La primera vez que llegué a La Guajira pensé que estaba entrando a un territorio que necesitaba respuestas, sin embargo, lo que encontré era que necesitaban más preguntas.
No fue una conclusión inmediata, pues durante mucho tiempo ni siquiera fui consciente de ello. Al igual que muchos colombianos, llegué acompañado de una serie de respuestas y explicaciones que parecían suficientes para responder a las necesidades de la región y las necesidades de su gente. Había escuchado hablar de pobreza, abandono estatal, corrupción, desnutrición, falta de oportunidades y desigualdad. Algunas de esas explicaciones eran ciertas, otras eran simplificaciones inevitables de una realidad mucho más compleja. Sin embargo, todas compartían una característica común: estaban construidas desde afuera, con una perspectiva fuera de contexto.
La Guajira era descrita constantemente, pero rara vez era escuchada. Esa diferencia terminó transformando completamente mi manera de entender y asumir el trabajo comunitario.
Durante mi vida profesional he tenido la oportunidad de trabajar con comunidades en distintos lugares de Colombia. Magdalena, Bolívar, Córdoba, Santander, Norte de Santander, Cauca, Valle del Cauca y Antioquia me permitieron conocer realidades diversas y entender que cada territorio desarrolla formas particulares de interpretar la vida. Sin embargo, fue en La Guajira donde muchos de esos aprendizajes adquirieron un sentido y una profundidad distinta. No porque las comunidades fueran mejores o peores que las demás, sino porque allí las diferencias entre mi forma de entender el mundo y la forma en que otras personas lo entendían eran tan evidentes que resultaba imposible ignorarlas.
Recuerdo especialmente una conversación ocurrida durante mis primeros años de trabajo en la región. Había llegado para acompañar un proceso productivo con comunidades indígenas y, como suele ocurrir al inicio de muchos proyectos, gran parte de las conversaciones institucionales giraban alrededor de recursos, presupuesto, actividades, cronogramas y resultados esperados. Sin embargo, en algún momento, una conversación aparentemente ordinaria comenzó a desplazarse hacia temas que no aparecían en ningún plan de trabajo.
Hablamos sobre la familia, luego sobre los clanes, después sobre la autoridad, más tarde sobre el respeto y finalmente sobre los acuerdos. Durante varias horas escuché explicaciones sobre la forma en que se construían las relaciones dentro de la comunidad, sobre el papel que desempeñan las mujeres dentro de la estructura social Wayuu y sobre la importancia de preservar los vínculos incluso cuando existían conflictos.
Mientras escuchaba, empecé a comprender algo que hasta entonces había pasado inadvertido. Yo había llegado buscando entender un proyecto, mientras la comunidad estaba intentando explicarme una forma de entender la vida.
Aquella diferencia cambió completamente mi manera de observar.
Hasta ese momento había asumido, casi sin darme cuenta, que conceptos como liderazgo, autoridad, representación o participación tenían significados relativamente universales. La experiencia me mostró que aquello no era necesariamente cierto. La organización social Wayuu responde a una lógica histórica y cultural propia, donde los vínculos familiares, los clanes, la palabra, la sangre y los mecanismos tradicionales de mediación ocupan un lugar central. Guerra Curvelo (2002) documentó ampliamente estas dinámicas, mientras que la UNESCO (2010) reconoció el sistema normativo Wayuu aplicado por el Pütchipü’üi o palabrero como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Del mismo modo, el Sistema de Información Wayuu del DANE y la caracterización desarrollada por el Ministerio de Justicia y la Asociación Wayuu Araurayu muestran la relevancia que tienen la mediación, el parentesco y la construcción de acuerdos dentro de la vida comunitaria.
Sin embargo, el verdadero aprendizaje no estaba en los documentos. Estaba en la conversación. Porque por primera vez comprendí que una comunidad no puede entenderse únicamente a través de sus necesidades. Tampoco únicamente a través de sus problemas. Una comunidad debe comprenderse a través de las relaciones que la sostienen.
Aquella idea comenzó a manifestarse rápidamente en los proyectos que dirigíamos.
Uno de los procesos más significativos que tuve la oportunidad de acompañar buscaba fortalecer la producción y comercialización de artesanías desarrolladas por distintas comunidades indígenas de la región. El objetivo era relativamente sencillo: generar riqueza a partir de capacidades individuales y colectivas ya existentes dentro de las comunidades.
Desde una perspectiva técnica, el proyecto parecía estar correctamente diseñado. Existían actividades definidas, cronogramas claros y recursos disponibles. Sin embargo, muy pronto se hizo evidente que los mayores avances no dependían exclusivamente de la calidad técnica del proyecto, sino de la calidad de las relaciones que se construían alrededor de él.
Durante los primeros meses, buena parte de nuestra atención estaba concentrada en procesos productivos, calidad, comercialización y organización. Sin embargo, los cambios más importantes comenzaron a aparecer cuando las comunidades empezaron a sentirse parte del proceso. Las conversaciones cambiaron, las preguntas cambiaron y también cambiaron las ideas. Las comunidades comenzaron a proponer nuevos productos y a diseñar nuevos conceptos con el equipo del proyecto, nuevas posibilidades comerciales y nuevas formas de organizar el trabajo. Muchas de las mejores iniciativas que surgieron durante aquellos años nunca estuvieron en los documentos originales del proyecto; nacieron de conversaciones, de relaciones construidas con el tiempo y de la confianza que comenzó a desarrollarse entre las comunidades y quienes las acompañábamos.
Los momentos más valiosos de aquel proyecto rara vez ocurrieron durante las reuniones formales siguiendo un orden del día y un objetivo administrativo. Las experiencias más significativas ocurrieron cuando las personas se sentían escuchadas y sentían que su opinión era valiosa. Aquello coincide con los planteamientos de Lachapelle (2008), quien sostiene que las personas desarrollan un mayor sentido de apropiación cuando perciben que tienen influencia real sobre los procesos que afectan sus vidas. Sin embargo, antes de encontrar esa idea en la literatura, tuve la oportunidad de verla en la práctica.
También tuve la oportunidad de observar lo contrario.
En algunas ocasiones encontramos comunidades donde la participación era menor a la esperada. No necesariamente porque existiera oposición al proyecto. Tampoco porque las actividades fueran inadecuadas. En ciertos casos, las personas simplemente no encontraban una conexión clara entre la propuesta y aquello que consideraban prioritario. En otros, existían dificultades asociadas a la confianza o a la legitimidad de determinados liderazgos, es decir, no es una relación bidireccional simple proyecto-comunidad, es el resultado de una compleja dinámica dialéctica de relaciones sociales que se da dentro y fuera de la comunidad.
Aquellas experiencias fueron especialmente importantes porque mostraron algo que rara vez aparece en los informes institucionales. Los proyectos no avanzan únicamente sobre actividades. Avanzan sobre relaciones.
Con el paso del tiempo empecé a notar otro patrón que se repetiría una y otra vez. Mientras más conocía una comunidad, más evidente se hacía la existencia de capacidades que inicialmente habían pasado desapercibidas.
Una de las experiencias que más contribuyó a esta reflexión estuvo relacionada con la recuperación de conocimientos tradicionales sobre agricultura en condiciones desérticas.
Durante años había escuchado explicaciones sobre las dificultades que enfrentaban muchas comunidades para producir alimentos en determinadas zonas de La Guajira. Sin embargo, aquella experiencia mostraba una realidad distinta.
En Guaymaral, acompañando a Sandra Castro, lo que observé fue un proceso mediante el cual la comunidad, liderada por su Autoridad Indigena Zaida Cotes, recuperaba conocimientos que habían permitido durante generaciones producir alimentos en condiciones extremadamente complejas. Lo más interesante era que las respuestas no estaban llegando desde afuera. Habían estado allí todo el tiempo. Lo que estaba ocurriendo era un proceso de recuperación.
Aquella experiencia me obligó a replantear una pregunta que todavía me acompaña: ¿cuántas veces confundimos ausencia de capacidades con incapacidad para reconocerlas?
Durante mucho tiempo participé en iniciativas cuyo objetivo era fortalecer capacidades comunitarias. Sin embargo, aquella experiencia mostraba algo diferente. Los conocimientos ya existían. Las experiencias también. Las capacidades igualmente estaban presentes. Lo que muchas veces faltaba era la capacidad de reconocerlas.
Esta reflexión dialoga con los planteamientos de Chambers (1997), quien insistía en la importancia de valorar los conocimientos locales, y con las críticas formuladas por Escobar (1995) frente a la tendencia a interpretar los territorios desde categorías externas. También encuentra eco en el trabajo de Perrin (1987), quien mostró cómo la cosmovisión Wayuu constituye una forma legítima y compleja de interpretar la realidad.
La misma lógica apareció años después durante el trabajo con jóvenes en condición de vulnerabilidad en Riohacha.
Muchos de ellos crecían en contextos donde las oportunidades parecían limitadas y donde la delincuencia aparecía como una posibilidad cercana. Sin embargo, cuando encontraban oportunidades para estudiar, emprender o desarrollar nuevas habilidades, comenzaban a emerger capacidades que hasta entonces habían permanecido invisibles. Algunos iniciaban emprendimientos. Otros retomaban sus estudios. Otros encontraban nuevas formas de contribuir positivamente a sus comunidades.
Lo que cambiaba no era necesariamente la persona. Lo que cambiaban eran las condiciones que le permitían desplegar capacidades que ya existían.
Sen (1999) propuso entender el desarrollo como la expansión de capacidades y libertades que las personas consideran valiosas. Ibrahim (2006) complementó esta discusión mostrando cómo las capacidades colectivas emergen cuando las personas actúan conjuntamente alrededor de objetivos compartidos. Zimmerman (1995) y Peterson (2014), desde otra perspectiva, explicaron cómo los procesos de empoderamiento fortalecen la capacidad de las personas para influir sobre sus vidas y sobre su entorno.
Más allá de las diferencias entre estos autores, todos parecen converger en una misma idea: las personas suelen ser mucho más capaces de lo que imaginamos, al igual que más capaces de lo que ellas mismas imaginan. Y las comunidades también.
Con frecuencia observamos los territorios a través de aquello que les falta, identificando problemas, necesidades y limitaciones, y con menor esfuerzo nos detenemos a observar aquello que ya existe. Berkes y Ross (2013) muestran que la resiliencia comunitaria se fortalece cuando las comunidades logran movilizar conocimientos, relaciones y recursos presentes dentro de ellas. De manera similar, la experiencia acumulada en la gerencia de proyectos sociales muestra que los procesos más sostenibles suelen surgir cuando las comunidades reconocen y fortalecen capacidades que ya forman parte de su realidad (Silva Travecedo et al., 2020).
Cuando pienso en los años que pasé trabajando en La Guajira, no recuerdo primero los proyectos. Recuerdo las conversaciones, las amistades que aún conservo, los recorridos por Riohacha, Manaure, Dibulla, Mingueo, Barrancas, Villanueva, Nazaret, Aremasain y muchos otros. Recuerdo la oportunidad de conocer muchas comunidades y clanes Wayuu y la sensación constante de siempre estar aprendiendo.
Y recuerdo una conversación.
Una conversación que comenzó hablando sobre familia, autoridad y acuerdos. Una conversación que cambió una pregunta.
Porque llegué a La Guajira creyendo que el desafío consistía en encontrar respuestas, y me fui entendiendo que el verdadero desafío consistía en formular mejores preguntas.
Quizás por eso, después de tantos años, sigo regresando a la misma reflexión. Las comunidades no solo necesitan proyectos capaces de resolver problemas. Primero necesitan personas capaces de comprender aquello que las hace ser quienes son.
Referencias
Berkes, F., & Ross, H. (2013). Community resilience: Toward an integrated approach. Society & Natural Resources, 26(1), 5–20. https://doi.org/10.1080/08941920.2012.736605
Chambers, R. (1997). Whose reality counts? Putting the first last. Intermediate Technology Publications. https://practicalactionpublishing.com/book/2388/whose-reality-counts
DANE. (s.f.). Sistema de Información Wayuu. https://siwayuu.dane.gov.co
Escobar, A. (1995). Encountering development: The making and unmaking of the Third World. Princeton University Press.
Guerra Curvelo, W. (2002). La disputa y la palabra: La ley en la sociedad wayuu. Ministerio de Cultura.
Ibrahim, S. S. (2006). From individual to collective capabilities: The capability approach as a conceptual framework for self-help. Journal of Human Development, 7(3), 397–416. https://doi.org/10.1080/14649880600815982
Lachapelle, P. R. (2008). A sense of ownership in community development: Understanding the potential for participation in community planning efforts. Community Development, 39(2), 52–59. https://doi.org/10.1080/15575330809489730
Ministerio de Justicia y del Derecho, & Asociación Wayuu Araurayu. (s.f.). Caracterización del pueblo Wayúu Araurayu. https://www.minjusticia.gov.co/programas-co/fortalecimiento-etnico/Documents/banco-2019/19.%20CARACTERIZACI%C3%93N%20DEL%20PUEBLO%20WAY%C3%9AU%20ARAURAYU.pdf
Perrin, M. (1987). The way of the dead Indians: Guajiro myths and symbols. University of Texas Press. https://archive.org/details/wayofdeadindians0000perr
Peterson, N. A. (2014). Empowerment theory: Clarifying the nature of higher-order multidimensional constructs. American Journal of Community Psychology, 53(1–2), 96–108. https://doi.org/10.1007/s10464-013-9624-0
Sen, A. (1999). Development as freedom. Oxford University Press. https://global.oup.com/academic/product/development-as-freedom-9780198297581?lang=en&cc=no
Silva Travecedo, L. M., Mendoza Puccini, J. M., Mejía Rodríguez, D. L., & Vela Mantilla, G. E. (Comps.). (2020). Gerencia de proyectos sociales: abordajes y prácticas. Fundación Promigas, Fundación Surtigas y Fundación Gases de Occidente.
UNESCO. (2010). Wayuu normative system, applied by the Pütchipü’üi (palabrero). UNESCO Intangible Cultural Heritage. https://ich.unesco.org/en/RL/wayuu-normative-system-applied-by-the-putchipu-ui-palabrero-00435
Zimmerman, M. A. (1995). Psychological empowerment: Issues and illustrations. American Journal of Community Psychology, 23(5), 581–599. https://doi.org/10.1007/BF02506983

