JUEGOS DE INFANCIA

Tuve la ocasión de vivir tres años en Santa Marta, entre 1997 y 1999. Para ese entonces, trabajaba en Barranquilla y cubría ese trayecto en automóvil una o dos veces por semana. La mayoría de los viajes en solitario y muchos de ellos en compañía de mi hijo Carlos Orlando, quien para la época era un niño de 8 años.  Carlos Orlando era muy conversador. Y yo era feliz contándole historias de mi pueblo. La carretera me la sabia de memoria. Y en un intento por sembrarle organización en su mente, le decía: Hijo, desde el Puente “Laureano Gómez” (ese es su nombre oficial, aunque en Barranquilla le llaman Puente “Pumarejo”) hasta Santa Marta, hay 94 kms. Cuando uno llega a Tasajera, que es el km 49, eso equivale más o menos a la mitad del trayecto. Entre el km 19 y el km 21, es la zona donde la brisa es más fuerte y donde el oleaje se vuelve amenazante con la pobre carretera. Le explique que el caserío de “Tasajera” es un pequeño pueblo de pescadores que habitan en palafitos y deriva su nombre de “tasajo”, o sea, es una lonja de pescado. Le dije que la ciudad de Ciénaga está asentada 4 mts bajo el nivel del mar. Que por eso ese pueblo es tan húmedo y tan caliente. Y que el trayecto de Ciénaga a Santa Marta se hace sobre un litoral de acantilados alrededor del mar Caribe, donde el paisaje cambia sustancialmente, pues a partir de allí uno empieza a bordear la Sierra Nevada de Santa Marta. Le explicaba que esa era la montaña litoral más alta del mundo. Y él iba grabando en su mente de esponja toda esa información que a mí me brotaba en forma de anécdotas, para que no la sintiera como una cantaleta.

En uno de los tantos viajes que hicimos, un día me pregunto cómo había transcurrido mi infancia.

  • Papi, ¿tú que jugabas en San Juan cuando eras un niño? Me pregunto expectante.
  • Hijo, nosotros teníamos los juguetes propios de esa época. ¿Recuerdas el tractorcito de plástico que tuviste? Bueno, yo tuve un Jeep de pedales que era de lata. Era un Jeep de color verde militar.  Y al año siguiente, cuando el Nino Dios estaba corto de plata, el aguinaldo de ese año fue el mismo Jeep pintado de rojo. Y también tuve un avioncito de baterías, tenía luces, daba la vuelta por la pista de aterrizaje, paraba, abría la puerta, salía la cabinera, entraba otra vez, se cerraba la puerta y volvía a arrancar.
  • Erda Papi, que chévere ese avioncito. ¿Y volaba…?
  • No Hijo, no volaba.
  • Uff Papi… Entonces cuando tú estabas chiquito, ¡eso era bien aburrio…!
  • No Hijo… Para nada. No era nada aburrido. Ya te voy a contar como eran los juegos de nuestra infancia.

San Juan era un pueblo donde no había luz ni había las facilidades que tú tienes ahora. Y aunque era un pueblo que parecía que se había detenido en el tiempo, nosotros siempre teníamos algún programa para hacer. Comencé por decirle que las personas inteligentes nunca se aburren, en un intento por redireccionar el argumento que había esgrimido. Y si uno no tiene un plan, entonces se lo inventa, pues siempre hay cosas interesantes para hacer. En nuestra infancia los niños jugaban trompo, boliche, el chuceleco, cuatro ocho y doce, volaban cometa, jugaban cabeza en el rio y muchos otros juegos. Nos íbamos de cacería. Primero con Honda y después con escopeta de copita. La honda mía y de mi hermano Javier era fabricada por mi Papa, quien, como buen hijo de Altagracia y sobrino de Nelson Ariza, era muy diestro con la navaja. Mi Papa escogía una buena horqueta en la finca y luego nos compraba el caucho en la tienda de Rafael Fragoso. Mi Mama nos compraba unas mochilitas de fique que después llenábamos con piedras recogidas a la orilla del rio y nos íbamos de “cacería” detrás de los barrancones. Los vecinos y amigos mayores nos ensenaban a distinguir los pájaros de las palomas. A los primeros no le disparábamos. Solo a las palomas. Cuando crecimos un poco más, entonces el Nino Dios nos trajo una escopeta de aire con proyectiles de diábolos de bronce. Eran conocidas en San Juan como “Escopetas de Copita”, por la similitud que tenía el pequeño proyectil con una copa diminuta.

Al ver que Carlos Orlando estaba completamente compenetrado con las historias que estaba escuchando, le dije:

Hijo, te voy a contar la vez que jugamos a ser constructores de un acueducto, cuando estábamos niños. Nosotros teníamos unos vecinos que se llamaban “Chombe” Daza y su esposa Tati. Los hijos de ellos eran Jose Francisco, Pedro Lucas y Gustavo. Pero todo el vecindario les decía Bartolo, El Negro y El Zungo, respectivamente. En el patio de la casa de ellos una vez se nos dio por construir un “sistema de acueducto” a partir de un estanque de agua que había en el fondo del lote. Y aprovechando que el peciolo de las hojas del papayo era un canuto recto y hueco, se nos ocurrió que podían ser usados como una tubería de conducción. Después de comprobar que esos canutos se podían empatar, entonces procedimos a excavar una zanja desde el estanque hasta la calle. Y claro, la pimienta del juego también incluía la construcción de “puentes” para que nuestros “camiones” pasaran por encima de los arroyitos que había en ese patio, producto de la escorrentía de las aguas que se derramaban de la cocina y del lavadero de la ropa. Ese proyecto de ingeniería dejo una huella imborrable en nuestro recuerdo.

También el Nino Dios nos trajo bicicletas a mi hermano Javier y a mí. Esos fueron unos juguetes inolvidables de nuestra infancia. Las cometas que volábamos en noviembre, después de salir de vacaciones, eran fabricadas por mi Papa. Y nosotros las mostrábamos con mucho orgullo. Le conté que Frank Egurrola, un vecino de la Calle de Las Flores, era muy diestro fabricando cometas. Y los muchachos mayores se divertían poniendo una cuchilla afilada en el extremo del rabo de sus cometas con el fin de hacerlo pasar por el curricán de otras cometas en pleno vuelo y de esta manera provocar el colapso de la cometa rival. Era como una Guerra de aviones. Y cuando esto ocurría, todos los vecinos salían disparados a obtener la cuerda de la cometa que había sido derribada en pleno vuelo, al tiempo que gritaban “napeo, napeo, napeo…”. Era una forma de proveerse de la cuerda de aquel dueño de cometa que había caído en desgracia. Aunque era una forma cruel de obtener cuerda adicional, se consideraba parte del juego. Era como el botín a repartir. Y muchas veces uno participaba en el “napeo” sin saber realmente quien era la victima del momento.

Cuando yo le contaba estos detalles a mi hijo Carlos Orlando, que expectante escuchaba mis relatos de infancia, me dijo: Ah bueno Papi, entonces no era tan aburrido como yo creía.

La realidad es que aquella generación que nació en los años 60, se educó en los 70 y comenzó a trabajar en los 80, es lo que he denominado la “Generación Bisagra”, pues nosotros hacemos parte de ese colectivo que paso del “Oscurantismo del Progreso” al “Nacimiento Tecnológico” del mundo. Nuestra generación paso de la lámpara de petróleo y las velas en las noches de tiniebla de nuestra infancia al destello de la luz eléctrica, el impacto de la TV a color, la llegada del computador, el advenimiento del internet y la revolución digital.

Y en uno de esos viajes, también le relate a mi hijo Carlos Orlando las herramientas que da la imaginación para “inventar” juegos distintos a los convencionales. Y le puse este ejemplo:

En alguna ocasión nuestros padres viajaron a Valledupar y nos dejaron “castigados” en la casa. Entonces resolvimos ponernos a jugar con las herramientas que teníamos a la mano. Nuestra casa aún conserva algunos elementos de aquella época como, por ejemplo, la puerta de reja metálica que separa el comedor de la terraza interior, que en aquel entonces era un kiosko con techo de varias enredaderas. Resolvimos “cerrar” la puerta metálica para simular que era el “Banco” donde mi hermana Diana se instalaba dentro del comedor provista con los “billetes” del juego denominado “Hágase Rico” (monopolio) que nosotros teníamos. Mi hermano Javier, mi primo Plutor Giovanneti y yo usábamos un pedazo de papel de cuaderno del tamaño de un cheque y escribíamos un “cheque” con la misma ceremonia y parafernalia que siempre le vi gesticular a mi Papa cada vez que escribía un cheque verdadero. Era un absoluto deleite verlo escribir un cheque. Y nosotros lo imitábamos. Cuando le entregábamos a Diana el “cheque”, ella nos entregaba el efectivo que requeríamos para nuestro viaje a Maicao a comprar ganado para llevar a nuestras fincas. Diana era la cajera del “Banco” y en el jardín cada uno tenía su “Finca”, que previamente había sido “cercada” con un montón de palitos de fosforo para simular el lienzo perimetral de la “Finca”. Cada uno tenía su “camión” y otros vehículos. Y aunque teníamos carritos que eran juguetes comprados en tiendas, también teníamos otros de fabricación artesanal construidos con bancos de madera y latas de pote de aceite. Poníamos gasolina en la bomba de “Los Jubales”, que en nuestra geografía imaginaria quedaba al lado del portón de la casa, y arrancábamos a toda velocidad por la Carrera 4ta y luego por la Calle del Embudo, hasta llegar a la pulpería de Quintana, que era un expendio de carne que quedaba en la calle del Embudo, antes de la esquina de la Escuela “Sendas” (hoy Club de Leones). La pulpería de Quintana era “Maicao”. Allí llenábamos los camioncitos con huesos de distintos tamaños. Los huesos más grandes eran los Toros, los medianos eran las vacas y los mas pequeños eran los terneros.  El viaje de regreso era más lento para asegurar que el “Ganado” se mantuviera en su lugar.  Al llegar, dejábamos el “Ganado” en la “Finca” y luego nos íbamos a celebrar. La celebración consistía en poner el radio a todo volumen y en consumir una botella de limonada en pequeños sorbos. La limonada en vez de azúcar, estaba aderezada con sal, intentando con esto simular el fuerte impacto de la bebida en nuestro paladar. Plutor se tomaba su trago impulsando fuerte el contenido del líquido que pasaría por su gaznate. Arrugaba la cara, para que la teatralidad tuviera más realismo y volvía a poner el vaso sobre la mesa, golpeando fuerte al tiempo que decía:

  • ¡Compadre…! ¡Écheme otro trago…!

Orlando Cuello Gámez

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