidades!!

  2. Val Betancourt dice:

    Que escrito tan wow; deja ver que Mamá Cele fue una señora muy sabia y berraca; un ejemplo de mamá y de abuela. Y eso se nota en cada uno de sus hijos y nietos.

    Una vez leí “El día que me olviden ese día moriré” y es tan sabia esa frase que Mamá cele será eterna.

    Me hubiera encantado conocerla.

    Besos y abrazos.

  3. Nelka Leonela Gamez Guerra dice:

    Excelente Escrito.
    Que orgullo leer esta palabras. Cada párrafo me transporte y lo viví como si estuviera en esa época.

  4. Dairy Ibeth Torres Moreu dice:

    Manita, que escrito tan hermoso, con una remembranza que nos llega alma con nostalgia, por ese amor que desborda en nuestros corazones, cuando dejamos evidencia, de que recordar, es vivir.

    • Dairy Ibeth Torres Moreu dice:

      Manita, que escrito tan hermoso, con una remembranza que nos llega alma con nostalgia, por ese amor que desborda en nuestros corazones, cuando dejamos evidencia, de que recordar, es vivir.

  5. Francisco Javier Pérez dice:

    Excelente crónica mi seño! Deja ver la facilidad que usted tiene para atraparlo a uno con su Excelente pluma, mire todas las bellezas que pudimos leer en un escrito sobre un viaje y cambio de teeruño. Sigue usted afianzándose como la cronista de mayor perfil en la Guajira!! Felicitaciones!!

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