Cuando ingresé a Cerrejón como practicante en 1984, jamás imaginé que cuatro décadas después tendría el privilegio de escribir estas líneas al cierre de mi vida profesional en la compañía. Han sido 42 años de aprendizaje, desafíos, transformaciones y, sobre todo, de profundo orgullo por haber hecho parte de una industria que ha contribuido al desarrollo de Colombia y de La Guajira, mientras deja una huella positiva en la vida de generaciones de mineros y mineras, de sus familias y de las comunidades que han crecido junto a ella.
Durante estos años he visto cambiar al país, evolucionar a la minería y transformarse a Cerrejón. También he sido testigo de cómo el debate sobre nuestra actividad se ha vuelto cada vez más complejo. En muchas ocasiones, la minería es presentada únicamente a través de sus desafíos, mientras que sus aportes suelen pasar desapercibidos.
Por eso, al llegar al final de esta etapa, siento la responsabilidad de compartir una convicción construida a lo largo de toda una carrera: el futuro no necesita menos minería; necesita mejor minería.
La sociedad actual depende de los recursos minerales para prácticamente todo. Desde la infraestructura que conecta comunidades hasta los materiales que hacen posible la transición energética, los minerales continúan siendo esenciales para el bienestar humano y el desarrollo económico. La pregunta no es si habrá minería, sino cómo hacerla de manera cada vez más responsable, eficiente y sostenible.
Ese ha sido precisamente el camino que hemos recorrido en Cerrejón.
La minería moderna exige mucho más que producir un recurso. Exige gestionar adecuadamente el agua, proteger la biodiversidad, reducir impactos, escuchar a las comunidades, generar oportunidades económicas y actuar con transparencia. Exige entender que el éxito de una operación no puede medirse únicamente por sus resultados productivos, sino también por el valor que deja en los territorios donde opera.
En La Guajira aprendimos que una mina no puede vivir de espaldas a su entorno. Por eso hemos trabajado durante décadas para construir relaciones con comunidades, fortalecer capacidades locales, apoyar proyectos productivos, promover la educación, contribuir al acceso al agua y generar empleo y oportunidades para miles de familias.
Nada de esto significa que el camino haya sido perfecto. La minería, como cualquier actividad humana de gran escala, enfrenta retos permanentes y debe estar abierta al diálogo, a la crítica constructiva y a la mejora continua. Sin embargo, también es importante reconocer los avances alcanzados y el compromiso de miles de trabajadores que todos los días hacen posible una minería cada vez más responsable.
A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de conocer de cerca a hombres y mujeres que sienten un profundo orgullo por su trabajo. Personas que entienden que detrás de cada decisión operacional existe una responsabilidad con sus compañeros, con las comunidades y con las generaciones futuras. Ese sentido de pertenencia ha sido uno de los mayores aprendizajes de mi vida profesional.
Hoy, cuando el mundo enfrenta enormes desafíos económicos, sociales y ambientales, estoy convencida de que la minería responsable seguirá siendo parte de la solución. Pero para lograrlo necesitamos construir conversaciones más equilibradas, basadas en evidencia, capaces de reconocer tanto los desafíos como los aportes de la actividad.
Necesitamos entender que el desarrollo sostenible no se construye desde posiciones extremas, sino desde la capacidad de encontrar puntos de encuentro entre el crecimiento económico, la protección ambiental y el bienestar social.
Al despedirme de Cerrejón, lo hago con gratitud y esperanza. Gratitud hacia las miles de personas que han hecho parte de esta historia y esperanza porque veo una nueva generación de líderes comprometidos con seguir transformando la minería y hacerla cada vez mejor.
Después de 42 años, sigo creyendo en el poder de una minería hecha con responsabilidad, con respeto y con visión de largo plazo. Una minería que genere oportunidades, que contribuya al desarrollo de los territorios y que entienda que su verdadero legado no está únicamente en lo que extrae, sino en lo que construye.
Ese ha sido el orgullo de toda una vida. Y estoy convencida de que también puede ser una inspiración para el futuro de la minería en Colombia.Top of Form
Claudia Bejarano – Presidenta De Cerrejón


El nuevo periodo legislativo en Colombia demanda una rigurosa mutación en la praxis parlamentaria, transitando del letargo presencial a la idoneidad técnica; resulta imperativo que los cabildantes dejen de concebir las curules como un simple claustro de básica primaria —donde el quórum se disuelve ante el primer aguacero y las sesiones devienen en tertulias de mutuo asombro contemplativo— y asuman el rigor académico que el erario público les financia. La dignidad del cargo no se ejerce desde el blindaje ostentoso de un convoy de camionetas oficiales blindadas en la capital, sino a través de la articulación científica de sus Unidades de Trabajo Legislativo (UTL), las cuales deben ser provistas con el más excelso capital humano y técnico del país en lugar de ser rebajadas a feudos de clientelismo doméstico. El país que costea sus exorbitantes privilegios no espera de ellos un desfile de vanidades vehiculares, sino una producción normativa robusta, asumiendo de una vez por todas que el Congreso es el epicentro de la soberanía jurídica y no un campamento de recreación pagado por el bolsillo de todos los colombianos.