LAS BODAS DE ORO VISTAS DESDE EL ALMENDRO

Con afecto para los primos Jesús Melo y María de Melo.

Desde el día en que Isnelda, la tía universal se mudó a Maicao, porque había decidido unirse en el sagrado vínculo del amor a un ciudadano italiano con aspecto de vikingo y costumbres cosmopolitas, la nuestra se volvió una familia de contraste increíbles en las que se mezclaban los cabellos hirsutos como cordilleras indomables de los afrodescendientes con los ojos pequeños y la piel descolorida de los italoguajiros. 

Riohacha y Maicao quedaban casi a la misma distancia que hoy en día, pero las noticias tardaban en llegar, debido a que sólo podían ser transmitidas por medio de fuentes humanas, viajeros casuales y espontáneos en cuyas alforjas iban y venían las encomiendas y los recados. La carretera no existí y en su lugar teníamos una carretera atravesada por trupillos atravesados en la mitad de la nada, cactus testarudos que no se apartaban y se defendían del invasor con sus espinas indoblegables, y mucha arena volátil y pegajosa. No era fácil viajar ni comunicarse, así que las noticias llegaban a una y otra orilla de nuestra realidad a cuentagotas.

Por allá en 1972, año bisiesto para el cual algunos agoreros sin oficio habían fijado la fecha del fin del mundo las informaciones de Riohacha nos llegaban a retazos y con varios meses de demora. Desde la trinchera de mis días infantiles, encaramado en la inocencia de mis 8 años, atinaba a ver el mundo con optimismo y a escuchar sin afanes las noticias que se transmitían los mayores mientras disfrutaban el aroma y el sabor de una humeante taza de café.

Un día, el editorial del día era el matrimonio de uno de los primos más queridos

-Se casa Chumelo, comentaban en voz alta mientras apuraban el último sorbo de una deliciosa taza de almendra tropical.

-Y parece que fue una cachaca, agregaba alguien del equipo doméstico de noticias en la improvisada mesa de trabajo del periodismo barrial.

Chumelo había crecido como vario de sus hermanos pegado a las faldas de la tía Isnelda y al lado de sus hijos mayores. Su amplia y generosa sonrisa y su habitual zalamería lo llevaron al sitial reservado a los sobrinos preferidos.  Su grandeza era derecha, alta erguida como un obelisco descomunal afincado en el malecón de los buenos sentimientos. Tenía pulso de relojero y magnetismo de galán de cine para derretir a la tía y complacerla hasta en sus más raros caprichos. Por eso ella lo quería tanto.

Un día desde el mirador privilegiado de trescientos sesenta grados allá en lo alto de mi almendro, protegido por la fragancia de las hojas recién retoñadas, y mientras escuchaba una canción que serpenteaba en medio de las luces incandescentes de la mañana guajira, vi cuando un automóvil se detuvo en la puerta de nuestra casa en el barrio San Martín y entonces comenzaron a descender varias personas entre quienes reconocí con alegría desmedida al heredero mayor del tío Segundo y …a nadie más.

Bajé a toda prisa desde mi cumbre solitaria sin precauciones diferentes a dejarme llevar por la ley de gravedad, lo que me expuso a dejar parte de la epidermis en la fiera corteza del árbol y a sufrir un tremendo totazo en el imprevisto y abrupto aterrizaje de emergencia. Pero el sacrificio bien valía la pena sumarme al holgorio familiar representado en la visita que nos honraba con su inesperada presencia.

La sonrisa de Chúmelo era el trasunto de la alegría afrocaribe hospedada en su rostro moreno.  Nos decía que estaba de gira en visita oficial a toda la familia para presentarnos a su flamante esposa y la mejor adquisición de su vida.

María era el centro de la atracción y a quien trataban con más generosidad quienes desde ese momento se dedicaron a hacerle comentarios supuestamente graciosos a mi primo por las evidentes diferencias físicas que existían entre él y su esposa.

Yo, a decir verdad, desde las persianas de mi escasa edad nunca había visto una mujer como la que ahora tenía ante mis ojos.  “Se parece a la virgen maría, a la mamá de Jesús”, me decía una voz desde las profundidades del alma.

Y en efecto, ella, con su perfil de mujer blanca se nos parecía mucho a la que, en la pequeña réplica de La Pietá, la escultura de Miguel Ángel, sostenía a su hijo agónico sobre el regazo.

Chúmelo nos interrumpió de manera abrupta para decirnos que estaba recién casado y pensaba terminar lo que le restaba de su luna de miel entre nosotros. Acto seguido procedió a desempacar el contenido de una enorme caja de donde salieron olorosas lonjas de cazón y de chucho. Como si le faltara algo para ganarse los afectos de la tía Isnelda, ahora tenía aún mejores argumentos para conquistar su corazón a través del paladar.

La pareja nos acompañó en casa unos cuantos días, en los cuales María se convirtió en la primera sobrina blanca de mi mamá y una de sus mejores amigas. Tenía una amabilidad muy especial aprendida por allá en la ciudad en donde la gente siempre está 2600 metros más cerca de las estrellas.

En una de las caminatas que tuvimos por el pueblo mi primo Chumelo me contó que María era un premio para presumirla delante de sus compañeros que tanto lo matoneaban por su color de piel y por sus patillas y cejas abundantes que lo emparentaban con el almirante Padilla. Él se desquitaba conquistando a la más bonita de todas.

También nos contó que se había ganado varias apuestas gracias a mí, más o menos de la siguiente manera. Resulta que cuando le hacían bullyng por su condición de afrodescendiente, frenaba a los abusivos contertulios diciéndoles que él tenía primos más blancos que ellos, que eran como vikingos. Y cuando ellos le expresaban su incredulidad, procedía a mostrar unas fotos de su familia maicaera.

Bendigo a nuestra familia, a los Melo-Guerrero, a los Melo-Peña, símbolo de unidad y fraternidad.

Recuerdo como si fuera ayer el día en que, desde el mirador de mi infancia, los recuerdo como el explorador del valle de los recuerdos que emplaza al tiempo para que las evocaciones registren a fondo los anaqueles de la memoria; por eso aflora el instante en que, desde lo alto de un almendro, los vi juntos por primera vez, y le ruego a Dios que me permita ser testigo de otros cincuenta años de eterna felicidad sobre la tierra.

 

Alejandro Rutto

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