PETRISMO Y ABELARDISMO: DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

En estos días subí un video a mis redes sobre cómo Abelardo de la Espriella está cerrando su campaña. Lo que pasó después, los comentarios, los ataques, las defensas, me dejó pensando en algo que ninguno de los dos bandos quiere escuchar.

Alguien publica una crítica razonada a Gustavo Petro. En cuestión de minutos, aparece una avalancha de respuestas que no discuten el argumento, atacan a quien lo formula. Lo llaman “fascista”, “uribista”, “vendido”. Le dicen que no entiende, que está comprado, que es enemigo del pueblo.

Cambia el nombre. Alguien publica una crítica razonada a Abelardo de la Espriella. En cuestión de minutos, aparece una avalancha de respuestas que no discuten el argumento, atacan a quien lo formula. Lo llaman “petrista”, “comunista”, “ignorante”. Le dicen que no entiende, que está lavado de cerebro, que es enemigo de Colombia.

La escena es idéntica. Solo cambian los insultos.

Eso no es casualidad. Es un patrón. Y entenderlo puede ser la diferencia entre una democracia que madura y una que se destruye desde adentro.

La ciencia política tiene un nombre para este fenómeno: tribalismo político. Es la tendencia de los seres humanos a organizar su identidad alrededor de un líder o un grupo, y a percibir cualquier cuestionamiento a ese líder como un ataque personal, como una amenaza a su propia identidad.

El tribalismo político no es de izquierda ni de derecha. No es progresista ni conservador. Es una vulnerabilidad cognitiva que puede infectar cualquier movimiento político, independientemente de sus ideas, cuando la lealtad al líder supera la lealtad a los principios. Y en la Colombia de 2026, esa vulnerabilidad se ha instalado con particular virulencia en dos polos aparentemente opuestos: el petrismo más radical y el abelardismo más fervoroso.

No es una intuición. Es un patrón.

Se repite en distintos extremos, con distintos nombres, pero con la misma lógica.

Primero, la idea de que el líder no se equivoca.

Cuando algo falla, siempre hay un culpable externo. Y si la realidad contradice el discurso, entonces la realidad es la que está equivocada.

Luego viene el silencio forzado.

Quien se atreve a cuestionar desde adentro deja de ser aliado y se convierte en amenaza.

También aparece la selección de la verdad.

No se busca entender, se busca confirmar. Cada dato se filtra hasta que encaje con la creencia.

Después, la política deja de ser política.

Se convierte en una batalla moral: salvación o desastre, redención o caída. Y en ese escenario, el matiz desaparece.

Y finalmente, la justificación de todo.

Las contradicciones del líder no son errores: son “complejidades”. Nunca hay una línea que no pueda ser defendida.

Ahí es donde el debate muere.

No cuando hay desacuerdo, sino cuando ya nadie está dispuesto a reconocer que el líder también puede estar equivocado.

Hay una distinción clave que no se puede ignorar.

Gustavo Petro y Abelardo de la Espriella son dos políticos con trayectorias, programas e historias profundamente diferentes. Uno viene de la izquierda insurgente. El otro del derecho corporativo. Sus proyectos de país son opuestos en casi todo. Esta columna no los iguala como políticos, como personas ni como propuestas.

Lo que iguala no es a ellos, son los patrones de comportamiento de sus segmentos más radicales de seguidores. Y esa distinción importa porque los líderes son en parte responsables de los fandoms que construyen como en la casa de los famosos.

Cuando un líder político alimenta la narrativa del enemigo permanente, cuando construye su identidad sobre la confrontación antes que sobre la propuesta, cuando trata la crítica como traición en lugar de como insumo, está cultivando el tribalismo en su base. No importa si lo hace desde la izquierda o desde la derecha. El resultado es el mismo: seguidores que no piensan, que solo defienden y en muchos casos hasta lo indefendible.

Colombia vota en pocos días. Y vota en un ambiente donde una parte significativa del electorado no está eligiendo entre propuestas, está eligiendo entre tribus. Está votando por miedo al otro, no por convicción en el propio.

Eso no es democracia. Es gestión del miedo.

Una democracia madura elige con criterio. Exige rendición de cuentas a sus propios líderes. Tolera la disidencia interna. Celebra la duda como señal de inteligencia, no como señal de traición.

El ciudadano que puede criticar al líder que apoya y reconocer aciertos en quien se opone es el ciudadano más valioso que puede tener una república. Y es el ciudadano que los dos fandoms más radicales, el petrista y el abelardista, consideran un enemigo.

Eso dice mucho de los fandoms. Y debería decirle algo a los líderes.

Colombia no necesita más evangelios políticos, con sus fieles y sus herejes. Necesita ciudadanos. Personas que voten con la cabeza, que exijan con coherencia, que sepan diferenciar entre el líder y la causa, entre la lealtad y la servidumbre.

Porque en política, como en la vida, la devoción ciega no es amor. Es renunciar a pensar.

Y un país que renuncia a pensar está condenado a lo mismo: a cambiar los nombres, pero repetir la historia.

Porque al final, el problema no es quién lidera el fanatismo. Es el fanatismo mismo.

Dos extremos. Dos relatos. Pero, en el fondo, dos caras de una misma moneda.

¡Por eso este 31 de mayo no votes por miedo, vota por esperanza!

 

Juana Cordero Moscote 

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5 comentarios de “PETRISMO Y ABELARDISMO: DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

  1. Yo dice:

    Jajajaja este cree que está hablando con idiotas. Reducir a los Colombianos entre Petristas y Abelardistas, es tratar de dar un estatus de político a un corrupto defensor de mafiosos como Abelardo de la Espriella y compararlo con Petro y decir que tienen el mismo recorrido político, eso no te lo va a creer nadie. Entonces qué hacemos votamos todos por Paloma que según tu análisis no está metida en ese cuento verdad? Vete a engañar los incautos de tu partido que esos sí comen cuento

  2. Luisa Vx. dice:

    Vivimos en la era de la infoxicación y la modernidad líquida, donde las redes sociales han democratizado la palabra pero han pulverizado el pensamiento crítico. El fenómeno es puramente sociológico: el algoritmo de consumo rápido está moldeando una sociedad de analfabetos funcionales. Ciudadanos capaces de decodificar signos en una pantalla de TikTok, pero absolutamente incapaces de procesar la complejidad estructural del mundo real.El ejemplo perfecto es el auge de creadores de contenido que, camuflados en un sarcasmo barato, reducen la geopolítica global a un chiste de quince segundos. Hace poco escuchaba a uno preguntar, con ironía, qué interés podría tener Occidente o una potencia como Estados Unidos en Cuba, bajo la premisa ignorante de que si un territorio no flota en petróleo, carece de valor.Este reduccionismo es alarmante. Más allá de las filias o fobias políticas —y entendiendo que las potencias occidentales actúan históricamente como instituciones de contrapeso necesario ante el caos global—, lo peligroso es la ceguera cognitiva de la masa. Quien confunde la crítica a un régimen político con la inexistencia de valor estratégico de una nación simplemente no está leyendo.Desde la sociología ambiental y la geopolítica dura, Cuba no es un vacío en el mapa; en el contexto del siglo XXI, es un enclave estratégico fundamental. El territorio caribeño posee un valor incalculable en términos de biomasa, reservas de agua dulce y ecosistemas vírgenes prácticamente intactos. En una época de transición ecológica y crisis climática global, estos activos ambientales y de biodiversidad marina son recursos de alto valor estratégico para la seguridad hemisférica.El verdadero riesgo social no es el disenso; es la degradación del intelecto colectivo. Cuando la ciudadanía renuncia a los libros serios, a la academia y al análisis de variables socioculturales para informarse a través de dinámicas de entretenimiento rápido, la democracia se debilita. Nos convertimos en una sociedad infantilizada, reactiva y fácilmente manipulable por discursos vacíos que priorizan la interacción digital por encima de la verdad científica e histórica. No todo se resuelve con un filtro ni con una frase ingeniosa; la realidad exige rigor, lectura y materia gris.

  3. Luis Vx dice:

    La reelección unánime del rector Carlos Arturo Robles y la Acreditación Institucional en Alta Calidad de Uniguajira no son solo un triunfo administrativo; son una demolición directa a la soberbia de esos opinadores que, desde el desconocimiento del territorio, pretenden tildar de incapaces a los guajiros. Suponer que el atraso social en el departamento es el reflejo de una carencia intelectual colectiva demuestra una ignorancia metodológica vergonzosa. Están confundiendo la exclusión (de vieja data) del Estado con la aptitud mental de una población que, por el contrario, demuestra una capacidad de resiliencia y genialidad adaptativa que las mentes cuadriculadas jamás podrían procesar.
    El primer gran error de sus análisis simplistas es ignorar que diseñar e implementar educación en La Guajira es un desafío logístico radicalmente opuesto al de los centros urbanos hiperconectados. Evaluar bajo el mismo rasero a una gran ciudad y a un departamento con una de las mayores tasas de dispersión geográfica y ruralidad del país es una falacia técnica. Mientras ellos dictan cátedra en aulas estandarizadas y con presupuestos históricos asegurados, el territorio guajiro educa sorteando brechas de conectividad, distancias enormes y una pluriculturalidad que requiere un esfuerzo pedagógico titánico.
    A pesar de que el propio Ministerio de Educación evidencia el abandono institucional en la cobertura de la región, la comunidad académica no se ha quedado en el lamento. Ha respondido con rigor, acreditando programas de alta complejidad científica en Uniguajira, como Ingeniería Industrial y Biología. La Guajira no padece de inferioridad cognitiva; padece de un centralismo presupuestal asfixiante que prefiere construir discursos mesiánicos antes que asumir su deuda histórica. El talento y la lucidez de los académicos, científicos y pensadores guajiros que hoy dan la talla a nivel internacional demuestran que la excelencia intelectual no es propiedad privada de ninguna élite autorreferencial.
    Por ello, resulta administrativamente miope escuchar en el circuito de medios a quienes, desde un supuesto pedestal pedagógico y una evidente miopía territorial, despachan nuestra realidad formal bajo el simplismo de dictaminar que «tienen una pésima educación». Una aspiración o campaña política no otorga patente de corso ni legitimidad epistémica para desestimar, mediante el prejuicio, atributos cognitivos y conquistas institucionales que la sociedad guajira ha edificado y defendido con creces. Frente a la ligereza del cálculo electoral, la alta calidad de Uniguajira se erige como un veredicto fáctico e inapelable. ¡Como un roble!

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