VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE.

Decir adiós a un ser querido siempre genera un dolor inexplicable, desde una dificultad para respirar, hasta una fractura de algún hueso. Intentas comparar, pero al mismo tiempo tu mente se detiene, y el dolor físico ni siquiera lo sientes. Es allí donde te das cuenta que el perder un ser querido provoca dolor hasta en los tuétanos.

Hace un año que perdí a mi abuela, una mujer con todas las cualidades más bonitas, así como también uno que otro defecto. Lo que más resaltó de esa mujer es su fuerza, su resiliencia. La flor más hermosa de mi vida, mi amada Rosa, ella mi toushü (abuela) desde pequeña me inculcó que después de la muerte existía otra vida. Una que es eterna donde las personas que conociste y amaste te esperan con ansias. Dónde tu espíritu se convierte en ancestro y guía espiritual. A través del lapü (sueño) y sin su presencia física nos siguen guiando, protegiendo y amando hasta que nos volvamos a encontrar. Ese lugar donde nos esperan se llama jepirra, donde todos estaremos con nuestro creador Maleiwa y donde descansan en la eternidad. Dónde no hay dolor, no hay angustia no hay pesares.

Desde la cosmovisión wayuu la muerte significa el inicio de una nueva vida. Dónde tú esencia permanece y tu amor se transmite de generación en generación.

Nuestras abuelas son lo más importante, son quienes en vida se encargan de transmitir todos los conocimientos y sabiduría ancestral. Nos preparan para enfrentar todo tipo de situación, donde dejan en claro el rol que la mujer tiene dentro del clan. Nos brindan todo ese conocimiento con la condición que el día que ellas partan hacia jepirra nosotras las nietas mujeres encargadas de mantener el linaje, también mantengamos sus conocimientos vivos. Porque ellas solo podrán ser guías a través de los sueños después de la muerte. Por eso también desde pequeñas nos enseñan a interpretar los sueños.

Crecer al lado de mi abuela fue lo mejor que me pudo pasar, forjó la mujer que soy hoy, la que fui ayer y la que seré mañana.

Decirle adiós y aceptar que ya no está no ha sido fácil, pero me queda el consuelo de que aprendí muchas cosas de ella. Aprendí a ser libre, a ser yo, amarme como soy. Su pasión por la gastronomía propia, amor a su familia, entrega a sus amigos son las características más bonitas que pude heredar. Sé que el día que me toque partir caminaré a su lado.

Daré siempre las gracias a la vida por el tiempo compartido, por sus buenos consejos, por su amor incondicional, por su dedicación, su espera y su temple único, esa esencia que la caracterizaba, esa alegría que transmitía y esa luz que iluminó el camino de muchas personas. Que aún después de su muerte la siguen recordando con el mismo amor.

Estos 365 días después de tu muerte, aprendí a decirte adiós, sin olvidarte.

Rosa Elena Epiayu Peláez, wayuu Epiayu.  Gratitud por todo.

YOLVANA ROMERO

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