ELLAS, ELLOS Y EL TERCER INVITADO

 Una conversación sobre gastos domésticos y festivales terminó revelando que la micro, macro y la economía internacional forman parte de una misma historia”

 

La pregunta que encendió la conversación

Todo comenzó durante el lanzamiento de mi libro Si el parrandero supiera de cifras: seis décadas de datos detrás de su música vallenata. En el stand de La Casa del Parrandero hablábamos de canciones, artistas y estadísticas cuando una mujer lanzó una frase que cambió el rumbo de la conversación “Claro que los hombres saben de cifras. Lo que pasa es que se hacen los locos para que no los molestemos”

Otra mujer agregó que muchos podían calcular con exactitud cuánto costaba una botella de ron, cuánto debían aportar para mantener viva la parranda o cuál era el valor de un saludo en tarima. Esa habilidad matemática, según ella, desaparecía cuando llegaba el recibo de la luz, había que organizar el mercado o separar algún dinero para ahorrar. Las risas no se hicieron esperar.

Los hombres reaccionaron como quien se siente acorralado en una piquería (contrapunteo). En lugar de negar la acusación, cambiaron el terreno de la discusión preguntado. Bueno, ¿y cuánto cuesta realmente organizar un festival vallenato? mientras que otro preguntó cuántos turistas llegaban a Valledupar. Alguien quiso saber cuál era la agrupación más costosa de contratar. También hablaron de hoteles, restaurantes, transporte y ventas alrededor de los grandes eventos musicales.

No era una encuesta ni pretendía establecer cómo administran el dinero las mujeres y los hombres. Era una conversación espontánea, cargada de humor, en la que cada grupo eligió una escala diferente para defender su argumento. Y sin saberlo, estaban dando una clase magistral de economía.

 

Ellas miraban el bolsillo

Las mujeres habían llevado la conversación hasta el espacio más cercano de la economía, el bolsillo. Hablaban del ingreso mensual que debe distribuirse entre alimentación, servicios públicos, transporte, educación, deudas y entretenimiento. También del dinero que se gasta para quedar bien con los amigos, de la compra que pudo aplazarse y del ahorro que siempre prometemos comenzar el próximo mes.

Los economistas llaman microeconomía al estudio de las decisiones que toman las personas, las familias y las empresas frente a recursos limitados. En una casa, sin embargo, nadie necesita pronunciar esa palabra para experimentar sus efectos.

Cada vez que una familia decide qué comprar, cuánto ahorrar o qué gasto reducir, resuelve un pequeño problema económico. El dinero disponible no alcanza para satisfacer todos los deseos al mismo tiempo. Elegir una cosa significa, casi siempre, renunciar a otra. Una botella adicional, una invitación generosa o una comida de más pueden parecer gastos menores. Pero, acumulados durante el mes, pueden alterar el presupuesto familiar. La economía cotidiana suele esconderse allí en decisiones pequeñas que, al repetirse, producen consecuencias mayores.

 

Ellos alejaron la cámara

Los hombres hicieron algo distinto y rápidamente se alejaron la cámara. Ya no miraban cuánto gastaba una persona durante la parranda, sino cuánto dinero circulaba por una ciudad cuando llegaban los visitantes, se ocupaban los hoteles, trabajaban los músicos y aumentaban las ventas de restaurantes, almacenes, transportadores y vendedores informales.

Habían pasado del bolsillo individual al movimiento económico de un territorio. Esa mirada corresponde a la macroeconomía, que estudia fenómenos como la producción, el empleo, la inflación, la inversión, el gasto público y el crecimiento. Si la microeconomía se acerca a una mesa para observar cómo deciden quienes están sentados alrededor, la macroeconomía intenta comprender lo que ocurre en todas las mesas al mismo tiempo.

Las dos perspectivas no compiten. El impacto económico de un festival comienza con miles de decisiones individuales como comprar una entrada, reservar una habitación, utilizar un transporte, comer en un restaurante o adquirir una artesanía. Cuando esas decisiones se suman, dejan de ser solamente personales y empiezan a transformar las cifras de una ciudad.

Mujeres y hombres no hablaban de asuntos contrarios. Observaban la misma economía desde puntos de vista diferentes.

  

El tercer invitado en la mesa

Mientras ellas miraban el bolsillo y ellos observaban el festival, había un tercer invitado sentado en la conversación. Nadie lo había llamado por su nombre, pero estaba allí representando por el acordeón fabricado fuera del país, en los equipos de sonido importados, en el artista que realiza una gira internacional, en el turista extranjero y en las regalías que llegan desde plataformas digitales. También estaba en la canción vallenata que cruza una frontera sin cargar una maleta.

Ese invitado era la economía internacional. Una parranda puede parecer profundamente local, pero parte de sus objetos, ingresos y relaciones depende de intercambios con otros países. Lo mismo sucede con un país cuando exporta productos y servicios, importa bienes, recibe inversión, paga obligaciones, solicita financiación y establece relaciones con gobiernos y organismos multilaterales.

La economía internacional aparece cuando las decisiones que observábamos en el bolsillo y en la ciudad cruzan una frontera.

  

La conversación llegó a Washington

Al conocer la reciente agenda de una delegación colombiana encabezada por José Manuel Restrepo ante el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, recordé aquella conversación en La Casa del Parrandero. Lo que habíamos discutido entre libros, risas y preguntas aparecía ahora a escala nacional. Colombia también debía hablar de ingresos, gastos, deuda, inversión, financiación y confianza.

Según las declaraciones de Restrepo divulgadas por distintos medios, las reuniones abordaron la situación de las finanzas públicas, la cooperación técnica y la estructuración de posibles mecanismos de financiación e inversión. También se anunció que el FMI acompañaría la evaluación de la situación fiscal y que el Banco Mundial preparaba un paquete de cooperación e inversión cuyos detalles se presentarían posteriormente.

Conviene mantener la prudencia. Una reunión institucional no equivale a un crédito aprobado y un anuncio de cooperación no significa que los recursos estén disponibles. Para conocer su alcance será necesario esperar documentos, montos, condiciones, plazos y proyectos específicos.

Sin embargo, la visita permite comprender algo importante que siempre olvidamos y es que cuando un país se relaciona con organismos internacionales no presenta solamente sus necesidades. También debe mostrar que conoce sus cuentas, puede ordenar sus prioridades y tiene capacidad para cumplir los compromisos adquiridos.

 

La confianza también tiene precio

En una parranda todos terminan sabiendo quién aporta, quién promete pagar después y quién desaparece cuando llega la cuenta. Esa memoria influye la próxima vez que alguien solicita dinero o propone una nueva reunión. Las finanzas internacionales utilizan indicadores y evaluaciones mucho más complejas, pero conservan una pregunta semejante ¿qué capacidad y voluntad tiene un país para cumplir sus obligaciones?

La confianza no se construye únicamente con reuniones, fotografías o discursos. Un país con información verificable, reglas claras, instituciones estables y políticas coherentes puede encontrar mejores condiciones para financiarse y atraer inversión. Por eso la confianza produce efectos concretos. Si muestra dificultades persistentes para ordenar sus cuentas, quienes prestan pueden exigir intereses más altos y debilitar la posición de negociación del país.

Es claro que un país tampoco funciona exactamente como una familia. Puede recaudar impuestos, emitir deuda y utilizar instrumentos que un hogar no posee. Pero ambos deben vigilar la relación entre lo que reciben, lo que gastan y lo que deben.

Endeudarse no es necesariamente negativo. Una familia puede solicitar un crédito para adquirir una vivienda y un Estado puede hacerlo para construir infraestructura. El problema aparece cuando no está claro para qué se pidió el dinero, cómo se pagará o qué valor producirá. Ese diálogo que parece reservado para economistas en una escena común, adquiere un significado mas amplio.

  

Tres escalas de una misma historia

Aquella tarde no hubo ganadores. Ellas tenían razón al mirar el bolsillo, porque toda economía comienza en decisiones individuales de qué comprar, cuánto ahorrar y qué gasto dejar para después. Ellos también tenían razón al mirar el festival, porque miles de decisiones reunidas pueden transformar el comercio, el empleo y la actividad económica de una ciudad. Y el tercer invitado recordó que ninguna economía vive aislada. Los instrumentos, las inversiones, las deudas y la confianza también cruzan fronteras.

La microeconomía, la macroeconomía y la economía internacional no eran tres conversaciones diferentes. Eran una misma historia observada desde tres distancias, solo hizo falta una conversación en la casa del parrandero para reunirlas.

 

Fabián Dangond Rosado

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