QUIEN NO CONOCE SU HISTORIA ESTÁ CONDENADO A REPETIRLA

Hace unos días terminé de leer La verdadera historia de Colombia, de Hernando Gómez Buendía. No pude evitar cerrar el libro con una sensación de incomodidad, no por lo que dice del pasado sino por lo que sin querer describe del presente.

Hernando Gómez construye un argumento que parece sencillo, pero que pega fuerte: Colombia no es un país que falló una sola vez. Es un país que fracasa una y otra vez, con distintos nombres y distintas banderas, porque nunca aprendió a leer su propia historia.

Porque cada generación llega a la política creyendo que esta vez es diferente, y repite, casi con fidelidad matemática, los mismos errores de elegir verdugos y no gobernantes que transformen. Eso escribió él antes de esta campaña presidencial. Pero lo describe a la perfección.

En 2026 Colombia llega a la primera vuelta presidencial con una pregunta que lleva décadas rondando: ¿por qué este país, con todos sus recursos, con toda su biodiversidad, con todo su conocimiento y capital humano, sigue siendo el mismo?

La respuesta que da Gómez Buendía no es una respuesta cómoda. No es sólo culpa de los corruptos, ni sólo de los violentos, ni sólo de los mismos de siempre. El patrón que seguimos tiene la culpa. En esa forma profunda y casi inconsciente en que los colombianos hemos organizado el poder: clientelismo como maquillaje social, corrupción como sistema de distribución, violencia como argumento cuando los otros fallan, y elecciones cada cuatro años que cambian los rostros, pero no la estructura.

El libro documenta cómo cada ciclo político en Colombia sigue el mismo guion: un candidato que encarna la esperanza de la ruptura, una coalición que junta lo que no debería juntarse, un gobierno que empieza con promesas y termina administrando las mismas redes que prometió desmantelar. Y luego otro candidato. Y otra promesa. Y otro ciclo.

Leyendo eso, me pregunté: ¿cuántos de los candidatos que hoy se presentan ante Colombia conocen este patrón? ¿Cuántos lo han estudiado? ¿Cuántos han llegado a la conclusión de que sin romper la estructura no hay cambio posible, solo rotación de personas en los mismos puestos?

El origen de todos los males en nuestro país: la distancia entre el Estado y el territorio. Colombia nunca ha tenido un proyecto de país de verdad. Ha sido una capital y sus alrededores, rodeados de periferias que el Estado visita con promesas electorales cada cuatro años y abandona el resto del tiempo.

Eso lo conozco de primera mano. Lo vi crecer en La Guajira. Lo vivo en Riohacha. Cuando el libro describe esa distancia estructural entre Bogotá y el resto del país, no está hablando de geografía, está hablando de un modelo de país donde las decisiones se toman lejos de quienes las padecen, donde los recursos se diseñan en despachos que nunca han visto un arroyo desbordado, un puesto de salud cerrado o un grifo sin agua.

Por eso el libro importa hoy. Porque quien llega a la presidencia de Colombia en agosto de este año no solo va a gobernar un país, va a elegir entre dos caminos: repetir el patrón o romperlo.

Repetir el patrón se parece mucho a la política de siempre. Se llama “unidad nacional” cuando junta fuerzas que se contradicen entre sí. Promete cambio, pero necesita a los mismos operadores de siempre para ganar.

Habla de los pobres en los discursos y gobierna para los de siempre en los decretos. Es cómodo, es conocido, tiene maquinaria, y produce exactamente los mismos resultados que el libro de Gómez Buendía documenta con precisión quirúrgica.

Romper el patrón es más difícil. Requiere llegar al poder sin deberle favores. Requiere entender que gobernar no es administrar, es transformar. Requiere conocer la historia larga del país, no solo la coyuntura del momento. Y requiere, sobre todo, resistir la tentación de hacer lo que siempre se ha hecho porque es lo que funciona en el corto plazo.

Hay en esta campaña presidencial solo una propuesta que ha construido su identidad sobre esa diferencia.

Que llegó sin alianzas oscuras. Que tiene una hoja de vida que habla por sí sola, no de discursos sino de resultados verificables en territorios reales. Que entiende que la educación, la transparencia y el rigor institucional no son temas de campaña sino condiciones para que un país funcione.

Lo que propone Sergio Fajardo no es ideología es método. Y el método importa porque la historia de Colombia demuestra que los países no cambian por lo que prometen sus presidentes sino por cómo gobiernan.

Gómez Buendía termina su libro con una pregunta que no responde porque sabe que la respuesta no la da un académico, la dan los ciudadanos en las urnas: ¿Está Colombia lista para romper el patrón?

El 31 de mayo sabremos la respuesta.

 

Juana Cordero Moscote 

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