LA ILUSIÓN DE HABER ESTADO

Hay una escena que se repite en silencio, en todas partes.

Alguien levanta el teléfono.

La luz cambia, el cuerpo se acomoda, el instante se interrumpe.

Frente a sus ojos ocurre algo irrepetible – un atardecer que se deshace, una canción que respira, una obra que guarda siglos -, pero en lugar de entregarse, se decide capturarlo.

Y en ese gesto – aparentemente inocente – sucede la renuncia.

El mundo deja de ser vivido para empezar a ser registrado.

Hubo un tiempo – no tan lejano – en que la vida se quedaba en los ojos.

No hacía falta probar que se había estado en un lugar, porque el lugar se quedaba en uno. El atardecer no era una postal: era una herida luminosa en la memoria. La música no era un video de treinta segundos, sino un estremecimiento que se instalaba en el pecho y regresaba, años después, sin pedir permiso.

Hoy, en cambio, vivimos bajo la dictadura del lente.

Ya no se viaja para ver, sino para mostrar. No se asiste a un concierto para escuchar, sino para certificar que se estuvo allí. La experiencia ha sido reemplazada por su evidencia. Y en esa sustitución silenciosa, algo esencial se nos está escapando.

Basta entrar a un museo.

Frente a una obra que tomó años en gestarse, que concentra la mirada, la angustia o la belleza de un artista, se forman filas – no para contemplar – sino para fotografiar. El cuadro queda al fondo, casi como un pretexto. Lo importante no es lo que la obra dice, sino que el lente confirme la presencia. La pintura pasa en segundos; la foto, en cambio, se guarda. Y en ese gesto invertido, la obra deja de ser experiencia para convertirse en escenografía.

Lo mismo ocurre en los conciertos: cientos de pantallas alzadas como una nueva liturgia. Se graba la canción que no se escucha. Se mira al artista a través de un rectángulo luminoso, como si la realidad necesitara intermediarios para ser vivida. Y cuando todo termina, queda el video… pero no el temblor.

Hemos olvidado contemplar.

Contemplar no es mirar: es demorarse. Es permitir que algo nos atraviese sin prisa. Es callar para que el mundo hable. Es quedarse un poco más de lo necesario, sin otra intención que la de sentir. La contemplación no produce contenido, produce sentido. No busca pruebas, deja huellas.

Pero ese acto – profundamente humano – hoy parece inútil frente a la urgencia de registrar.

La pausa fue derrotada por la publicación. Y la memoria, esa vieja artesana que tejía recuerdos con el hilo de las emociones, ha sido desplazada por la inmediatez de una historia que desaparece en veinticuatro horas.

Se mira menos. Se siente menos. Se vive menos.

Porque quien está pendiente de encuadrar, no se entrega. Quien piensa en la foto, no se sumerge. Quien calcula la luz, pierde la profundidad. Y así, poco a poco, la vida deja de ser experiencia para convertirse en archivo.

Estamos criando generaciones con miles de imágenes y pocos recuerdos.

Tendrán galerías llenas, pero evocaciones vacías. Podrán mostrar dónde estuvieron, pero difícilmente sabrán contar qué sintieron. Y lo más grave: cuando el tiempo pase – porque el tiempo siempre pasa – la nostalgia será un territorio extraño, casi desconocido.

Y no me quiero imaginar una vida sin nostalgia.

Porque la nostalgia no es debilidad: es la prueba de que algo fue vivido de verdad. Es el eco de lo que nos tocó el alma. Es la forma más íntima que tiene el tiempo de volver.

Quizás ha llegado el momento de desobedecer al lente. De volver a mirar sin prisa. De escuchar sin grabar. De habitar el instante sin convertirlo en contenido. De permitir que la vida vuelva a quedarse donde siempre debió estar: en la memoria.

Para que, cuando todo pase, al menos nos quede la nostalgia… esa que nos invita a suspirar, que nos hace sentir que hemos vivido.

José Jorge Molina Morales

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *