El 21 de junio Colombia elige presidente.
Las encuestas hablan de una ventaja de varios puntos para uno de los dos candidatos. Los analistas hablan de tendencias, de regiones, de márgenes de error. Los comandos de campaña hablan de estrategia final, de movilización, de los últimos votos por convencer.
Yo quiero hablar de otra cosa.
Quiero hablar de la herida que esta elección no va a cerrar gane quien gane.
Las elecciones se han desarrollado en un contexto de fuerte polarización política, impulsada por los debates sobre la consulta popular del 2025, la reforma laboral y la propuesta de una asamblea constituyente. A eso se sumó algo que ningún colombiano debería vivir: el asesinato de Miguel Uribe en plena contienda. Y se sumó también algo que debería preocuparnos hondamente: el presidente mismo de la República desconociendo los resultados de la primera vuelta, alegando irregularidades en el censo electoral sin que mediara decisión de las autoridades competentes.
Ese es el país que llega el 21 de junio. No un país que debate ideas con altura. Un país que se mira con sospecha, que cuestiona las instituciones cuando no le dan la razón, que prefiere creer en la conspiración antes que en el resultado.
He escrito antes sobre el tribalismo político. Sobre cómo los seguidores más radicales del petrismo y del abelardismo tan distintos en lo ideológico terminan pareciéndose de manera casi idéntica en su forma de tratar al que piensa diferente. Hoy, a días de la segunda vuelta, esa reflexión se siente más urgente que nunca.
“Vamos a derrotar la tiranía y el absolutismo”, dijo uno de los candidatos al celebrar el paso a segunda vuelta. El otro bando responde con el mismo lenguaje, invertido: tiranía contra ellos, absolutismo contra nosotros.
Ese es el problema. No que existan diferencias políticas profundas eso es sano, eso es democracia. El problema es que ya no hablamos de diferencias. Hablamos de enemigos. Y un país que solo sabe nombrar enemigos no sabe cómo gobernarse a sí mismo después de la elección.
Quiero ser honesta con ustedes: no voy a decirles por quién votar el 21 de junio.
No porque no tenga criterio. Sino porque creo profundamente que mi trabajo no es decirle a nadie qué pensar, sino ayudar a pensar con más información y menos miedo.
Lo que sí puedo decirles es esto: ninguno de los dos proyectos que compiten el domingo nació hablando de reconciliación. Nacieron hablando de derrota del otro. Y eso, para un país que lleva décadas herido por la violencia, por la desigualdad, por el abandono de territorios como el nuestro, no es un detalle menor.
Colombia no necesita solamente un presidente que gane una elección. Necesita un presidente capaz de gobernar para el 45% que no votó por él. Necesita alguien que entienda que ganar con siete u ocho puntos de ventaja no es un mandato para imponerse es una invitación a construir con el resto del país, no contra él.
En La Guajira sabemos algo sobre heridas que no cierran.
Sabemos lo que es que el Estado llegue tarde, que prometa mucho y cumpla poco, que trate a un territorio entero como un problema en vez de como una prioridad. Sabemos lo que es ser la última fila de un país que decide todo desde el centro y olvida que existen los bordes.
Por eso, cuando veo la polarización nacional, no la veo desde la comodidad de quien observa desde lejos. La veo desde la experiencia de quien sabe que las heridas que no se atienden a tiempo se vuelven crónicas. Y que un país que no aprende a sanar sus propias divisiones termina por reproducirlas en cada territorio, en cada elección, en cada generación.
Lo que más me preocupa de esta segunda vuelta no es quién gane.
Es lo que va a pasar el 22 de junio.
¿El que pierda va a reconocer el resultado con dignidad, o vamos a repetir el patrón de deslegitimar cada elección que no nos favorece? ¿El que gane va a gobernar para todos los colombianos, o solo para los que lo eligieron? ¿Vamos a aprender, por fin, que la democracia no es la guerra de un bando contra otro, sino el acuerdo de convivir, aunque pensemos distinto?
No tengo la respuesta. Nadie la tiene todavía.
Pero sí sé esto: la reconciliación no la decreta un presidente. La construyen los ciudadanos, todos los días, en cada conversación donde elegimos escuchar en lugar de atacar, en cada espacio donde tratamos al que piensa diferente como un compatriota y no como un enemigo.
El 21 de junio Colombia va a elegir un presidente.
El verdadero examen empieza el 22.
Ese día sabremos si elegimos solamente un nombre en un tarjetón, o si estamos dispuestos, por fin, a sanar las heridas que llevamos cargando desde hace mucho más tiempo del que cualquier campaña puede explicar.
Juana Cordero Moscote

