Mientras la política moderna se llena de hombres que hablan como si estuvieran peleando en una esquina, Iván Cepeda aparece con la extraña calma de quien todavía cree en las ideas, en los argumentos y en la dignidad de la palabra. Y eso, en estos tiempos, parece casi un acto de rebeldía.
No porque grite, no porque insulte, no porque baile en la cabina de una emisora.
Incomoda precisamente, por lo contrario.
Porque habla despacio en una época que premia el estruendo, porque argumenta en medio del fanatismo, porque estudia mientras otros improvisan, porque conserva la gravedad moral en una sociedad que convirtió el cinismo en espectáculo.
Daniel Samper Ospina, con su acostumbrado tono de ironía, lo llama “el hombre más aburrido del mundo”. Y quizas, sin proponérselo, termina describiendo una rareza política que hoy parece extinta: la de un hombre que no necesita hacer piruetas para sostener una idea.
Hay políticos que construyen poder desde el escándalo, otros desde la amenaza.
Muchos desde la mentira repetida hasta el cansancio.
Cepeda lo ha hecho desde la persistencia.
Su vida pública no nació en los clubes del privilegio ni en las maquinarias electorales. Nació en el dolor. En la memoria. En la tragedia de un país que asesinó a su padre, el senador Manuel Cepeda Vargas, y que durante décadas convirtió la diferencia política en sentencia de muerte.
Hay hombres a quienes la violencia vuelve vengativos; a otros los vuelve temerosos. A Iván Cepeda lo volvió disciplinado.
Su defensa de los derechos humanos no es una pose académica ni una moda ideológica. Es una convicción construida entre víctimas, expedientes, amenazas y funerales. Mientras muchos descubrieron los derechos humanos en diplomados universitarios o en discursos de auditorios, él los conoció en la intemperie del conflicto colombiano.
Por eso su tono es distinto.
Por eso su lenguaje carece de la histeria de tribuna que hoy se ve en la política nacional.
Puede gustar o no gustar; puede compartirse o discutirse su visión del país, eso hace parte de la democracia.
Lo que resulta difícil negar es otra cosa: su coherencia.
En un país donde las convicciones suelen durar menos que las alianzas, Cepeda lleva décadas defendiendo las mismas causas, incluso cuando hacerlo implicaba riesgos reales. Y eso, en Colombia, tiene un valor ético enorme.
La paradoja es brutal:
en una sociedad intoxicada de superficialidad, la serenidad parece sospechosa, la reflexión parece debilidad, la decencia parece aburrida.
Tal vez por eso algunos no saben cómo leerlo.
Porque estamos acostumbrados al político que insulta, que amenaza periodistas, que convierte cada micrófono en una pelea de barrio, que vive de fabricar enemigos y de incendiar emocionalmente a sus seguidores.
Frente a eso, un hombre que llega con documentos, propuestas, denuncias sustentadas y convicciones estables parece fuera de época.
Pero quizá el problema no sea Iván Cepeda.
Quizá el problema sea el tiempo que vivimos.
Un tiempo donde pensar demasiado es visto como un defecto, donde la moderación no produce like, donde la profundidad perdió mercado frente al espectáculo.
Y, aun así, contra toda lógica digital, contra toda pedagogía de la viralidad, Iván Cepeda sigue ahí.
Sin escándalos personales, sin fortunas inexplicables, sin procesos de corrupción que manchen su nombre.
Sin necesidad de actuar como influencer para sostener relevancia pública.
Yo creo que allí reside la explicación de un fenómeno que muchos no supieron advertir a tiempo: la seriedad también comenzó a volverse atractiva.
Porque mientras otros candidatos apuestan al grito, al ataque y al performance permanente, Cepeda ha construido una candidatura sobria, reflexiva y coherente. Quizás por eso, las encuestas parecen revelar que una parte del país empieza a valorar justamente eso.
Tal vez Colombia comienza a fatigarse del ruido.
Tal vez, después de tantos años de estridencia, insultos y caudillos incendiarios, empieza a surgir una silenciosa necesidad de decencia.
Y quizás la verdadera radicalidad, en estos tiempos, consista precisamente en eso:
en seguir siendo un hombre serio.
José Jorge Molina Morales

