“Si el mundo nos mira, que nos vea haciendo historia”
Hay mucho más que mirar luego de que Colombia escogiera su presidente el pasado 21 de junio, y que así lo decretara la autoridad electoral.
De triunfos, derrotas, estadísticas, comparaciones, justificaciones, análisis sesudos, otros no tanto, proyecciones, amarguras y resentimientos estamos saturados y aún faltan más lecturas que hacer de lo que pasó. Encuentro mucha monotonía en esa profusión de párrafos sobre el acontecimiento, cuando saturan la verdadera imagen de lo ocurrido y evitan la concentración nacional en aquello que de verdad nos aqueja y que puede sacarnos de un limbo dispar entre dos visiones de país, cada una con 13 millones de electores, pero solo una vencedora y a cargo del timón.
Estamos siempre escribiendo páginas de nuestra historia. Para unos son capítulos, para otros párrafos y para los más agudos, simples renglones. Algunas llevan una tinta indeleble: verdades incontrovertibles, hechos, no interpretaciones, evidencias, no palabras. Aún esas realidades sufren el embate de la ausencia de rigor y del afán por dejar para la posteridad una manera de ver la vida, en el corte que el momento indique. Es claro que las causas de lo sucedido dan para mucho, pues mientras la desigualdad sirve de falsa excusa para la sublevación que altera la paz y la fraternidad según algunos, la libertad que brindan las oportunidades es la guía para la convivencia pacífica en los ojos de otros.
Quisiera destacar algunos asuntos que considero vitales:
-El fortalecimiento de la nación colombiana.
Cincuenta y tantos millones de personas habitamos un territorio de algo más de un millón cien mil kilómetros cuadrados, hispanoparlantes con acentos y dialectos valiosos y variados, rozagantes del sol de nuestros litorales y de los vientos de las montañas ecuatoriales, entrelazados por razas diversas, cuyo impacto alcanzamos a dimensionar en nuestro comportamiento y con unas características marcadas: inconformes por naturaleza, impresionables por todo lo que suene a extranjero, criticones de las culturas que no son las propias con las que cohabitamos, vamos por las regiones buscando nuestra identidad. A este suelo se aplica la maravillosa descripción que hace Renan sobre la nación en uno de sus pensamientos notables que nos recuerda la importante relación entre la tierra y el hombre. “La tierra suministra el lugar de lucha, de trabajo; el hombre suministra el alma”.
Esa alma es la fuerza descomunal de la colombianidad que surge del valor que se le reconozca a nuestro terruño, y del grado de cohesión que se estimule desde la cabeza orientadora de nuestro porvenir. Dejar atrás la confrontación venenosa, para aglutinarnos alrededor de propósitos comunes es una gesta de verdadera trascendencia.
-La generación que no conozca la violencia ni la guerra fratricida.
Unos colombianos que nazcan dentro de 20 años y encuentren en los libros cómo fue superado un mundo de enfrentamientos por el poder y la sinrazón de un conflicto escrito con la sangre de los más humildes y los más vulnerables. Unos colombianos que observen que al fin nos dimos cuenta de que la paz no es un documento que se firma sino una manera de darle buenas oportunidades de educación, empleo, eficiente atención en salud, buenos servicios públicos y conectividad a base de un manejo sano de las finanzas públicas, recursos de todos y para todos.
-La Colombia para los futuros colombianos se construye con el esfuerzo de los actuales.
“Una nación es un principio espiritual, resultante de las complicaciones profundas de la historia”, enseña el maestro francés. “…como el individuo, es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos”. Ese es el reto.
Que la educación se brinde por igual para recalcar las virtudes de un buen ciudadano, para que se acate la ley y ésta se aplique por igual a todos, que las letras no entren con sangre sino con bondad, que el respeto por el propio ser y por el prójimo vuelvan a valer, que los jueces sean meritorios y los representantes del pueblo se escojan por sus capacidades y su ánimo de servicio a la comunidad y no por su dinero, que la vida tenga sentido más allá de un slogan de campaña política, que la verdad no sea sometida a la manipulación de los astutos sino a la corroboración de los sabios.
-Que la participación de todos nos ayude a la labor de rescate nacional.
Hay que pasar el renglón de las elecciones y entrar en la página de la historia que se enfrenta. Todos somos llamados a aportar, bien como crítica, bien como apoyo a lo que estructure el gobierno De La Espriella. La jornada sigue para los colombianos de Transmilenio, para los que pilan por el afrecho, como decimos en el Caribe. Por igual para los que asumen riesgos empresariales y sudan la camiseta del mundial todos los días. A ellos los determina cada acción del gobierno para continuar. Atrás deben quedar las enemistades con el empresario, la cosecha de tempestades del que sembró el odio entre nacionales.
Si la historia se escribe por capítulos, los mandatarios son quienes dan pinceladas al cuadro de nuestro dolido país. Cambiamos de pintor, ya sacaremos cuentas de los claroscuros de sus registros y lo pondremos en la galería para que lo juzguen las mentes del futuro, con mayor objetividad y menos irascibilidad o efervescencia que la que ha generado el gobernante que termina, el señor Gustavo Petro.
Todos esperamos que el pincel le brinde una ocasión fabulosa a quien se sienta ahora a poner sus trazos sobre nuestro lienzo, el señor Abelardo De La Espriella -ADLE-. La tela viene descosida. Necesita remiendos, pero urgentes, aquellos que en ocasiones hacen olvidar los importantes, que me tomé la libertad de destacar. Tendremos los ojos puestos en las indispensables denuncias por los abusos de poder y desviaciones de la legalidad ejercidos en el mandato nada insigne de Petro y su grupo que evidenciamos los colombianos. Ya queda notificado el país que no habrá contemplaciones ni titubeos para llevar ante la ley a infractores, empezando por el propio presidente saliente.
Para algunos lectores estas menciones generales son etéreas, vacuas, incluso innecesarias. Las ven con la indiferencia de quienes asumen que están en la lista de bienes individuales y colectivos nacionales.
Pero estoy convencido de que para la mayoría es el fundamento de la consolidación del país con raíces para el próximo milenio.
Nelson Rodolfo Amaya

