Hay momentos en que los viejos mandatos dejan de pertenecer a quienes siempre los dominaron y comienzan a ser reclamados por quienes nunca habían tenido voz. Son épocas en que la paciencia colectiva se quiebra, y millones de personas —hartas de permanecer al margen— deciden hacerse sentir de una vez por todas.
Tardaron en despertar, sí, pero lo hicieron con la fuerza de un torrente acumulado durante años. Y se levantaron para buscar un camino distinto, una alternativa que jamás había tomado forma. Un outsider. Es decir, una figura ajena a los rituales gastados del poder; alguien que desafía estructuras que, por generaciones, se han repartido la autoridad bajo la sombra de pactos oportunistas, silencios cómplices y privilegios envejecidos.
Un outsider dispuesto a asumir el peso completo de enfrentar de raíz los males que más hieren al país: los vicios de una corrupción enquistada, las fuerzas criminales que siembran miedo en cada esquina y la pobreza que desgasta la dignidad de la gente. Tres heridas abiertas que indignan, cansan y empujan a millones a exigir un cambio real. Porque muchas veces el poder del que intimida depende del miedo de los demás. Cuando ese miedo se rompe, el equilibrio cambia. Dice el dicho popular mexicano que “El guapo es guapo hasta que el cobarde se decide”. Quienes se creen dueños de todo solo reinan mientras la gente guarda silencio. Pero cuando la ciudadanía despierta, no hay estructura que los sostenga.
Los Nunca no se dejan encandilar por encuestas ni sondeos fabricados. No confían en partidos, ni en discursos prefabricados, ni en los ecos que repiten ciertos medios cansados de sí mismos. Y han identificado en el Tigre De La Espriella, a alguien que puede ofrecer respuestas rápidas a sus preocupaciones más urgentes: la inseguridad que golpea sus barrios y zonas rurales, la corrupción que les roba la salud a sus familias, y el costo de vida asfixiado por tarifas elevadas, servicios costosos y cargas tributarias que ya no pueden soportar.
El 2026 marca un punto de quiebre. Se perfila un escenario distinto, donde la gente parece inclinarse por una figura ajena a las viejas élites y a sus acuerdos repetidos, pero capaz de enfrentar sin vacilaciones los hábitos y vicios que han concentrado el poder en unos pocos. Es un año que podría abrir, por fin, el tiempo de los Nunca.
Abelardo De La Espriella ha sabido leer, comprender y asumir los dolores de esta población invisible durante décadas. Junto a su equipo cercano, ha construido una propuesta que busca sanar las heridas que los han marcado por tanto tiempo.
Esta vez, el pulso no será entre bloques repetidos ni entre las mismas coaliciones de siempre. Esta vez, el verdadero choque será entre los Nunca y los de siempre. Entre quienes han cargado el peso del país sin ser escuchados y quienes han administrado el poder como si fuera un derecho heredado. El 31 de mayo no será una fecha más. Será el día en que una multitud decida mover el eje de la historia. Una manada silenciosa, paciente y trabajadora que dejó de temer, dejó de callar y dejó de aceptar lo inaceptable.
Indalecio Dangond


“Estos solo saben destruir”, decía un titular reciente sobre la investigación de la Anla a Hidroituango. La frase, aunque lanzada con ligereza, resulta casi anecdótica y hasta irónicamente reveladora: porque lo que se investiga no es un capricho, sino el manejo irregular del caudal de un río que sostiene vidas, culturas y ecosistemas enteros.
El modelo de pensamiento que insiste en producir sin límite, como si los recursos fueran infinitos, es precisamente la caricatura más fiel del capitalismo consumista: extraer, vender y exportar como si el mañana no existiera. Colombia, con su biodiversidad abundante, no puede ser reducida a un inventario de mercancías para agotar en una sola generación. ¿Qué lógica hay en retirar todos los recursos hoy y dejar a las futuras generaciones con acuíferos salinizados, suelos erosionados y agua escasa?
El agua, por ejemplo, no es un lujo: es la base de la vida. Sin embargo, se insiste en cubrir acuíferos con obra gris, en multiplicar construcciones que generan más estrés hídrico, cuando la inteligencia más elemental sugiere soluciones basadas en la naturaleza. Esa obstinación en “excavar tesoros” y dejar ruinas es pereza mental disfrazada de progreso.
Un niño de diez años que herede acuíferos contaminados no recibirá prosperidad, sino enfermedad. Y no se trata de chamanismo ni de pensamiento mágico: se trata de reconocer que los recursos son limitados. El capitalismo lineal consume sin cesar, consume vidas y territorios, y no se detiene a pensar que no todos tienen el privilegio de huir a otro país cuando el agua escasee o los suelos colapsen.
La reflexión es inevitable: las obras grises, los modelos lineales y el lujo desenfrenado no son progreso, son la evidencia de un pensamiento arcaico que confunde acumulación con desarrollo. La verdadera inteligencia está en preservar, en usar con mesura, en entender que la riqueza de un país no se mide por cuánto destruye para vender, sino por cuánto conserva para vivir.