EL LUNES

El café de este lunes sabrá exactamente igual que el del viernes anterior, pero nos lo tomaremos con la gravedad teatral de quien asiste a un funeral de Estado o a una coronación celestial. Todo depende, por supuesto, de a cuál de los dos bandos le haya entregado usted el voto. Por fin se callaron los parlantes de las caravanas, se evaporaron esos jingles insoportables que se trepaban al cerebro como parásitos y terminaron los debates en televisión. Esos maravillosos encuentros donde se agarraron de las mechas discutiendo sobre la moral de los abuelos de los candidatos, pero olvidaron, por puro descuido, explicar cómo diablos van a financiar la salud pública. Hoy es el día uno de la Nueva Era, o al menos el día uno del apocalipsis quincenal que nos vendieron los algoritmos.

Para una mitad del país, el despertar de hoy viene acompañado de una euforia mesiánica que ya raya en el ridículo. Se sienten los salvadores oficiales de la patria, los elegidos que detuvieron el fin del mundo en el último segundo del partido. Ya están inundando los grupos de WhatsApp familiares —esos que quedaron vueltos chicuca o hechos flecos el sábado por la noche— con stickers de victoria, banderas virtuales y un insufrible arsenal de frases tipo «se los dijimos». Suponen, con una inocencia casi tierna, que a partir de las ocho de la mañana el desempleo bajará por decreto, el peso colombiano se volverá inmune al dólar y la honestidad brotará silvestre en los ministerios. Qué gente tan turra y primípara en la vida.

Para la otra mitad, el desayuno pasa con el nudo en la garganta de la distopía consumada. Sienten que el país se vendió al mejor postor, que el futuro se canceló sin derecho a reembolso y que la maleta para migrar ya no es una bonita metáfora de clase media alta, sino una tarea logística urgente para el fin de semana. Es fascinante ver cómo somos capaces de diagnosticar la muerte de una nación entera antes de habernos terminado de cepillar los dientes. Nos encanta el drama. Qué fatiga tan democrática.

Lo verdaderamente delicioso e irónico de este lunes es asomarse a la ventana y descubrir que el mundo cometió la osadía de seguir girando. A pesar de los ríos de tinta digital, de la jauría insultándose en X y de las profecías de los analistas de cafetín, los buses siguen pasando igual de llenos, retrasados y oliendo a guardado. Las facturas de la luz y el agua llegaron con puntualidad británica y con el corrientazo del alza que nos deja limpios, y el jefe, que probablemente votó por el bando contrario al suyo, sigue esperando el informe a primera hora con la misma cara de pocos amigos de todos los lunes. El nuevo inquilino de la Casa de Nariño ni siquiera ha empacado sus cepillos de dientes para mudarse, pero media Colombia ya le achaca el trancón de la avenida y la otra media le atribuye el buen clima del día.

Mención de honor merecen los grandes arquitectos de nuestra demencia colectiva: los influenciadores y creadores de contenido. ¡Qué pechera la que se cargan! Durante meses, estos muchachos, expertos en bailar en TikTok, mostrar rutinas de gimnasio o inventar polémicas de patio, se convirtieron de la noche a la mañana en doctores en Ciencias Políticas. Sus cuentas, generosamente aceitadas por contratos bajo la mesa o por el puro y duro deseo de ganar clics a punta de bilis, se volvieron las verdaderas jefaturas de debate. Desdibujaron la frontera entre el chisme de farándula y la propuesta de gobierno, cobrando por endosar mesías y convirtiendo la desinformación en un contenido estéticamente digerible para la juventud. Este lunes, mientras usted está cabezón pensando en cómo estirar el sueldo, ellos ya están revisando las métricas de sus videos, cobrando sus cheques y planeando sus próximas vacaciones a Miami. Se gozaron la política, nos envolvieron como a unos asustados y nos dejaron a todos peleados en el barrio mientras ellos facturan en dólares.

Gobernar es un camello horrible, pero ser opositor en este país es un deporte nacional que practicamos con medalla de oro. Mañana mismo empezará el desfile de los camaleones políticos: esos honorables congresistas que juraron desprecio eterno al ganador en campaña y que hoy están buscando desesperadamente una cita con el secretario privado del electo para ofrecer su «desinteresado apoyo a la gobernabilidad». La mermelada no tiene ideología, solo tiene presupuesto. Mientras tanto, los soldados rasos de las redes sociales seguirán desangrándose por defender la pureza ética de unos señores que jamás los invitarán a tomarse un tinto. Es que somos muy de buenas para cargarle la maleta a los mismos de siempre.

Pero bajemos la guardia por un maldito segundo, si es que la rabia nos lo permite. Detrás de los bloqueos virtuales y de los almuerzos dominicales arruinados para siempre, hay un país que arrastra los pies de puro cansancio. Este lunes es un día para mirarnos a los ojos en la fila del transporte público y reconocer, aunque nos duela el orgullo en el alma, que el miedo del vecino no es ignorancia pura ni maldad congénita. El que votó distinto a usted no se levantó con ganas de incendiar el mapa; simplemente tiene una idea angustiosamente diferente, y quizás bien refundida, de cómo evitar que nos hundamos. El pánico del otro es tan real como el suyo.

Sobrevivimos a la campaña más tóxica, costosa y estridente que se recuerde en este platanal. Ahora nos queda la condena más difícil: convivir con el vecino que puso la bandera del otro color en la ventana o que se dejó lavar el cerebro por su influenciador de confianza. Que la ironía nos sirva de escudo para no tomarnos tan en serio los discursos de victoria, que la reflexión nos baje la arrogancia de creer que tenemos la verdad secuestrada, y que la empatía nos devuelva la decencia básica de saludarnos en el ascensor. Al fin y al cabo, el nuevo presidente gobernará desde un palacio rodeado de esquemas de seguridad, pero este carro lo tenemos que empujar nosotros a punta de lomo, juntos, todos los insípidos martes que se nos vienen encima.

 

Adaulfo Manjarrés Mejía

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