EL PAÍS YA COMENZÓ A DECIDIR

Las encuestas no son una profecía, pero sí una fotografía emocional y política del momento que vive un país. Y la más reciente medición de Invamer deja una imagen difícil de ignorar: Iván Cepeda no solo lidera con amplitud la intención de voto presidencial, sino que comienza a consolidar algo más profundo que una ventaja electoral: una sensación de inevitabilidad política.

El dato central es contundente. Cepeda alcanza el 44,6 % de intención de voto, manteniéndose sólido en la punta de la carrera presidencial. No se trata de un crecimiento explosivo, sino de algo quizá más importante: estabilidad. En política, sostenerse arriba mientras el resto se reorganiza suele ser una señal de madurez electoral.

La verdadera novedad de la encuesta está en el ascenso de Abelardo de la Espriella, quien sube diez puntos y llega al 31,6 %. Su crecimiento parece alimentarse, en buena medida, del debilitamiento de Paloma Valencia, que cae al 14 %. El fenómeno resulta interesante porque evidencia una reorganización del electorado de derecha alrededor de una figura más confrontacional, mediática y emocionalmente intensa.

La consecuencia inmediata de ese movimiento es clara: las posibilidades de Paloma Valencia de disputar una segunda vuelta comienzan a reducirse seriamente. La derecha entra así en una competencia interna que puede terminar favoreciendo precisamente al candidato que pretende derrotar.

Porque mientras los sectores alternativos conservan un núcleo compacto alrededor de Cepeda, la oposición parece fragmentarse entre distintas formas de liderazgo, estilos y narrativas. Y eso termina reflejándose en los escenarios de segunda vuelta.

Allí los números son todavía más reveladores.

En un eventual enfrentamiento entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, el candidato del Pacto Histórico gana con 52,4 % frente a 45,3 %. Y frente a Paloma Valencia obtiene 52,8 % contra 44,3 %. Es decir, Cepeda supera a ambos candidatos prácticamente por el mismo margen, consolidando una ventaja transversal que no depende únicamente de un adversario específico.

Eso permite inferir algo políticamente relevante: hoy el petrismo parece haber logrado algo que durante años parecía imposible en Colombia, convertirse no solo en una fuerza competitiva, sino en una mayoría potencial.

Y allí aparece otro elemento pocas veces analizado con suficiente profundidad: el peso del voto rural.

Las encuestas tradicionales siguen concentrándose principalmente en centros urbanos y cabeceras municipales. Sin embargo, el actual gobierno ha consolidado una presencia política importante en sectores rurales históricamente marginados, particularmente a través de la reforma agraria y de una narrativa de reivindicación social que ha encontrado eco en amplias regiones del país.

Si se observa que a Cepeda le faltarían aproximadamente cinco puntos porcentuales para alcanzar el umbral del 50 % más uno y ganar en primera vuelta, la distancia no parece imposible. En términos aproximados, un punto porcentual equivaldría a cerca de 230 mil votos, lo que implicaría alrededor de 1.200.000 o 1.250.000 votos adicionales para cerrar la contienda sin necesidad de segunda vuelta.

La pregunta entonces no es solamente si Cepeda puede crecer. La verdadera pregunta es si ese voto rural silencioso – muchas veces invisible para las mediciones tradicionales – ya comenzó a moverse.

Porque Colombia cambió. Y quizá una parte del país político todavía no termina de entender hasta qué punto cambió.

Durante décadas, las elecciones se definían casi exclusivamente desde las grandes ciudades, los clanes regionales y las maquinarias tradicionales. Hoy emerge otro mapa: uno donde campesinos, beneficiarios de programas de tierras, jóvenes periféricos y sectores históricamente excluidos empiezan a sentirse protagonistas del debate nacional.

Y precisamente por eso esta última encuesta adquiere un valor especial. Ya no habrá nuevas mediciones publicadas antes de las elecciones del 31 de mayo. Esta es, en muchos sentidos, la última fotografía estadística antes de que hablen las urnas.

Lo que muestran esos números es un país que parece haber entrado en una fase distinta de su historia política: una donde Iván Cepeda dejó de ser simplemente un candidato competitivo y comenzó a convertirse, para millones de colombianos, en la posibilidad concreta de un nuevo ciclo de poder.

Y cuando un sector político logra conectar simultáneamente con las ciudades, con las regiones y con el mundo rural profundo, deja de depender únicamente de las encuestas: empieza a depender de la capacidad real de su electorado para salir a votar y convertir la expectativa en historia.

 

José Jorge Molina Morales

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