HERNANDO MARIN & JORGE OÑATE: COLOSOS DEL VALLENATO CLASICO

Hernando Marín era el hombre que mejor encarnaba al campesino rebelde y al poeta vernáculo de Colombia. Lo conocí a mediados de 1975. La relación fraternal de doble vía que nació entre el hijo de Ana Petronila y el colegial que era yo en aquel entonces, surgió de manera fuerte y repentina. En la rutina de acompañar a mi padre en la recolección de sus cosechas de algodón, era una constante que sus administradores fueran personas curtidas en el oficio y avanzadas en edad. Sin embargo, ese año mi padre estaba a punto de recoger una de las pocas cosechas exitosas que le conocí en su vida de algodonero perseverante y coincidencialmente había contratado a un administrador que rompía el esquema de los anteriores. Era joven, acelerado, él mismo manejaba el tractor, tenía cara de loco y además tocaba guitarra cuando el sopor del mediodía silenciaba el campamento.  Cuando llegué de vacaciones de mitad de año y estando mi padre en las faenas de la preparación de la tierra, le pregunté: ¿Quién es el nuevo administrador? El me respondió: “Un muchacho de El Tablazo, muy inquieto y buen trabajador; pero tiene el gran problema que se vuelve loquito con la guitarra. Se llama Hernando Marín y ahora lo vas a conocer”.

Desde el mismo momento en que crucé las primeras palabras con él, pude sentir el magnetismo de su amistad prístina. El respeto que Hernando Marín le profesaba a mi padre era tan profundo, que le alcanzaba para sentirse como un verdadero hermano de sus hijos. Para aquel entonces Hernando Marín ya había compuesto algunos cantos que le fueron grabados por algunos conjuntos de poco renombre. Su estilo empezaba a reconocerse como el grito chispeante y rebelde del típico campesino vernáculo de Colombia, cuyos cantos románticos nunca necesitaron del melodrama para enamorar con ternura y cuya letra servía de espejo a los costumbristas más exigentes del vallenato auténtico.

El incontenible manantial de sentimientos que le brotaba a Hernando Marín en forma de canciones vallenatas hacía blanco perfecto en aquella insaciable sed de folclor que yo tenía por aquellos años. Desde entonces había cultivado la costumbre de llevarme para Bogotá un cassette grabado con todas sus canciones, el cual en cada asueto se me convertía en un auténtico trofeo folclórico que yo exhibía con singular orgullo de coleccionista.

A Jorge Oñate lo conocí a comienzos de 1976, cuando estaba comenzando mis estudios universitarios. Para entonces, cuatro provincianos compartíamos un apartamento de estudiantes en el Centro Internacional de Bogotá: Edgardo Oñate, Carlos Calderón, mi hermano Javier y el suscrito.  En aquel momento Jorge Oñate se disponía a grabar un Larga Duración con Colacho Mendoza. Una noche llegó Jorge a nuestro apartamento invitado por Edgardo, quién en mi ausencia lo puso a escuchar el cassette que Hernando Marín me había grabado con mucha especialidad.  Jorge quedó gratamente sorprendido por la calidad de las canciones y por la forma cariñosa y fraternal como estaba dedicado. Inmediatamente, sin conocerme y sin yo saberlo, me gané de repente el cariño de Jorge Oñate, quién al día siguiente a las siete de la noche, tal como lo había anunciado, llegó nuevamente al apartamento. A mi regreso encontré la presencia de un numeroso grupo de amigos que en la grabadora escuchaban atentos la guitarra y el vozarrón destemplado de Marín. “Este es el dueño del cassette”; le dijo Edgardo a su primo Jorge a manera de presentación, quién me abrazó como si nos conociéramos de toda la vida. Como resultado de este encuentro, Jorge Oñate terminó desbaratando la estructura de su larga duración y grabó “El Campesino Parrandero” como éxito principal y como título del disco. De allí en adelante, los más grandes conjuntos del vallenato fueron grabando las canciones de aquel campesino que se enorgullecía de su origen y de su estirpe, pero que se negaba a ser como el prototipo de su género.  Los Hermanos Zuleta le grabaron una canción que le compuso a su amigo Kako Coronell y que él tituló “Humilde Profesor” pero en la disquera la rebautizaron como “Los Maestros”. Ese fue el nombre comercial que los mercadotecnitas le pusieron al disco para exaltar la calidad musical de Poncho y Emilianito Zuleta. Nuevamente Hernando Marín era el autor de la canción que le servía de título al disco más importante del año. Después vino el éxito musical que disparó al firmamento de la fama al conjunto del Binomio de Oro: “La Creciente”, que definitivamente fue la canción que le dio a su autor y a su intérprete, el calificativo de “grandes”.

En el otoño de su vida, mi padre pudo saborear con mayúsculo deleite las canciones que su amigo Hernando Marín le dedicaba en parrandas inolvidables.  Se escribían cartas poéticas y llegaron a cultivar un intercambio epistolar tan fraterno, que las metáforas que usaban tenían menciones sublimes a la naturaleza, como si estuvieran recordando el paisaje del cultivo de algodón que ellos forjaron cerca de El Tablazo, en 1975.  Algunos fragmentos parecían relatos oníricos, cual pellizco imaginario que una mirada le roba a las ondulaciones caprichosas del viento.

Por una llamada telefónica de mi madre supe inmediatamente de su muerte. Mientras me lamentaba y enjugaba mis lágrimas con resignación, vino a mi recuerdo una de sus últimas anécdotas: De repente timbró mi teléfono celular y escuché una voz grave que en tono bajo me dijo lo siguiente: “Doy gracias a Dios, que las células de la tecnología me permiten en el término de la distancia, con solo hundir unos cuantos botoncitos, dirigirme a mi hermano de siempre, para decirle que mi cariño sigue firme como un guayacán y tierno como un girasol. Quiubo Orla, estoy aquí con tu papá, cuidao no vas a vení pa la parranda del Festival. Aquí nos vemos”.

La cita la cumplimos el 7 de diciembre de 1997 en la casa de mis padres. Ese día me dijo: “Orla, vamos a institucionalizar la parranda de Orlando Cuello Ariza como un acto tradicional del festival de San Juan del Cesar. Nosotros tenemos la obligación de hacer que el viejo pase lo más feliz que pueda, los pocos años que le quedan de vida”.

Pero “una cosa piensa el burro y otra, el que lo está ensillando”. Y ocurrió que el 5 de septiembre de 1999, Hernando Marín se despidió de este mundo y mi padre se vio precisado a acompañarlo al cementerio. Mi padre se sentía muy triste; como si hubiera perdido un hijo. Y yo sentí que se me había muerto un hermano.

La vida siguió su andar inexorable y el 28 de febrero de 2021 también tuvimos que despedir prematuramente a Jorge Oñate, el cantante de los cantantes en el universo vallenato.  Y cuando envié el mensaje de solidaridad a Edgardo Oñate y a su Familia, no pude sustraerme de revivir el recuerdo lejano de haber sido el puente entre estas insignias de nuestro folclor.  Nunca se borra de mi mente la imagen de Hernando Marín firmando el contrato donde autoriza la grabación de “El Campesino Parrandero” a la disquera CBS, firma que Jorge Oñate me había pedido que colectara. La rúbrica del documento ocurrió sobre el lomo de un tractor CASE, ese modelo que tenía las llantas delanteras apareadas, en un terreno donde se estaba practicando la última rastrillada antes de la siembra. Mientras mi Papá se encomendaba a San Isidro “El Labrador” para que su cosecha fuera exitosa, el tractorista con cara de loco que inventaba canciones intentaba protegerse del inclemente sol con un sombrero de ala ancha y una bayeta roja sobre su cara. Quiso la Divina Providencia que yo sirviera como conector de estos colosos del vallenato clásico.

Orlando Cuello Gámez

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2 comentarios de “HERNANDO MARIN & JORGE OÑATE: COLOSOS DEL VALLENATO CLASICO

  1. Fidel Molina, cantautor vallenato sin fama dice:

    No conocí a Hdo Marin pero he podido cantar mucho sus canciones. Soy admirador de ese gran baluarte de nuestro folclor. Gracias a Dios y a ti Orlando por tan bonita y nutrida cronica

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