EL ENCANTO DE UNA HISTORIA

Si digo que se llamaba José Alfredo Salinas Brito, muchos de los que eran sus amigos y conocidos tal vez no sepan de quién se trata. Toda la “Bolita del mundo” lo conocía como “el Encanto”. No era una exageración su apodo porque realmente era una bella persona.

Fue un hombre de un temperamento alegre y amigable, amante de la música mexicana en cabeza de sus grandes ídolos Antonio Aguilar y José Alfredo Jiménez, de quien heredó el nombre que nunca usó con sus amigos.

Me parece estarlo viendo cantando una estrofa de la canción interpretada por Antonio Aguilar. Así cantaba:

“🎼 En el tren de la ausencia me voy

Mi boleto no tiene regreso

Lo que quieras de mí te lo doy

Pero no te devuelvo tus besos.

🎼 No volveré…”.

Cuando las rancheras y corridos mexicanos empezaron a decaer buscó refugio en los aires de la música vallenata que resonaban con fuerza en emisoras y cantinas de los pueblos.

Su particular forma de disfrutar la música de Francisco el Hombre era bailándola solo. Se paraba de la mesa en la que estaba de parranda con sus amigos de farra y empezaba a cantar y a bailar gozosamente los paseos y merengues. Su inmensa estatura lo hacía visible a todas las miradas; la colocación de sus brazos parecía que estuviera bailando amacizao con su pareja, y, eso sí, muchos gozaban con su manera de divertirse. Otros, no tanto.

Mi amistad con “el Encanto” se dio por contagio porque realmente su amigo entrañable era mi hermano, “Arique” Brito. Esa amistad naciente se reforzó cuando nos tocó compartir por cuestiones de trabajo de muchos ratos agradables y divertidos. Sucedió en la población de El Copey, Cesar, por allá en 1964, cuando mi padrino Jaime Zucchine, Q. E. P. D, me buscó para que atendiera el depósito de artículos de primera necesidad que se despachaba al menudeo a los recolectores de algodón, conocido como el Comisiarato, en la temporada de fin de año, en sus extensos cultivos de la fibra.

Había recolectores del Atlántico, Bolívar, Cesar y Magdalena pero la mayoría eran sanjuaneros. Fuera de “el Encanto” recuerdo a “Chico”, el de Juana Pitre; Enrique y Miguel, los hijos de Josefa “la Manquita”; Efraín y Marquito, los hijos de Rosa Oñate; Migue y Jabo Peñaranda, los hijos de “Pijico”, etc.,etc.

Por las noches, antes de irnos a la hamaca, nos sentábamos a conversar, revivir historias y contar chistes del pueblo.

Recuerdo una anécdota que contaba “el Encanto”, haciendo alusión al hambre voraz que da el chirrinche, o churro, como se le conoce tradicionalmente. Decía que una noche Rafa, su hermano mayor, llegó a la casa “piao” de churro y siguió derecho a la cocina buscando ansioso qué comer. Francia Brito, la madre de ambos, tenía tapados en unos platicos de peltre unos pescados crudos para fritarlos para el desayuno. Llegó Rafa, pasado de hambre, y los devoró en unos segundos, luego se acostó. A las dos horas hubo que salir corriendo con él para el hospital San Rafael, de la calle de Las Flores, con diarrea y vómito incontenibles. Ni así se le pasó la “pea”, decía “el Encanto”. Terminaba su cuento con esta expresión: “Ese churro es bravo”.

Después de esa temporada seguimos siendo amigos aún después de haber partido yo para Medellín a estudiar. Cuando llegaba de vacaciones a San Juan del Cesar, me iba a visitar a la casa, acompañado de “Arique”. De Medellín le traía los casate grabados con las rancheras de José Alfredo y Tony Aguilar que él oía en su grabadora Silver. Superada la etapa del casete le traía los CD grabados con las rancheras y vallenatos. Los últimos, creo, los debe tener Mary, su hermana. Su muerte lamentable no le permitió ver la era de las USB y otros dispositivos tecnológicos.

Pero volvamos a su vida, su baile, sus anécdotas y aventuras. Corría el año 1982 y “el Encanto” estaba bebiendo en la “Callecita”, en la casa que era de Mariana Salinas, donde quedaba una cantina de moda que era de Manuel Segundo “Yundo” Montaño y, como es natural, se mantenía bien concurrida. Como de costumbre, “el Encanto” se paró de la mesa y empezó a bailar. En la mesa vecina estaba Germancito Montaño, quien no veía con buenos ojos el bailoteo a su alrededor. Por cualquier motivo salieron de discusión. Muchos amigos para molestar al “Encanto”, le decían que él sacaba el pie de propio para que se lo pisaran. De todas maneras, con intención o sin intención, se fueron a las trompadas.

El “Encanto”, que era un hombre alto y fornido, en medio de la furrusca sacó un uppercut a la barbilla de su contendor y lo mandó a dormir el sueño de los justos.

En todo el pueblo se regó como pólvora la noticia del knock out, lo que hizo aumentar en Germancito la vergüenza de haber besado la lona. Además, la gente en la calle no ayudaba a amainar la tempestad, sino que por el contrario, atizaban el fogón de su inconformidad. Le decían:

¡Germancito!, ¿Tú te dejate noqueá de “el Encanto”?

Por eso juró vengarse. A partir de ahí empezó a echarle cruce por todo San Juan, a ver dónde estaba bebiendo para desquitarse de la priva. Un día le dijeron que estaba pegándole los tragos por la calle cuarta, llamada El Paraíso, cerquita del mercado público, al frente de TELECOM; andaba con Jaime “Papito” González y Carmen “Escalona” Brito.

Ese día, de casualidad, Germancito estaba estrenando una camiseta roja que le habían traído de Valledupar. Lo vio entretenido tomándose las frías en la cantina de Carmencita, la de Miguel Marciano, y pensó que ese era el momento preciso. Tenía que aproximársele por la espalda y cogerlo desprevenido, porque si fallaba era hombre muerto, ya que el Negro era un buen trompeador.

Dicho y hecho, se le acercó por la espalda y con la cautela de un felino cazador le propinó un puñetazo en la nuca que lo llevó a las tinieblas, desmoronándose como si sus piernas fueran de barro seco. Cayó cuan largo era a orillita de la acera. Cuando reaccionó del golpe, todavía en el suelo y acostado boca arriba, sólo vio a su alrededor a un montón de caras con los ojos espabilados esperando que resucitara. Entonces empezó a levantarse trabajosamente mientras le preguntaba a sus amigos:

¿Si le cogieron la placa?, ! Yo creo que era una Toyota roja ¡

Este era uno de los chistes que se tejían de “el Encanto”. Hasta él mismo se reía de las exageraciones y añadiduras que los sanjuaneros hacían de sus travesuras.

“No tenía cómo hacé, porque me cogió a traición, decía.

Su alegría se fue opacando poco a poco acosado por una penosa enfermedad que lo fue minando hasta cuando se decidió a darle el zarpazo final el 28 de julio de 2011, sin considerar que nos dejaba huérfano de su encanto. Tenía 68 años. Nadie duda que recordándolo en sus chistes, volvemos a llenar por un instante el espacio que dejó su muerte dolorosa.

Es verdad que hace falta el Negro para reírnos a carcajadas, tal como él lo hacía desbordante de alegría.

Luis Carlos Brito Molina

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Un comentario de “EL ENCANTO DE UNA HISTORIA

  1. Luis Carlos Manjarrés dice:

    Oiga, tocayo, para cuando una crónica sobre Pijico? Es brava la cosa porque con sus historias le alcanzaría para escribir libro y pico. Échele una así sea cortica. Sí, el Encanto fue un gran personaje de la Callecita. Fuimos amigos y siempre me decía Pery. Tomamos cerveza y jugamos dominó en la tienda de La Nena al frente de Teotiste. Teotiste también merece otra crónica especial por su tesón y coraje para levantar esa catarragia de Pontones

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