EL CENTRO – URIBISMO EN SU LABERINTO: ARDE TROYA

Como ha sido costumbre inveterada y doctrina probable durante medio siglo de política colombiana, hace algunos días el candidato presidencial “independiente y de centro”, Luis Gilberto Murillo, ex canciller del actual gobierno, siempre sonriente y complaciente con el madurismo, el orteguismo, el sanchizmo o el castrismo, recordado por una fugaz y lánguida gestión pública para el olvido, renunció a sus “aspiraciones presidenciales”, matemáticamente imposibles, para engrosar la campaña de Iván Cepeda, heredero de un petrismo fracasado y estéril.

Esta es la tendencia y el comportamiento natural de políticos y candidatos con pensamientos plagados de ambigüedades, imprecisiones y vaguedades; tan proclives a negociar principios y valores, sean estos institucionales o personales, buscando siempre el beneficio particular y jamás visualizando el interés superior al servicio incondicional del Estado y de sus electores, sobre quienes debe reposar el fin último por la defensa y la conservación de la democracia libertaria.

En más de una ocasión hemos advertido en esta columna que, para este tiempo de vida republicana, estar en el centro es estar en ninguna parte; que para “conquistar el centro” no pueden abatirse los principios fundacionales de una ideología ni negociarse posiciones que, a lo largo de años, quizás un par de siglos, hemos conservado y promovido construyendo democracia, Estado de Derecho y sociedad, muchas veces a costa de la vida misma.

En muchas ocasiones hemos sabido que el “Establecimiento Político o el Estado Profundo” actúa como el Caballo de Troya: es atractivo, seduce, reconoce, propone una tregua o un apoyo pacífico para infiltrarse; y luego desde adentro, pelechar del poder y desdibujar cualquier filosofía o ideario político, hasta convertirlo en colcha de retazos sin identidad, sin historia, ni valor, ni compromisos.

Los troyanos del “centro” son la causa primigenia de la corrupción y la kakistocracia.

Sin partidos políticos fuertes y disciplinados, no hay democracia; con grupos de interés negocial solo hay mediocridad, falta de idoneidad, abusos, instituciones frágiles, delitos y corrupción sin medida; sin instituciones políticas, no hay separación de poderes ni atisbo de un estado constitucional de derecho y bienestar, mínimamente embrionario.

En la última década, el partido Centro Democrático, bastión del uribismo y engranaje ideológico del liderazgo de su fundador natural, Álvaro Uribe Vélez, fungió como el repositorio de la derecha clásica universal; representante del más puro conservadurismo republicano de la libertad, la seguridad, el desarrollo y el orden. Un partido que en tiempo record asumió el poder con mayorías claras y definidas, pero que hoy se evapora e ingresa en un laberinto del que no saldrá indemne, para asemejarse a otras corrientes políticas, sin brújula ni horizontes.

Es necesario dejar claro que la trascendencia histórica y de servicio a la patria por parte del expresidente Álvaro Uribe Vélez y de la candidata actual del partido, Paloma Valencia, es de ponderar, agradecer y apoyar en lo que sea menester; pero también, hay que aceptar y admitir que los tiempos desgastan y las decisiones fallidas pasan factura electoral y alejan la lealtad.

El doctor Uribe se percibe cerrando un ciclo, una etapa; la designación de Paloma Valencia y su fórmula vicepresidencial, se recibió con mucha inquietud, prevención, desgano y repetida decepción. De nuevo, hubo un sentimiento de frustración porque las preferencias o mayorías apuntaban a otro nombre, quien garantizaba la supervivencia del uribismo y cerraba filas.

Esa frustración ha producido la diáspora irreversible desde el Centro Democrático hacia la candidatura de Abelardo De La Espriella, a quien se considera la continuidad lógica del uribismo puro, conservando la identidad con esos principios ideológicos  que ya no representa la candidatura de Paloma Valencia, escorada hacia un “centro – izquierda” plagado de mercaderes de votos; de contratos, de burocracia y carteras, propios del modus operandi del Estado Profundo: allí están los santistas, los Roy, los galanistas, los fajardistas, los de Claudia López, los de Benedetti o los de Cristo Bustos.

A medida que se acerca la primera vuelta presidencial y arrecian las agendas de los debates públicos y las entrevistas, Paloma Valencia se hunde en un mar de confusiones, vaguedades y relativismos; desnuda un ego obsesivo por el poder, aunque ello represente la mutación lapidaria del uribismo, con el forzado silencio del ex presidente. Una metamorfosis de esas características no hubiera ocurrido si la candidatura estuviere en cabeza de María Fernanda Cabal o Paola Holguín.   

No puede entenderse como no vieron venir, hace ya largos 24 meses, desde la orilla gerencial del partido Centro Democrático, el fenómeno universal de la derecha popular; de los outsiders ajenos a la infecunda política de partidos tradicionales: acá aparecen los Abelardistas, los Bukeles, los Noboa, los Milei, los Kast, los Paz Pereira, los Mulino o los Donald Trump.

 

Luis Eduardo Brochet Pineda

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