LAS MARGARINAS DE LA BUROCRACIA

El parangón entre las relaciones amorosas de pareja y aquellas que se dan en la política es inevitable. Tanto en el galanteo como en el compromiso y eventual divorcio, pesan las virtudes y los vicios, incluso en el sentido sarcástico al que acudía Churchill de fiarse más de los buenos vicios que de las malas virtudes.

Las emociones del matrimonio y las del divorcio parten la historia sentimental de las personas. Desde el inicio, al mostrarse como el ideal para despertar amor, surgen los primeros desmanes. Se trata de aparentar, de confirmar eso que dice Revel, que la primera fuerza que impulsa el mundo es la mentira. La esperanza, las ilusiones, las promesas, los latidos incesantes cuando hay ausencia temporal de la pareja, el ánimo de construir las bases de una familia, en fin, esas que llevan a la unión marital, caducan en algunos casos. Sobrevienen el aburrimiento, la rutinización, las incomprensiones, las intolerancias, y el desamor del fastidio florece con tanto vigor como lo hizo a primavera de la dicha. Es decir, se vuelve una dicha lo que antes era impensable.

Pero dejemos esos temas para los aburridos sicólogos de pareja que intentan reconstruir las distopías que nos llegan con las realidades de convivir y mejor contrastemos esas uniones y separaciones en la política. No se escapan en ésta ni las virtudes ni los vicios que pueblan el mundo descarnado del poder. Ambos muestran sus alas angelicales y sus pezuñas satánicas – ¿o al revés? – en cada encuentro. Y por supuesto, en el desencuentro. Muy frecuentemente en política se desbordan los límites impuestos por las sociedades modernas: no existe el matrimonio monogámico, por el contrario, lo más frecuente es la relación múltiple, el contubernio, la infidelidad y la promiscuidad orgiástica. Incluso vemos todos los días que parejas políticas recién divorciadas vuelven a las andanzas, sin siquiera inmutarse ni pedirse perdón por las distancias. Es otro mundo, este donde los placeres pueden verterse en todos los momentos y las jugarretas amorosas no tienen fronteras aparentes.

La excusa racional de las ideologías propicia tantas uniones como separaciones. Sirven como eso: excusas. Y por el otro lado, los argumentos emocionales ponen a compartir momentos idílicos al igual que a llorar desencantos, por lo que los términos para el casamiento con las virtudes no son tan urgentes como los pactos para engendrar un divorcio.

Lo que hace falta, mucha falta, entonces, más que propiciar matrimonios políticos, es gestar compromisos con el divorcio: es que en las sociedades los políticos se distancien, no tanto entre ellos, sino que cancelen sus veleidades con las peores estructuras viciosas que deterioran la convivencia sana.

Un acta de divorcio con la corrupción saldaría una deuda enorme de los partidos políticos y los individuos que los abanderan con los ciudadanos de nuestro país. Un disenso con la clientelización de los cargos públicos brindaría oportunidades a los mejor preparados, antes que a los mejor conectados. La ruptura con el favoritismo contractual abarataría las obras públicas y haría llegar los presupuestos a más gente cada día. Desligarse de los gastos superfluos y ostentosos mostraría un carácter de estadista al gobernante divorciado de ellos.  Apartarse de las costosas propagandas de los entes oficiales en televisión y radio que vemos en aumento todos los días, y que buscan equiparar los personajes que ejercen cargos a productos de consumo masivo cual espaguetis o margarinas de la burocracia, devolvería mucha de la credibilidad perdida en una sociedad fastidiada de las hipérboles de trascendencia con las que adjetivizan cada decisión elemental propia de sus carteras.

Este es el verdadero reto. Para poder casarse con la opinión que favorezca la elección como próximo presidente de Colombia, es indispensable que el verdadero estadista garantice su divorcio de los vicios que atormentan nuestra sociedad.

Nelson R. Amaya

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