EL FRONDOSO ÁRBOL DEL POPULISMO

Por estos días del debate electoral colombiano es pertinente recordar a Andrés López Obrador y las propuestas que hizo durante la campaña de 2018 que lo llevaron a la presidencia de México. Sus promesas de entonces nos parecen ahora familiares: la reducción de su salario casi a la mitad, la compra de pasajes aéreos para el primer mandatario en clase turista y no en clase ejecutiva, la voluntad de no habitar en la residencia presidencial de Los Pinos y la venta del avión presidencial al cual llamó un aparato faraónico e indecente. Estas declaraciones eran una muestra de lo que sería una inflexible política de austeridad económica. Las medidas anunciadas cautivaron al electorado y fueron presentadas como una contribución decisiva al saneamiento de las finanzas públicas.

El populismo no es una ideología política, ha dicho el antropólogo mexicano Roger Bartra. Es un fenómeno de cultura política de izquierda o de derecha, que comúnmente implica “un liderazgo personalista fuerte, carismático, autoritario, un personaje que asume que representa los intereses del pueblo”. El populismo es una “democracia de masas”, afirma el filósofo colombiano Santiago Castro, en la que el pueblo, visto como masa sustancial y homogénea, y no la ciudadanía es el referente primario. La actividad política es concebida como la lucha de un pueblo casto y sabio contra los políticos definidos como un grupo de ladrones que abusa del poder “a los que hay que sacar a patadas del país”. El término “pueblo” solo es aplicable a los propios seguidores pues los contradictores carecen de este referente de legitimación.

El vocabulario del líder populista puede apelar a la sátira o a la procacidad, pero siempre será lapidario. López Obrador ha sido considerado por sus opositores como un poeta del insulto. Por su parte, Jair Bolsonaro, un populista de derecha abiertamente excluyente, afirmó respecto de las demandas de inclusión de las mujeres en su gabinete “No es una cuestión de colocar cupos de mujeres. Si ponen mujeres porque sí, van a tener que contratar negros también”. Donald Trump, un misógino profesional, se refería con marcado desdén a las mujeres y a los hispanoamericanos. Pese a ello tenía entre ambos grupos obsecuentes seguidores.

Los candidatos populistas son con frecuencia un misterio. Votar por ellos equivale a la compra de un billete de la incierta lotería de la historia. La indignación derivada del desprestigio de los partidos políticos y la pérdida de confianza en las instituciones suele ser el detonante colectivo de esta decisión. Se trata de mandar de paseo a la reflexión y dejarse guiar por las emociones. Los líderes populistas pueden tomar iniciativas de izquierda o de derecha de acuerdo con las circunstancias. Todos tienen en común que desconfían de las instituciones mediadoras entre gobernantes y gobernados. Como lo ha planteado Santiago Castro, la prensa independiente, la opinión pública y el poder judicial son vistos como indeseables. Según este autor, mientras las democracias liberales buscan multiplicar estas mediaciones “el ideal populista conlleva su reducción e incluso su eliminación “.

Colombia debe mirar no solo a su heterogéneo vecindario, sino examinar su último cuatrienio. El hecho de que un presidente aprenda mientras está gobernando ha tenido un alto costo económico, social e institucional para el país. Los gobiernos antidemocráticos no solo pueden provenir de golpes de Estado, sino que pueden derivarse también de las decisiones de déspotas electos.

Weildler Guerra Curvelo

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