Hay días en que una siente que la página en blanco no está vacía.
Está llena de rostros.
De niños que preguntan. De cuadernos. De reuniones. De formatos. De diagnósticos. De evaluaciones. De circulares. De palabras que durante años hemos escuchado desde los escritorios: calidad educativa, inclusión, cobertura, innovación, competencias, jornada única, resultados.
Y entonces una pregunta vuelve a aparecer:
¿De qué calidad educativa estamos hablando?
Lo pregunto como maestra. No desde un escritorio ministerial ni desde una oficina administrativa. Lo pregunto desde el aula, ese lugar donde finalmente aterrizan las políticas, las reformas, los programas y las buenas intenciones.
Después de veinticinco años de estar frente a estudiantes, puedo decir que la educación colombiana ha avanzado en muchas cosas. Hoy existen programas de alimentación, transporte, inclusión, permanencia y ampliación de cobertura. Son derechos que debemos defender.
Pero hay una diferencia que no podemos seguir ignorando: garantizar que un niño esté en la escuela no significa garantizar que esté aprendiendo.
Dar alimentación no es educar.
Dar transporte no es educar.
Tener al estudiante más horas dentro de la institución tampoco significa, por sí mismo, una mejor educación.
La Jornada Única, por ejemplo, tiene un propósito legítimo: ampliar y aprovechar pedagógicamente el tiempo escolar. Pero más tiempo solo tiene sentido cuando existen condiciones para convertirlo en aprendizaje significativo. El propio Ministerio reconoce que su implementación requiere talento humano, fortalecimiento pedagógico, alimentación e infraestructura.
Porque un niño puede pasar más horas en la escuela y, aun así, salir de ella sin haber aprendido lo que necesita para transformar su vida.
¿Qué pasó con el maestro?
Esta es quizá mi mayor preocupación.
Hablamos permanentemente de mejorar la calidad educativa, pero pocas veces preguntamos a quienes estamos frente a los estudiantes:
¿Qué necesitan para enseñar mejor?
Necesitamos formación.
Necesitamos acompañamiento.
Necesitamos herramientas.
Necesitamos tiempo.
Necesitamos condiciones dignas.
Y, sobre todo, necesitamos que nos permitan volver a hacer aquello para lo cual fuimos formados: enseñar.
Porque mientras hablamos de innovación, al aula llegan formatos.
Mientras hablamos de calidad, llegan informes.
Mientras hablamos de inclusión, llegan nuevas evidencias.
Mientras hablamos de transformación, aumentan las reuniones, las plataformas, los documentos y los procedimientos.
No estoy diciendo que planear, evaluar o hacer seguimiento sea innecesario. Una educación responsable necesita organización.
Lo que cuestiono es la desproporción.
Porque cuando el maestro dedica una parte excesiva de su tiempo a demostrar en un documento que está trabajando, inevitablemente queda menos tiempo para trabajar con el niño.
El papel no puede terminar siendo más importante que el estudiante.
Incluir no es simplemente juntar
Hay otra palabra que hemos repetido mucho: inclusión.
Y debemos defenderla.
Pero también debemos preguntarnos qué significa realmente.
En un mismo salón podemos encontrar estudiantes con diferentes ritmos y necesidades de aprendizaje, dificultades de comunicación, discapacidad, situaciones emocionales complejas y realidades familiares muy distintas.
El maestro quiere atenderlos a todos.
Pero querer no siempre es poder.
La inclusión verdadera necesita formación, recursos, profesionales de apoyo, acompañamiento y tiempo. El Ministerio mismo define la educación inclusiva como un proceso que debe responder de manera pertinente y con calidad a la diversidad.
Entonces la pregunta es inevitable:
¿Con qué herramientas estamos pidiéndole al maestro que incluya?
No podemos convertir la inclusión en una orden que simplemente se le entrega al docente.
Hay que acompañarla.
Porque el maestro puede escuchar, orientar, detectar señales y construir estrategias pedagógicas, pero no puede convertirse al mismo tiempo en psicólogo, terapeuta, trabajador social, médico y especialista en todas las condiciones que atraviesan a sus estudiantes.
Al maestro hay que devolverle tiempo para enseñar.
¿Y la familia?
También necesitamos hablar de una palabra que a veces incomoda: responsabilidad.
Durante mi época como estudiante había dificultades económicas y muchas carencias. Pero existía una idea muy clara: estudiar era también una responsabilidad del estudiante y de la familia.
Hoy el Estado ha ampliado derechos y ha asumido responsabilidades indispensables. Eso es positivo.
Pero garantizar derechos no significa eliminar deberes.
Educar es una responsabilidad compartida.
El Estado debe garantizar.
La escuela debe enseñar.
El maestro debe orientar.
El estudiante debe comprometerse.
Y la familia debe acompañar.
No podemos exigirle al maestro que haga milagros cuando la familia aparece únicamente cuando el estudiante pierde el año para pedir que le regalen la aprobación.
Aprobar no es educar.
Bajar la exigencia para evitar conflictos no es calidad.
Regalar un año no es inclusión.
Educar también significa enseñar esfuerzo, límites, responsabilidad y consecuencias.
La educación no puede convertirse en una fábrica de documentos
Hay algo más que debemos preguntarnos como país:
¿Cuánto de lo que invertimos en educación llega realmente al aula?
No digo que todos los programas sean malos. No digo que todos los contratos respondan a intereses particulares. Sería injusto.
Pero sí creo que la ciudadanía tiene derecho a preguntar.
Cuando aparecen nuevos programas, operadores, consultorías y estrategias, necesitamos transparencia, evaluación y resultados.
El dinero de la educación debe traducirse en mejores ambientes de aprendizaje, mejores condiciones para los docentes, apoyo especializado y mayores oportunidades para los estudiantes.
No simplemente en más documentos que certifiquen que un programa existió.
La educación no puede convertirse en una cadena de informes donde el éxito se mida por la cantidad de formatos diligenciados.
El verdadero resultado debería verse en el niño.
En lo que aprende.
En lo que comprende.
En lo que lee.
En lo que piensa.
En lo que es capaz de crear.
También hay que escuchar al maestro
Una institución educativa saludable necesita maestros que puedan hablar.
Un docente no debería sentir miedo de expresar una diferencia frente a un directivo. Tampoco debería existir espacio para el abuso de poder, la intimidación, el favoritismo o la censura.
Si hablamos de calidad, tenemos que evaluarnos todos.
Docentes.
Directivos.
Administrativos.
Programas.
Secretarías.
Ministerio.
Familias.
Porque la evaluación no debería utilizarse para castigar. Debería servir para mejorar.
Y aquí hago una propuesta sencilla: escuchemos directamente a los maestros.
Preguntemos:
¿Qué funciona?
¿Qué no funciona?
¿Qué programa debe continuar?
¿Cuál debe desaparecer?
¿Qué necesita el estudiante?
¿Qué necesita el docente?
¿Qué está ocurriendo realmente en las instituciones?
Porque nadie conoce mejor las grietas del sistema que quien camina todos los días sobre ellas.
Recuperar el respeto por enseñar
No quiero regresar al pasado.
No quiero una educación que desconozca los avances en derechos, inclusión o protección social.
Quiero mirar atrás para recordar algo que no deberíamos haber perdido:
el respeto por el maestro,
la autoridad pedagógica,
el acompañamiento familiar,
la responsabilidad del estudiante,
el valor del esfuerzo,
la disciplina,
la lectura
y la formación humana.
Porque educar nunca ha sido simplemente mantener a un estudiante matriculado.
Educar es transformar.
Y para transformar necesitamos algo más que programas.
Necesitamos propósito.
Necesitamos ética.
Necesitamos compromiso.
Necesitamos reconocer que ser maestro no es desempeñar un oficio cualquiera.
Un maestro trabaja con algo mucho más delicado que cualquier objeto: trabaja con la mente, la sensibilidad, los sueños y el futuro de un ser humano.
Por eso la profesión docente necesita formación, investigación, actualización, condiciones dignas y reconocimiento.
No podemos pedirle al maestro que haga una revolución educativa con las manos atadas.
Una revolución, pero de verdad
Colombia necesita revisar su educación.
Pero debe hacerlo desde el aula.
No solamente desde las cifras.
No solamente desde los indicadores.
No solamente desde las estadísticas de cobertura.
Preguntemos si el niño está aprendiendo.
Si el maestro puede enseñar.
Si la familia acompaña.
Si la inclusión tiene los recursos necesarios.
Si la jornada escolar responde a las realidades de los territorios.
Si la alimentación se ofrece con dignidad.
Si los docentes están siendo escuchados.
Y, sobre todo: preguntemos a los maestros.
La educación colombiana no necesita otra revolución de papeles.
Ni otra revolución de formatos.
Ni otra revolución de discursos.
Necesita una revolución humana, pedagógica y ética.
Una revolución que vuelva a poner al niño en el centro y al maestro en el lugar que nunca debió perder: el de un profesional respetado, preparado, escuchado y protegido para enseñar.
Porque si seguimos hablando de calidad educativa mientras ignoramos a quienes viven la educación todos los días, corremos un riesgo todavía mayor que equivocarnos: acostumbrarnos al fracaso.
Y un país que se acostumbra a que sus niños aprendan poco, a que sus maestros trabajen agotados y a que las familias deleguen toda la responsabilidad en la escuela, termina hipotecando su futuro.
Por eso escribo.
No para destruir.
No para señalar.
No para decir que todo está mal.
Escribo porque todavía creo.
Creo en el maestro.
Creo en el estudiante.
Creo en la familia.
Creo en la escuela.
Y creo que Colombia todavía está a tiempo de hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Qué educación queremos dejarles a nuestros hijos?
La respuesta no puede estar solamente en un documento.
Tiene que comenzar en el aula.
Y quizá también en una página en blanco.
La que hoy la Pluma Dorada de La Guajira se atreve a llenar.
Delia Bolaño

