¿Y AHORA QUÉ?  DIÁLOGOS BAJO EL CAÑAGUATE

Josefina y Eusebio cumplieron “religiosamente” con su deber de salir a votar el domingo pasado. Muy temprano en la madrugada aperaron la burra con un par de sacos de yucas y un frondoso racimo de plátanos verdes para llevar al mercado. Esta vez debían llegar más lejos para cumplir con ese compromiso en el que la porfiada mujer había insistido toda la semana. Como a Josefina su pierna dolorida no le permite caminar tanto, esperaron a orilla de la carretera el bus que les llevó a San Juan. Mientras tanto, la burra esperó paciente su regreso en un corral que sirve de “punto de encuentro” de los jumentos de la vereda.

Ya de regreso comenzando la tarde y ya cumplida la vuelta del voto, se acercaron los dos esposos a los mesones del granero en donde los vecinos conversaban ruidosamente.  Eusebio hubiera preferido tener con su esposa la oportunidad de beber en ese momento algún trago de Ron, o algo así, para animar sin sed la conversación, sin embargo, el hombre del granero no quiso contravenir la “ley seca”, así es que había dispuesto una sábana sobre el escaparate en donde tenía provista su arsenal de botellas de Ron y Aguardientes. Tampoco les estaba vendiendo cerveza a los vecinos, no sin lamentarse y hacer mala cara ante la pérdida para su negocio.

Un poco después de un corto reposo, y ya bajando el sol atrás de las montañas, van Eusebio y Josefina rumiando sus pensamientos por el sendero que les lleva hasta su fundo. Ella cabalga silenciosa sobre su burra y él marcha adelante con la mirada fija en el horizonte mientras su cerebro trabaja a toda máquina.  Ella se protege bajo un pañito de algodón sobre su cabeza y su espalda; pequeñas gotas de sudor brillan en la frente de él bajo su sombrero “vueltiao” traído del propio Tuchín. Ninguno de los dos logra dejar de pensar en lo que acaban de escuchar y conversar con los vecinos mientras tomaron café y fumaron tabacos. Recién caída la noche, ya estaban los dos en su cocina y se pusieron a escuchar los resultados electorales que estaba anunciando la radio mientras en la estufa Josefina organizaba la cena.

  • ¿Te das cuenta, vieja, que tu hombre no iba a ganar?, – dice de repente Eusebio en un tono burlón. – Yo sabía que él no iba a pasar nunca a segunda vuelta.
  • Lo sé, – contestó ella sin alzar la vista de la olla en la que calentaba un “sancocho” que había dejado listo desde la madrugada, – pero me siento tranquila con mi conciencia, porque no es con mi voto que voy a permitir que tipos como esos dos incendien este país.

Tan tremenda sentencia cayó como un trueno en la cara de Eusebio que saboreaba un sorbo de Ron, ahora sí al abrigo de su hogar y sin pensar en la restricción, mientras su mujer se ocupaba de la cena. El hombre se acomodó en su banquito para buscar en su cabeza una respuesta inteligente, porque habían discutido todo el día con su mujer acerca de por qué ella votaría por Fajardo si él pensaba que debían votar por el “Tigre”.

  • Bueno, – dijo el hombre- allá tú con tu conciencia, pero yo veo que en una situación como la que tenemos hoy, todo el tiempo amenazados por delincuentes y forajidos, pobres y enfermos como tú estás, sin oportunidades de mejorar, le creo más a un tipo como ese Abelardo para componer el país que a cualquier otro.  ¿O me vas a decir que hubiera sido mejor Fajardo? ¿O el tal Cepeda?
  • Yo no digo quién es mejor y quién no, yo lo que digo es que hubiera sido preferible un señor decente, inteligente, muy bien preparado, que no nos trate mal a las mujeres, que no sea vulgar, que no sea pendenciero, sino que ojalá fuera sensato, conciliador, y que no esté hablando todo el tiempo de echar bala y “destripar” a los demás. ¡Eso es lo que yo digo! ¡Ese tipo parece una fiera de verdad! ¡Ahora parece “buenito”, pero déjalo llegar pa´que veas!
  • Pero este país necesita autoridad, digas lo que digas. -Eusebio dejó el tono sereno para ganar espacio en la discusión frente a su esposa. – Fíjate en qué se ha convertido el país: en un campo de batalla en donde los bandidos imponen la ley. ¡Eso no puede ser!
  • Sí, pero no veo que para gobernar haya que hacer alarde de violencia contra todo el mundo, ¡que no se necesita, Euse. ¡Se puede tener autoridad sin necesidad de estar matando gente! ¡Mira lo que han hecho todos esos bandidos que rondan por aquí: ¡matan y matan para que la gente se aterre, pero eso es miedo, no autoridad! ¡La autoridad se impone con inteligencia, no a punta de plomo!

Eusebio, que es un tipo curtido por tantos años de violencia en la región, sabe que hay un límite en la discusión con su esposa, que tampoco es ninguna boba, por lo tanto, sabe buscar la manera de apaciguar los ánimos para que la velada no se vaya de gritos y la conversación no se quede “mocha”. Sabe que si ella se enoja se para y se va y le deja hablando solo.  Y sabe, además, que si la cosa se sale de límites, mañana y quizás pasado mañana, le toque pasar hambre, porque la mujer no entra a la cocina mientras esté molesta con él.   

  • Mira, mira, yo sé que tienes razón, que mejor un tipo decente en el gobierno que un patán, yo no tengo duda, pero en un país que está invadido por delincuentes por todas partes hay que imponer autoridad, y eso se logra sólo con “mano dura”. Si el hombre que es capaz de enfrentar ese problema es Abelardo, pues votamos por él. Yo no veo al otro señor con la capacidad y la intención de enfrentarse con sus amigos guerrilleros. No hemos llegado a escuchar nada de lo que va a hacer si es que le toca gobernar. ¿Sí o no? Bueno… ¿entonces?

Josefina terminó de calentar la sopa y de fritar unos patacones. Ya puestos los platos sobre la rústica mesa de tablones cortados con sierra, el hombre no demoró en darse a la tarea de comer mientras su mujer aprovechó para “atacar”.  Sabe que su esposo no habla mientras haya comida frente a él.

  • Esos dos señores, – dijo la Josefina en actitud de reproche, – están que se matan para quedarse con la presidencia. ¿No tienen nada que decir sino denigrar el uno del otro? Esa confrontación no puede ser buena, Euse, porque llaman a la violencia y la gente se pone muy caliente, y puede terminar “dándose machete y bala” por seguirlos a ellos. Yo no quiero ver esos tiempos de nuevo, Eusebio, no después de haber sufrido tanto en estas tierras.  ¿Qué pasó hoy en el granero? ¿No viste esos dos tipos que hablaban de Petro como lo único que vale la pena en este país? ¡Faltó nada para que se fueran de “trompadas” con los vecinos!  No te extrañe si se vienen mañana contra ti, solo porque en esta casa se piensa diferente. ¡Míralos!  “Agarrados de las tenazas como alacranes esperando darle al otro la punzada letal”.  ¡Eso no es lo que queremos para este país!: que no podamos seguir viviendo en paz sino atemorizados con que esta locura de los políticos nos lleve al desastre de una guerra. ¿Y tú y yo vamos a terminar peleando porque pensamos diferente? ¡No te atrevas Eusebio, no te atrevas!
  • No mujer, ¿cómo se te ocurre?, no vamos a pelear por eso. Si este matrimonio entre los dos ha durado tanto es porque la política no se mete en nuestra cama.  Puede ser que llegue el caso que tú y yo tengamos opiniones distintas, como lo estás viendo, pero esa no es razón para que no sigamos siendo esposos.
  • Quiero que me prometas eso, Eusebio. ¡Prométemelo!
  • ¡Claro que te lo prometo!, – asintió Eusebio con una evidente sonrisa en su rostro y sin perder de vista la mirada de su compañera de tantos años, – pero te digo que aquí hay que pensar con cuidado por quién vamos a votar si queremos seguir vivos. La cosa no está fácil, lo reconozco, porque yo tampoco soy amigo de la violencia, pero a la hora de escoger me parece que “El Tigre” puede ser mejor.

El sancocho de carne y los patacones desaparecieron de la mesa y ya Josefina traía dos buenos pocillos de café caliente endulzado con panela. Eusebio se acomodó en su silla de guaduas frente a su casa y esperó que Josefina se acomodara a su lado en su mecedora de varillas, que era una vistosa pieza con recostadero cuidadosamente tejida con cuerda de plástico de colores blanco y azul que habían traído de Magangué. Ya las emisoras estaban anunciando los resultados finales, entonces Eusebio retomó la iniciativa de la discusión con la severidad reflejada en su ceño y una voz profunda y serena.

  • A mí me parece que la cuestión está entre la parte de los que no queremos a Petro y los que sí lo quieren. El Tigre ganó hoy porque en este país hay más gente que quiere que ese señor se largue y no siga haciendo desastres en el gobierno. Ya está bueno de tanta corrupción y tanta “robadera”. Pero, por más que digan que no, el tipo quiere adueñarse de la campaña de Cepeda, eso es un hecho, y yo te digo que la gente no va a votar por alguien que tiene a Petro “como mico montado en la espalda”.
  • ¿Cómo así? –preguntó Josefina posando de inocente.
  • ¡La candidatura de Cepeda no es de Cepeda!, eso lo sabe todo el mundo, ¡es de Petro!, por eso sólo no hablan sino de los caprichos de Petro, comenzando por la tal Constituyente. El tipo ha dicho claramente que va a continuar el gobierno de Petro, ¿no es esa una señal de que el tipo va seguir detrás de Cepeda haciendo desastres? ¡Yo no quiero ver eso, ¡Josefina, yo no acepto eso!
  • ¿Entonces tú dices que, si Cepeda quiere ganar en la próxima, tiene que soltarse de Petro?
  • ¡Claro que sí, mandarlo a la luna, o donde sea…! Mira, ese señor le hace mucho daño, y te advierto que habrá mucha gente que no vote por él en la segunda si Petro no se quita de ahí. El problema es que así le va a quedar más fácil al Tigre.
  • ¡Anda! – exclamó Josefina muy pensativa. – ¿Entonces dices que Cepeda sería bueno si no tuviera al Petro encaramado en el hombro?
  • ¡Puede ser, ¿por qué no?! El tipo es estudiado y ha sido Senador por muchos años. Yo no creo que sea bruto. El problema es que, si queda Presidente, el jefe no va ser él, el jefe será Petro, y eso va a ser un problema muy serio para el país.
  • ¡Ay Dios, en qué mal momento se metió ese señor ¡
  • Mira Josefina, el tipo ha querido adueñarse del poder desde que fue guerrillero. Allá fracasó porque no pasó de ser un “sacamicas”, pero mantiene vivo un resentimiento que le ha servido para trepar a todas las posiciones que ha querido. Ahora, lo único que le falta es adueñarse del poder y convertirse en un rey, o un dictador, o quién sabe qué vaina.
  • ¡Válgame! Pero si Cepeda se lo quita de encima, ¿crees que estaría mejor?
  • Uno no puede saber lo que tiene la gente en su cabeza, pero sí sería mejor que Petro no estuviera metiendo la mano en la campaña del otro. El país le puede cobrar muy caro esa “manguala”.
  • Yo lo que no entiendo, -declaró la mujer – es por qué tenemos que escoger siempre entre dos “malos”. Nunca ganan los buenos, Eusebio, ¿por qué? ¡Yo no entiendo! La vez pasada fue lo mismo con el “viejito ingeniero”, ¿cómo se llamaba?, y salió ganando Petro.  Y ahora, otra vez. ¿No habrá manera de que ganen los buenos?
  • La política es así, siempre terminan ganando los que tienen maquinaria y le “meten” más plata al asunto. ¿O crees que Abelardo no se la está metiendo toda? ¿No están diciendo que Petro se pasó en no sé cuántos millones que le ayudó a conseguir el tal Benedetti? Seguro que esta vez Abelardo le está metiendo mucho billete, hasta con respaldo del presidente gringo, y mira dónde va, y el otro no se queda atrás con la plata del gobierno. ¡Eso no va cambiar nunca, vieja, no lo van a permitir los propios políticos!
  • Bueno, ya veremos…

 

Arturo Moncaleano Archila

DESCARGAR COLUMNA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *