“Ciertamente no hay hombre justo en esta tierra que haga el bien y nunca peque”, así dice en Eclesiastés 7:20, entonces ¿Por qué nos alarmamos tanto ante los pecados ajenos cuando nosotros mismos no estamos libres de él?
Todos pecamos, solo que lo hacemos de manera diferente. No es que no sintamos, no es que no nos molestemos ante lo injusto, es no juzgar tan duramente al otro como si nosotros fuéramos perfectos.
Te cuento algo mi querido lector; hace algún tiempo conocí una persona la cual no me inspiró confianza desde el primer momento que la vi, con el tiempo he confirmado que mi intuición femenina no falló, cada gesto, cada comportamiento se volvía más detestable que el anterior, sin darme cuenta me vi pagando con la misma moneda, mal por mal y justificando cada una de mis reacciones, porque esa es nuestra condición humana, propensos a defendernos, a no dejarnos, a vengarnos; no digo que todos seamos así, pero así sea una vez en la vida, nos cansamos y en lugar de poner la otra mejilla, devolvemos el golpe.
Desde el Edén hasta nuestros días, hemos visto la imperfección humana la cual deriva del pecado original: El comer del fruto prohibido. Dios nos conoce, así que el cristianismo no exige perfección, sino un proceso continuo de santificación.
Dice Hebreos 12:14 que busquemos la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Si el Padre demanda esto de nosotros es porque sabe que santos no somos, pero eso no nos impide buscar serlo; para ello tenemos que ser sinceros y en oración constante pedirle que examine nuestro corazón, que nos coloque a prueba, que si vamos por el mal camino, nos guíe por el camino eterno (Salmo 139:23-24).
El arrepentimiento y la confesión son necesarios para superar lo imperfectos que somos y que es que el amor de Dios es incondicional, supera nuestras faltas y debilidades, por eso no importa cuánto te puedan juzgar o criticar, importa las veces que vas a Cristo para ser limpio y que no seas tú quien juzgue y critique las faltas de los demás. Seremos juzgados por nuestros pecados, no por los ajenos.
Perseverar en la fe es fundamental para vencer las tentaciones que descienden de nuestra naturaleza pecaminosa, la madurez espiritual requiere un proceso incesante de aprendizaje, perdón, corrección, convencernos de que no somos buenos, no con la intención de vivir con el látigo de la culpa, sí con la certeza de que necesitamos transformar nuestro corazón y nuestra mente, no esconder nuestro pecado o justificarnos.
Que seamos perdonados hoy, no significa que ya mañana seamos perfectos. Cuando digo que el proceso es incesante, es porque la santidad no es un estado fijo, sino que se extiende a lo largo de la vida, es una lucha constante contra los deseos de venganza, de poder, de pagar mal por mal, golpe por golpe, diente por diente e insulto por insulto.
Pecadores somos todos, lo que nos diferencia es quien se arrepiente y quien continúa pecando; quien reconoce sus faltas y quien presume ser perfecto; quien se convence de que obró mal y se aparta y quien hace alarde de su maldad; quien peca por debilidad y quien maquina el engaño; quien peca por falta de dominio propio y quien teje una trampa para que el justo caiga.
Dice Ezequiel 18:27 que cuando el impío se aparta de la maldad que ha cometido y practica el derecho y la justicia, salvará su vida; en Proverbios 14:16, que el sabio teme y se aparta del mal, pero el insensato se muestra insolente y confiado. ¿Eres sabio? Apártate del mal siempre que te veas obrando mal. ¿Eres insensato, malvado? El malvado y perverso anda siempre contando mentiras, guiña los ojos, hace señas y provoca peleas, por eso en un instante le vendrá el desastre (Proverbios 6:12-15)
Hay 7 cosas que aborrece el Señor:
- Los ojos altaneros.
- La lengua mentirosa.
- Las manos que asesinan al inocente.
- La mente que elabora planes perversos.
- Los pies que corren ansiosos al mal.
- El testigo falso y mentiroso.
- El que provoca peleas entre los hermanos.
La invitación entonces es la siguiente: Si estás entre alguna de estas 7 o en las 7 cosas que aborrece el Señor, pídele a Dios que te dé convicción de pecado, apártate del mal, haz el bien, porque Jehová ama la rectitud y no desampara a sus santos, para siempre serás guardado. No lo hagas una vez, hazlo todas las veces que sean necesarias… entonces serás imperfectamente perfecto a los ojos del Padre.
Jennifer Caicedo

