LA UNIVERSIDAD DE LA GUAJIRA: UN OASIS DE SABER EN MEDIO DE UN DESIERTO SIN OPORTUNIDADES

Existe una escena que se repite cada año en Riohacha, que nadie sube a las redes sociales, nadie festeja, y no sale en los titulares de la prensa local.

Imaginen esta escena, un joven guajiro se gradúa. Lloran los padres de alegría y de orgullo por su logro. Celebra su ranchería. Y tres meses después, ese mismo joven está vendiendo accesorios de celular, de mototaxistas en el centro de la ciudad, o empacando maletas para Bogotá, Barranquilla, Estados Unidos y hasta Polonia o aceptando un trabajo que no tiene nada que ver con los cinco años que acaba de dedicarle a su formación.

Ese momento entre el diploma y la maleta es el drama más silencioso de La Guajira. Y que vale la pena nombrarles.

La Universidad de La Guajira es una institución que por décadas ha venido haciendo algo grande, formar talento humano a un territorio que el Estado siempre lo ha visto desde lejos. Ingenieros, administradores, contadores, educadores, abogados miles de jóvenes guajiros que decidieron apostarle al conocimiento como camino de transformación. Que con razón creyeron que estudiar era la palanca más poderosa que tenían.

El problema no es la universidad.

El problema está esperando a nuestros jóvenes afuera.

En el primer trimestre de 2024, Riohacha registró una tasa de desocupación del 21,8%, siendo la segunda ciudad capital de Colombia con mayor desempleo, superada únicamente por Quibdó. Y eso no es todo. La informalidad laboral en Riohacha alcanza el 61,7% de los ocupados lo que significa que de cada diez personas que trabajan en esta ciudad, seis lo hacen sin contrato, sin seguridad social, sin estabilidad. Sin futuro medible.

Y aquí viene el dato que más duele: en Riohacha, la formación académica parece ser un obstáculo para acceder a un empleo. Existe un desempleo estructural, no por falta de demanda, sino porque la formación disponible no corresponde a las competencias que el mercado laboral local exige. Dicho de otra manera: el joven guajiro se gradúa, y descubre que el mercado de su propia ciudad no lo necesita.

Entonces migra.

No porque quiera. Sino porque la alternativa es quedarse a trabajar en lo que no estudió, o estudiar para lo que no hay dónde trabajar.

Miles de jóvenes y familias guajiras siguen esperando que el progreso económico de Colombia también toque sus puertas.  Esa espera, cuando se prolonga demasiado, no genera paciencia. Genera éxodo. Y el éxodo de talento es la pérdida más cara que puede sufrir un territorio porque es la pérdida que no aparece en ningún presupuesto, pero lo empobrece todo.

He visto de cerca ese éxodo. He hablado con esos jóvenes valiosos. Y lo que me dicen no es rencor es una pregunta que no tiene respuesta local: ¿para qué me quedo, si aquí no hay dónde ejercer lo que aprendí?

Esa pregunta es el diagnóstico más honesto del fracaso de décadas de política económica en La Guajira.

Porque este territorio tiene todo lo que necesita para construir un ecosistema de oportunidades. Tiene viento literal y metafóricamente: es la capital energética renovable de Colombia. Tiene biodiversidad, vocación turística, identidad cultural única, una frontera comercial con Venezuela, y una universidad que produce talento humano año tras año. Lo que no tiene es la política pública que conecte esos puntos.

Una esperanza nació cuando leí la propuesta educativa y de emprendimiento de Sergio Fajardo. No porque sea un documento perfecto ningún documento lo es. Sino porque es el primero que leo que entiende algo fundamental: que la educación sin ecosistema productivo es un oasis sin agua. Que formar talento sin crear las condiciones para que ese talento se quede y florezca en su propio territorio es una inversión que termina beneficiando a otras ciudades.

La propuesta plantea construir diez aceleradoras regionales de crecimiento que acompañen empresas con alto potencial, conectándolas con inversión, mercados y conocimiento desde los territorios. Plantea apoyar la reconversión tecnológica de 120.000 empresas, con prioridad en sectores tradicionales de alto potencial como agroindustria y manufactura.

Plantea que al menos el 50% de las empresas apoyadas estén lideradas por mujeres y el 30% por jóvenes una señal directa a la población guajira que más padece el desempleo estructural. Y plantea transformar el SENA, ampliar su cobertura en 150.000 estudiantes y conectar la formación técnica con el mundo real del trabajo.

Eso no es retórica. Es arquitectura.

Es la diferencia entre una universidad que forma jóvenes para que se vayan, y una universidad que se convierte en el corazón de un ecosistema donde quedarse tiene sentido.

Imagínese lo que podría ser La Guajira si sus ingenieros trabajaran aquí, en los parques de energía eólica más grandes del país. Si sus administradores crearan empresas apoyadas por aceleradoras que entiendan la vocación de este territorio.

Si sus educadores tuvieran condiciones dignas para quedarse en las escuelas rurales donde más se necesitan. Si sus jóvenes emprendedores tuvieran acceso a crédito productivo sin tener que demostrar que ya son ricos para que les presten.

 Ese es el tránsito que necesita La Guajira: dejar de ser un territorio que exporta talento y empieza a ser un territorio que lo retiene, lo potencia y lo convierte en desarrollo.

La Universidad de La Guajira merece dejar de ser un oasis solitario en el desierto.

Merece ser el centro de un ecosistema vivo.

 Y los jóvenes guajiros merecen tener una razón para quedarse.

 

Juana Cordero Moscote 

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