COPOS BLANCOS DE ALGODONES

A finales de los cincuenta, de la centuria pasada, San Juan del Cesar era un pueblo de costumbres rurales donde la mayoría de sus familias conseguían sus sustentos de la agricultura y la ganadería, y otra pequeña parte de la población se dedicaba al comercio. Su casco urbano no era muy grande, pues sus calles y carreras no sobrepasaban las 8 cuadras de extensión. En las afueras del pueblo estaban los potreros dedicados al cultivo del algodón. Los más conocidos eran: el potrero de Tulio Urbina, el potrero de “Nacho” Mendoza, el potrero de Marcos Vega, el potrero de Fidel Vergara, el potrero de “Chemita” Daza entre muchos otros.

Ya la idea traída por el eminente sanjuanero Enrique “el Míster” Brito se había arraigado. Sucedió en la década de los cuarentas, o posiblemente unos años antes, cuando la familia Orozco de Villanueva, Guajira, le proporcionó los primeros sacos con semillas de algodón al inquieto líder. Ni corto ni perezoso se reunió con otros esforzados sanjuaneros: Enrique Luis Egurrola, Alfonso “Poncho” Brito y Enrique “Quique” Mendoza. Pronto se contagiaron de la idea y empezó así la siembra de la fibra en pequeña escala. Se abrían las puertas para el avance agrícola de la región.

Ya en los años cincuenta y sesenta el cultivo del algodón hacía parte de nuestro quehacer diario. Salía uno a las calles y veía muchos tractores de la marca John Deere, equipados con sus aperos, de acuerdo con la época del cultivo. Toda la fuerza laboral del pueblo se desbocaba a los algodonales. Los limpiadores de malezas pasaban con sus palas al hombro, mostrando el borde cortante afilado con Lima o piedra de amolar.

Entre los muchos tractoristas sobresalían Aulio Mendoza y Pedro Manuel “Cachapa” Mendoza. Como recuerdo particular de nuestra niñez comentemos que Aulio Mendoza pronto empezó a hacer parte de la familia, y su mujer que es nuestra hermana mayor, antes de que él saliera a los campos con su tractor, le preparaba, entre otros desayunos, una arepa de agua con carne molida que era una delicia. Rafa, el de “Nane”, que hacía de ayudante, se sentaba en el piso de la puerta del patio y devoraba aquel plato sin levantar la mirada.

La faena empezaba con el arado de la tierra. El tractor arrastraba un pesado armatoste equipado con unos discos cizallantes que perforaban la tierra levantando unos terrones grandes mientras los copetones y los montapuercos seguían a la máquina pendientes de los animalitos subterráneos que dejaba al descubierto el arado para darse su banquete. El segundo proceso era el rastrillado, donde la máquina con sus discos acerados pulverizaban los terrones de tierra y quedaba el campo listo para la siembra.

El equipamiento para la siembra consistía en una armadura de hierro con sus tarros colocados en la parte superior donde se depositaban las semillas de algodón. El tractor arrancaba de un extremo al otro del potrero, la parte delantera de la armadura abría el surco, enseguida el tarro dejaba caer las semillas dosificadamente y más atrás un pequeño mecanismo operaba para tapar el surco. La máquina podía hacer 6 calles por viaje, separadas 90 centímetros, unas de otras.

Luego seguía el sufrimiento. Rogar a Dios para que lloviera y saliera de la tierra fecunda las primeras maticas de algodón. Tocaba seguir rezando para que siguiera cayendo la lluvia del cielo.

Cuando las maticas de algodón ya habían nacido y tenían una estatura de una cuarta, empezaba el raleo, que consistía en dejar las más fuertes y arrancar las más débiles de las calles, haciendo grupitos de matas cada 15 centímetros. Mientras tanto a esperar de nuevo el milagro de la lluvia.

Sembrar algodón es apostar la suerte al albur. Sin lluvias no hay cultivos, y en la Guajira llueve poco. Sin embargo, el cultivo del algodón fue una actividad que se ejerció con frenética constancia en las décadas de los cincuentas y sesentas.

Esta actividad agrícola estaba sometida a todos los riesgos. Bastaba que naciera la primera mata para que apareciera en seguidilla toda clase de plagas: el gusano picudo, el trozador, el gusano rosado etc. Era necesario fumigar para evitar el desastre.

De niño nos gustaban las fumigadas. Salíamos a las afueras del pueblo a ver las peripecias de las avionetas que se lanzaban en picada pasando por entre la luz que dejaban los árboles más altos, llegando rasantes a los algodonales para rociar sobre las matas el líquido mortal. Después de pasar una y otra vez aterrizaban en el viejo aeropuerto de San Juan donde los esperaban los ayudantes que tenían preparada la dosis siguiente. Del inventario de insecticidas sobresalía el famoso Paration.

Los aviadores más intrépidos fueron los tolimenses, porque eran los que más arriesgaban. Los algodoneros sanjuaneros los preferían por su eficacia. Álvaro, “el Tigre” Carrillo, siendo todavía un muchacho trabajó de ayudante durante varias temporadas con los tolimenses hasta que cayó gravemente enfermo por ejercer su oficio sin ninguna protección. Se vio en las de San Patricio, pero se salvó y hoy seguimos contando con su amistad.

La siembra del algodón era parte de nuestra idiosincrasia y se manifestaba en todo, hasta en la parte cultural de nuestro pueblo. En tiempos de carnaval, Demetrio Coronado, el famoso “Mecho”, no fallaba con sus disfraces. Sobre su poderosa bicicleta Monark, comprada en la Caja Agraria, armaba su avioneta de madera, simulando a las de fumigación, y salía con sus hijos a ofrecer el espectáculo carnavalero. La avioneta construida con arte tenía un buen tamaño y la envergadura de sus alas era de por lo menos 5 metros, por esos sus hijos iban adelante abriéndole camino entre la gente. Mientras pedaleaba hacía con su voz de locutor el ruido de las avionetas en vuelo yeeah, yeeah y paraba en cada esquina para decir sus apuntes jocosos.

Bajaba los pies de los pedales afincándolos en el suelo, se bajaba de la silla y abría sus piernas, dejando entre ellas la barra de su bicicleta que fungía de avioneta, y decía voz en cuello:

! Señoras y Señores ¡

¿Ustedes saben qué significa la palabra matrimonio?

Y el respetable respondía: ¡Noooo!

Pongan cuidado, que no repito. Entonces empezaba con su etimología particular.

MA…    Quiere decir mamá, la mamá     de la mujer, o sea, la suegra.

TRI…   Quiere decir matriz, donde se forma la criatura. Y…

MONIO… Es el demonio, que no deja ser feliz a la pareja.

JA JA JA se reía el público.

Así seguía hasta la próxima esquina, con una chorrera de gente atrás que lo aplaudía, a contar otro chiste.

La cogida del algodón coincidía con las vacaciones de fin de año. La muchachada alegre se alistaba como para una fiesta. Los recolectores profesionales mostraban su veteranía pesando hasta 250 kilos diarios, mientras que los novatos cogíamos, haciendo nuestro mayor esfuerzo, hasta 80 kilos.

A pesar de ser un oficio duro, ejercido bajo los rayos inclemente del sol y el cuerpo inclinado hacia adelante como formando un ángulo de 90 grados, nos gustaba porque era la ocasión para ganarnos unos pesitos y estrenar en las fiestas de Navidad y año nuevo.

Tan duro era coger algodón que Rubén, nuestro hermano, buscaba cualquier excusa para no ir. Le decía a nuestra madre:

Mama, ¿Quién te va a comprá la leña?

La entidad gubernamental para el fomento y desarrollo del cultivo del algodón era el IFA (Instituto de Fomento Algodonero). Con el tiempo derivó en el IDEMA (Instituto de Mercadeo Agropecuario), cuyas instalaciones quedaban abajito de la bomba de los Jubales, donde disponían de una amplia área para el parqueo de los camiones cargados con la fibra y bodegas de insumos para el cultivo. En la puerta del IDEMA se cuadraban, uno tras otro, los carros cargados de algodón, esperando el turno, en una fila interminable que se perdía en el horizonte.

Los camiones desbordaban la altura de la carrocería con su carga, andaban despacio para que los ayudantes que se encarapitaban sobre los sacos de algodón tuvieran tiempo de pasar los cables de la luz que atravesaban las calles.

En realidad, lo que había en el IDEMA eran varias máquinas desmotadoras, que separaban las semillas de la fibra, y las disponían en pacas para ser enviadas a los grandes centros textileros del país.

Cuando el finado Fidel González Brito, conocido como “el Chiche” de Tinita, renunció a seguir estudiando en el seminario de la población cundinamarquesa de Nemocón, se vinculó con el IDEMA en el oficio de desmotador. El “Chiche” dejó la biblia y los evangelios y empezó a trabajar arduamente con las desmotadoras. Después de un tiempo, en un descuido lamentable, una de las máquinas le aprisionó la mano derecha. Los médicos no tuvieron más remedio que amputarle su índice y reconstruirle los otros dedos de la mano. Lo incapacitaron 90 días y lo indemnizaron.

Las malas lenguas de San Juan decían que se bebió la plata de la indemnización con Miguel “el Vale” de Josefa “la Manquita”. Antes de que mi Dios dispusiera de su vida hablé con él y me dijo que eso era mentiras, que se tomó unos tragos con “el Vale” pero que en realidad compró la primera casa que tuvo.

Verdad o mentiras, lo que sí fue cierto es que “el Vale” la noche anterior a su reingreso al trabajo, le recordó:

“Compadre, no se le olvide metele la otra mano, pa’ que sigamos bebiendo”.

Cuando terminó la guerra de Vietnam, este país volteó sus ojos al desarrollo de la agricultura, recogió todas las bombas de la guerra de sus campos destruidos y montó sus cultivos de algodón, lo mismo que India y China. Otros países del sudeste asiático hicieron lo mismo. Inundaron el mercado mundial de esta fibra y los precios cayeron. En Colombia no era rentable producirlo y menos sin ayuda estatal y sin riego, por eso el cultivo del algodón languideció. En la Guajira, parece como si lo hubieran borrado de la faz de la tierra. Los Copos blancos de algodones perdieron su fulgor.

Luis Carlos Brito Molina

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4 comentarios de “COPOS BLANCOS DE ALGODONES

  1. Luis Carlos Manjarrés dice:

    Los recuerdos y la nostalgia por la extinguida actividad algdonera nunca nos abandonará. Jamás hubo otro cultivo que generara tanta ocupación de mano de obra rural que el algodón. Entre los tractoristas, además de Aulio y Cachapa recuerdo a Canacha, Augusto Gámez y Víctor Gámez. Entre los productores sobresalían Lalo y Marcelina Guerra, Alfredo Ariza, Lisandro Maestre y Carlos y Juan Posada.

    • Luis Carlos Brito Molina dice:

      Tocayo, gracias por sus acertados comentarios acerca del cultivo del algodón. Y refrescar la memoria con otros personajes que participaron en esta actividad agrícola. Todos estos datos ayudan a ampliar nuestros recuerdos de la edad primera.

  2. MANUEL MANJARRES ARIZA dice:

    Tuve ganas de escribir algo sobre esta tan importante crónica, pero me pasó lo mismo que el poeta Julio Flórez cuando le pidieron que le escribiera algo al Salto Del Tequendama y sólo logró decir: qué le puedo escribir yo al Tequendama si ya el OBISPO RAFAEL CELEDON SE LO DIJO TODO ?
    En esa misma situación me encuentro yo ahora. No hay nada que a Luis Carlos Brito Molina ( Luchi Brito ) se le haya quedado por decir sobre esos HERMOSOS Y PROSPEROS DIAS de nuestro queridísimo SAN JUAN !!

    • Luis Carlos Brito Molina dice:

      Gracias, Manuel Manjarrés Ariza por tus bonitas palabras sobre la nota del algodón. En tu estilo se advierte la impronta de un lector asiduo a la literatura. Citar la anécdota del poeta Julio Flores fue genial, sin olvidar que el obispo Rafael Celedón fue uno de los hombres destacados de San Juan del Cesar.

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