ENTRE EL MIEDO Y EL ODIO

Colombia, junio de 2026. Llegamos a la segunda vuelta. Ese eufemismo democrático que usamos para describir, con elegancia periodística, un ring de boxeo donde los guantes están rellenos de piedras, los árbitros tienen la vista nublada y el público paga por ver cómo dos gladiadores se golpean mientras el coliseo se incendia. De un lado del cuadrilátero, la derecha, encarnada en la figura mitológica y ruidosa de «El Tigre» Abelardo de la Espriella. Del otro, la izquierda, presentando a Iván Cepeda, quien carga sobre sus hombros no solo el peso de la historia, sino la maleta extraviada y el equipaje de bodega del actual presidente, Gustavo Petro. Sí, ese Iván, el eterno pescador de corruptos en el Congreso que ahora debe pescar votos en un mar de desencanto, actuando como el acólito, o como susurraban con sorna en los pasillos de la Casa de Nariño, el «dato» oficial y delfín con licencia del establishment petrista.

Analicemos primero al felino de la contienda. Abelardo de la Espriella no camina, ruge. Su campaña es un masterclass en cómo vender humo a quien ya se está asfixiando, un espectáculo de pirotecnia verbal donde cada promesa es más brillante y efímera que un fuego artificial en diciembre. El Tigre promete erradicar la pobreza con un decreto, un rosario y una mirada severa al horizonte. Su eslogan no escrito, pero palpable en cada uno de sus mítines, es nada más y nada menos que: «Firmes por la Patria». Cada vez que menciona a la izquierda, le tiembla el labio y se le escapa un «¡Comunistas!» con la misma espontaneidad y necesidad fisiológica con la que un borracho pide otro aguardiente.

Abelardo representa ese sector de la sociedad que cree, con fe ciega, que los problemas estructurales del país se solucionan poniéndole tres candados a la puerta, comprando un perro guardián y culpando a los de la otra puerta de todos los males del universo. Habla de «mano dura» y «orden» como si el país fuera un niño malcriado que necesita una nalgada correctiva. El Tigre basa su estrategia en el miedo, un producto de lujo en Colombia: «Si no me eligen a mí, vendrán a quitarle la Biblia a su abuela, a prohibir el fútbol y a ponerle impuesto al aire que respira». Es el pánico como modelo de negocio, tan efectivo y desgastante como el chantaje emocional de una suegra colombiana en Navidad.

Y luego está Iván. El hombre que intentará la hazaña imposible: vender el pasado como futuro. Iván Cepeda, el abanderado de la izquierda, debe navegar la esquizofrenia progresista de esta recta final. Por un lado, está obligado a defender la gestión del gobierno actual, con sus luces (que a veces parecen más bien los reflectores de un estadio vacío) y sus sombras (que son más largas y profundas que la cola del Transmilenio un lunes a las 6:00 a.m.). Por el otro, debe convencer a los indecisos, a esos millones de colombianos que solo quieren sobrevivir al final del mes.

Iván habla con la cadencia pausada de quien lee a Gramsci en la bañera, citando la dialéctica del materialismo histórico mientras el pueblo, allá afuera, lo que realmente quiere es que le arreglen el hueco de la calle, que baje el precio del tomate y que la policía no le pida «colaboración» en el retén. Mientras El Tigre promete ponerle una motosierra a la burocracia estatal, Iván responde con propuestas que suenan a seminarios universitarios.

La segunda vuelta se ha consolidado, así, como un duelo de titanes con pies de barro. Pero no nos engañemos: esta polarización ya no es una consecuencia de la política; es el modelo de negocio en sí mismo. A Abelardo le conviene que Iván sea el fantasma del castrochavismo, porque sin un monstruo que combatir, El Tigre sería solo un fantoche gritando en una tarima. A Iván, a su vez, le conviene que Abelardo sea el monstruo del fascismo, porque sin un enemigo temible, su discurso de resistencia pierde todo su dramatismo y su capacidad de movilización. Se necesitan mutuamente, como el yin y el yang, como el político y el contratista, como el aguardiente y el limón.

Y en medio de este circo romano, estamos nosotros, los colombianos. El votante raso que sobrevive entre el «no tengo con qué pagar el mercado» y el «no tengo con qué pagar la gasolina». Nos piden que elijamos, con la solemnidad de un acto sagrado, entre la indigestión y la inanición. Nos venden la democracia como si fuera una rifa de barrio donde el premio mayor es que no nos roben el carro, y el premio de consolación es que, al menos, nos lo roben con educación, el respeto a los derechos humanos y una encuesta de satisfacción al final del atraco. Los grupos de WhatsApp de la señora Emilia, el del Papaupa y el de Federico están más activos que nunca, compartiendo audios de una hora y memes pixelados que supuestamente prueban que el candidato contrario es un agente de la CIA, un guerrillero encubierto o un reptiliano que se alimenta de las emociones negativas del electorado.

Esta segunda vuelta es el epílogo de una tragedia que llevamos representando doscientos años, con distintos actores, pero con el mismo guion mal escrito. Simón Bolívar se debe estar revolcando en su tumba, o quizás riendo a carcajadas desde el panteón, porque al menos él sabía que estaba luchando contra un imperio extranjero, no contra la propia, inmensa y bien organizada estupidez colectiva.

Al final, el domingo de la votación, el pueblo irá a las urnas. Unos con el corazón en la mano y la esperanza de un cambio que se les escapa de los dedos; otros con el dedo índice listo para marcar la plancha, con la rabia contenida de quien siente que le arrebataron su país. Ganará El Tigre, y nos esperarán cuatro años de rugidos, zarpazos y una retórica que nos hará extrañar los tiempos en que al menos fingíamos ser una república moderna. O ganará Iván, y nos esperarán cuatro años de asambleas interminables, justificaciones filosóficas para explicar por qué el país sigue igual, y la eterna búsqueda de la «justicia social» a través de más decretos que nadie lee.

Pero hay una certeza, una única verdad absoluta e inquebrantable en la política colombiana, más sólida que la Constitución y más eterna que la corrupción: el que pierda siempre dirá que hubo fraude, que las máquinas estaban hackeadas y que el pueblo fue engañado. Y el que gane siempre dirá, con lágrimas en los ojos y la mano en el pecho, que es el salvador de la patria, el elegido por el destino para enderezar el entuerto.

Y nosotros, seguiremos aquí. Atrapados en esta geografía de la desdicha, atrapados entre el miedo mercadeado y el odio intelectualizado. Seguiremos tomando el tinto de la mañana, esquivando los huecos de la calle y esperando, con ese optimismo terco que solo tiene este pueblo, que por lo menos el próximo presidente sepa cómo tapar los baches. O, en su defecto, que al menos tenga la decencia de no hacerlos más grandes. Hasta la próxima elección presidencial, si es que hay una próxima.

 

 Arcesio Romero Pérez

DESCARGAR COLUMNA

2 comentarios de “ENTRE EL MIEDO Y EL ODIO

  1. Luisa V. dice:

    Si un juramento solemne ante un Estado soberano es considerado por un líder como un formalismo descartable o reversible para cambiar de residencia, ¿qué garantía ética tiene su pueblo de que las promesas de campaña o las promesas de gobierno no corran exactamente la misma suerte?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *