LA PRESIDENCIA DEL ODIO: EL DELIRIO COMO ESTRATEGIA DE ESTADO

El solio de Bolívar ha sido capturado por una voluntad que no busca gobernar, sino vengar. Hoy el poder presidencial en Colombia está al servicio de un odio visceral que se inocula diariamente en el tejido social. Estamos ante la presencia de un mandatario atrapado en la paradoja del narcisista: un loco que se autoproclama el único cuerdo en un mundo de ‘conspiradores’, un ignorante que pretende dar lecciones de economía y ciencia global mientras su gestión local se cae a pedazos, y un insensato que ha perdido la capacidad de reconocer sus propias y flagrantes contradicciones.

La peligrosidad de petro radica en su capacidad para actuar la mentira con la solemnidad de un profeta. Es el tramposo que posa de estadista mientras destruye la institucionalidad. Se dice impoluto y bandera de la transparencia, mientras el tufo de la corrupción asfixia a su círculo más íntimo y a su propia familia. Es un energúmeno que ha aprendido a camuflar su furia tras un discurso pausado, pero cuya violencia se desborda en cada trino y en cada ataque a la prensa, a las cortes y a cualquiera que no se arrodille ante su voluntad.

Este ‘salvador del mundo’, que pretende dictar cátedra sobre el cambio climático y el orden mundial en foros internacionales, es el mismo disociador que en casa se encarga de fracturar a la sociedad, enfrentando a colombianos contra colombianos. Su figura se ha vuelto, para muchos, inatacable, pero no por virtud, sino por saturación: dispara tantas bestialidades por minuto, lanza tantas propuestas demenciales —desde trenes elevados imposibles hasta cambios de modelo de salud sin sustento técnico— y abre simultáneamente tantos frentes de batalla, que la opinión pública termina agotada y desbordada.

Esa es su verdadera táctica: el caos como cortina de humo. Mientras el país se pierde en el laberinto de sus delirios, la seguridad se deteriora, la economía se estanca y la moral pública se erosiona. Al final, la tragedia no es solo el hombre que habita la Casa de Nariño, sino la ceguera colectiva de quienes todavía idolatran el desastre. Ya no se sabe qué es más alarmante: si el desvarío del líder o el fanatismo de quienes, viendo el incendio, aplauden al pirómano.

  

Abel Enrique Sinning Castañeda

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *