Hay historias que nacen del silencio y otras que nacen de una carcajada. Un sepelio incompleto, del doctor Camilo Oñate, pertenece a esta última estirpe: la de los relatos que se gestan en la conversación, en la sobremesa, en el relajo, en ese instante en que alguien cuenta algo sin saber que, sin quererlo, acaba de sembrar una semilla literaria.
Recuerdo que una vez, entre amigos, conté un chiste. Nada solemne. Nada elaborado. De esos cuentos que uno lanza al aire como quien lanza una piedra al río, solo para ver qué ondas provoca. Camilo se rió. Pero no fue una risa cualquiera. Fue una risa que se quedó pensando. Una risa que no se agotó en el momento. Meses después, ese chiste había mutado, había crecido, había aprendido a caminar solo. Se había convertido en un cuento.
Eso es lo que hace Camilo: escuchar el mundo con oído de escritor. Donde otros oyen una ocurrencia, él oye una historia. Donde otros ven una exageración, él descubre un personaje. Donde otros se quedan con la anécdota, él encuentra una metáfora.
Como lo señala la escritora Mari Daza Orozco, Un sepelio incompleto nos conduce a un “sano asombro”, a ese territorio extraño donde lo efímero se vuelve permanente. Es breve, sí, pero deja huella. Es ligero, pero no superficial. Es humor, pero no vacío. Es risa, pero también memoria.
En estas páginas, el lenguaje caribe no es un adorno: es el corazón que late. La palabra se vuelve música, picardía, guiño, ternura. Los personajes no caminan: danzan. No hablan: cuentan. No discuten: cantan. Y en medio de ese carnaval de voces, lo sagrado y lo profano se reconocen como viejos amigos que se han acompañado toda la vida.
Camilo no se burla de su mundo: lo entiende. No lo caricaturiza: lo retrata. Por eso en su cuento caben los galleros y el cura, la solemnidad y el relajo, la devoción y la risa. Todo convive sin escándalo, como convive en nuestros pueblos, donde el dolor y la fiesta suelen sentarse a la misma mesa.
Este libro demuestra algo que a veces olvidamos: que la literatura no siempre nace de grandes tragedias ni de silencios dramáticos. A veces nace de una carcajada. A veces, de una conversación. A veces, de un chiste contado sin pretensiones. Camilo tomó esa materia frágil, oral, fugaz, y la convirtió en un relato que ahora ya no es de nadie y es de todos.
Leer Un sepelio incompleto es recordar que los días son cuentos al acecho. Que cualquier escena cotidiana puede convertirse en relato si alguien sabe mirarla con atención y ternura. Que nuestra manera caribe de exagerar, de bromear, de reírnos incluso de la desgracia, es también una forma de sabiduría.
Este libro no solo se lee: se queda. Se queda como se quedan las canciones que uno no sabe cuándo aprendió, pero que siempre puede tararear. Se queda como esos cuentos que no se repiten igual, pero que siempre vuelven.
Y quizás de eso se trata la buena literatura: de tomar lo que parecía pasajero y volverlo inolvidable.
José Jorge Molina Morales

